La Rusalka, de Dvorak, y el mito de la ondina

Pola Suárez Urtubey
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26 de febrero de 2015  

Ya anticipamos el jueves pasado que Buenos Aires Lírica cerrará su ciclo de cuatro espectáculos programados para este año con la representación en nuestro medio de Rusalka, de Dvorak, una obra cuya constante reposición en su lugar de origen me permitió conocerla hace unos años en el Teatro Nacional de Praga, que la había ofrecido el 31 de marzo de 1901, tres años antes de la muerte del autor (1841-1904).

Diferentes versiones del mito de la ondina, criatura sobrenatural acuática, enamorada de un ser humano e imposibilitada de comunicarse con él, se sintetizan en esta obra, en la cual Dvorak, ya hacia el final de su generosa vida creadora, logra una homogeneidad perfecta, tanto en la escritura como en la forma de transmitir en música los caracteres de los personajes. Porque han advertido los estudiosos de este autor que si sus conquistas en el dominio escénico fueron lentas y difíciles, con una ambición por el teatro lírico producto de su asombro por el teatro wagneriano, sólo al llegar a su novena ópera, Rusalka, logra su triunfo absoluto sobre el género.

Naturalmente, Dvorak asume que el tema tiene una larguísima trayectoria y que su predecesor más próximo dentro del mundo eslavo es un músico de los quilates de Alexandre Dargomyjski, que dio a luz su Rusalka en 1856, a partir de una breve pieza, incompleta, de Pushkin, conocida en 1830. Dentro del mundo germano, ha sido La Motte Fouqué, quien en su Undine (1811) ofreció una de las más atractivas presentaciones literarias del tema, al cual años más tarde Ernst Hoffmann llevó a la ópera en 1816 (la última que compuso), antes de que en 1845 Albert Lortzing llevara a término su propia Undine. El siglo XX siguió enamorado de la sirenita, y dentro de esta nueva historia se inserta la Rusalka, de Dvorak.

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Desde el punto de vista de su estructura, este cuento lírico en tres actos encierra una generosa invención melódica, una poderosa expresión dramática, pero además una frescura lírica que atrapa. Entre las distintas interpretaciones que se han conocido por parte de sus críticos en estos últimos tiempos, está aquella de Jean-François Candoni, quien interpreta que el mutismo de Rusalka es revelador del descrédito en el cual cae el lenguaje de los hombres, instrumentos de comunicación y de manipulación al servicio de la duplicidad, de la mentira, de la infidelidad, ligada a la vanidad del mundo y al artificio.

Son varias las versiones discográficas integrales de esta ópera, a partir de la de 1951 dirigida por Joseph Keilberth con la orquesta de la ópera de Dresde, a la que se le ha reprochado cortes importantes dentro de la partitura. Se considera una de las más perfectas la de Zdenék Chalabala, con la orquesta del Teatro Nacional de Praga y entre las muy recomendables la dirigida en 1998 por Charles Macherras con la Filarmónica checa y Renée Fleming como protagonista. Entre las filmaciones se citan, entre otras, las dos dirigidas desde la orquesta por nuestro conocido Marek Janowski realizadas en 1978. Entre nosotros, no dudo de que haya mucho entusiasmo por verla.

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