
La vida gitana de Kusturica
Por Carolina Podestá Especial para La Nación
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BELGRADO.- El director Emir Kusturica se empeñó en hacerle creer al mundo que esta vez quiso contar una historia alegre. Y de allí surgió -lo que en primer momento iba a ser una documental sobre los músicos gitanos que participaron de su anterior película, "Underground"- la comedia "Gato negro, gato blanco", que anteayer se estrenó en la Argentina.
Había leído en diferentes medios españoles que el cineasta bosnio estaba trabajando en una nueva película sobre gángsters gitanos en el interior de Serbia. Así llegué a Yugoslavia, con la idea de comprobar en qué consistía el realismo mágico de un realizador tan balcánico como latino.
En Belgrado alguien me había informado que él estaba filmando en un pequeño pueblo, apostado en una de las orillas del Danubio, llamado Surduk.
Un universo muy particular
Un colectivo me dejó al costado de una iglesia ortodoxa. Dije "Kusturica" y un hombre me señaló un camino escarpado y lleno de barro. Al final del barranco se abría el universo del realizador: un camión muy kitsch cuyas ventanas tenían macetas con flores plásticas, vacas y gansos caminando a la orilla del Danubio, gitanos por doquier, equipos de luces y sonido, pescadores aburridos de no pescar que comenzaban a divertirse mirando las escenas que pareciera inventar sobre la marcha el realizador. Todo los elementos -casuales y no-estaban allí, conviviendo en una atmósfera de absoluta normalidad, pero también de profunda interdependencia.
Después de un rato intenté localizar al director. Su asistente Boban me señaló un trailer: allí se encontraba Kusturica, que, a través de un monitor, observaba todo lo que filman los camarógrafos en el exterior. Su voz era omnipresente, como los rezos emitidos en alguna mezquita de Estambul. Cada técnico poseía como una especie de walkie-talkie para escuchar las instrucciones del director (su acento al hablar era como el de un bosnio de Sarajevo). El cineasta dice que no hay vínculos afectivos que lo aten a su ciudad natal; pero, en realidad, la música de sus palabras evidencia que no todo puede olvidarse en la vida.
Cuando le pregunté a Boban de qué se trataba la película, él me devolvió la respuesta en tres palabras: el embargo yugoslavo. Quedé perpleja. Esperaba que narrara un breve relato del argumento básico, pero no lo hizo. Me dejó un rato sola como para que tratara de entender por mí misma qué estaba haciendo en realidad Kusturica.
A los pocos minutos, y por entre el set de maquillaje, las cámaras y los equipos de sonido, un par de hombres cargando varios tambores sobre sus hombros se internaron en el Danubio. Río adentro, su canoa interceptó a una embarcación mediana, pero yo no alcanzaba a ver qué es lo que estaban haciendo. Alguien de Surduk me explicó: "Trafican nafta porque, por el embargo, no tenemos o cuesta demasiado. En realidad, es gente del barrio, que se dedica a otras cosas y hace esto para ganar algo más de dinero. Mi vecino que trabaja en el Banco de Belgrado está en esa canoa".
Al poco tiempo, los hombres volvieron a interrumpir la escena de Kusturica: ahora llevaban los pesados contenedores barranco arriba. Entonces empecé a entender.
Kusturica se enojó tanto cuando la crítica mundial lo acusó de nacionalismo pro serbio por el contenido de su película "Underground", que dijo que no volvería a filmar nunca más. Pero lo hizo: su regreso a escena fue con esta comedia gitana.
"Gato negro, gato blanco" está inspirada en cuentos del escritor ruso Isak Babel, al cual Kusturica leía de chico y que solía escribir sobre la criminalidad. Sus personajes siempre tenían un costado humano irresistible. Los delincuentes de Babel -al igual que Dada en "Gato negro, gato blanco"- son muy ricos, pero no tienen capacidad para relajarse, y si una piedra les entra en el zapato hacen un enorme problema al respecto.
La mirada gitana
Según el director, su idea con este film era iluminar contrastes, pero también que se comprendiera la mirada que los gitanos tienen sobre el mundo. Kusturica dice que no quiso explicar nada de manera racional sino jugando con las supersticiones del pueblo, al igual que un abuelo gitano, tratando de explicarse a sí mismo por qué su casa fue inundada por un glaciar, pensará que "algún gato orinó en casa mientras dormía".
Pasando su tiempo con los gitanos de una de las mayores colonias ubicada cerca de Skopie (la capital de Macedonia), jugando al fútbol y trasladándose con ellos, Kusturica tuvo la seguridad de haber encontrado a los seres más hermosos y mágicos de estos tiempos.
Entonces pensé en los gitanos: los únicos que cuando escuchan un acento extranjero no preguntan de qué país es uno. Un pueblo errante que vaga sin necesidad de tener un lugar especial en el mundo. Ninguna nación tampoco se ha encargado seriamente de la problemática romaní (se calcula que hay más de 2 millones de desplazados en el mundo).
Cuando Kusturica los plasma en la pantalla establece con mucha sutileza un paralelismo con el pueblo serbio: aislado política, social y económicamente por la comunidad internacional desde que terminó la guerra de Bosnia hasta la actualidad.
En 1965, el realizador yugoslavo Alexandar Petrovic narró en la película "Yo conocí gitanos felices" cómo un bebe gitano moría casi al nacer. Sus padres, que no tenían religión alguna, acudían a una monja ortodoxa que accedía a bautizar al niño muerto a cambio de una gran bolsa de plumas de ganso.
Los serbios -al igual que aquel bebe gitano- están en el limbo o "ni en el cielo ni en la tierra", como dijo Kusturica a propósito de los gitanos. La diferencia es que estos últimos aceptan esa condición y la viven con felicidad, mientras que los serbios no pueden ni quieren entender en qué consiste ese espacio que no es nada.
El cerdo se come a un auto Trabant al costado de un camino secundario. Es una referencia muy fuerte en Yugoslavia. Por un lado, ese coche identificaba a la clase menos pudiente del estrato social del país: era uno de los coches más baratos. Pero, además, Trabant era un auto de la Alemania del Este, vehículo que estaba de este lado del muro.
En ese camino que no lleva a ninguna parte -no hay visas que puedan obtener los yugoslavos, porque no hay país que les dé ciudadanía a los gitanos- el chancho encuentra al Trabant y se le antoja una delicia. No es una idea graciosa ni triste. Es lo que pasa, ni más ni menos.
Una imagen, un país
"Es una especie de paisaje yugoslavo. Es la imagen con la que quise hablar sobre mi país", dijo el director acerca de esta escena. Con dos años de anticipación, el cerdo retrataría mejor que ninguna otra imagen la hostil realidad de los yugoslavos tras los bombardeos de la OTAN.
A simple vista, Kusturica parece un hombre temperamental. Su asistente me dijo que es fanático de las armas y los habanos, y que adora a los latinos. Es muy conocida la anécdota: en plena guerra de Bosnia un político ultranacionalista serbio acusó a Kusturica de ser un asesino. El cineasta le envió una carta en la que lo retaba a duelo en el parque más importante de Belgrado y le daba la posibilidad de elegir el arma. Su rival declinó la propuesta y le dijo que nunca había querido ofenderlo.
Empezaba a caer la noche y el director dijo: "Es todo por hoy". La gente gritó de alegría y comenzó a irse: por un lado, los gitanos; por el otro, el resto. Kusturica y su equipo subieron por el barranco hasta un quiosco, al lado de la ruta. Se sentaron todos a tomar cerveza en una vereda de tierra. Y se quedaron allí mucho tiempo. Hasta que la noche estuvo tan oscura como un gato negro.






