
Las acotaciones, apogeo y caída
Según el Diccionario de María Moliner, acotación es "advertencia o comentario puesto en un escrito, particularmente en el margen; especialmente, en las obras teatrales, las aclaraciones relativas al juego escénico". Más específico, el Diccionario del t eatro, de Patrice Pavis, define acotación como "todo texto (generalmente escrito por el dramaturgo) no pronunciado por los actores y destinado a clarificar la comprensión o el modo de presentación de la obra". En resumen, lo que el autor pide en cuestión de escenografía, luces, vestuario, y también del movimiento escénico.
Pavis observa que la necesidad de la acotación surge del teatro naturalista: no la necesitaron ni el griego ni el isabelino, en que el dramaturgo se limita, por lo general, a indicar dónde transcurre la acción. "Pero desde el momento en que el personaje deja de ser un simple papel, cuando adquiere rasgos universales y se naturaliza, entonces es importante revelar los datos en un texto adjunto. Esto es lo que sucede históricamente en los siglos XVIII y XIX.
En especial, los dramaturgos del siglo XIX y comienzos del XX abundaron en acotaciones. Ibsen y Pirandello llegan a ser obsesivos en ese aspecto, con requerimientos minuciosos en cuanto a decorado, mobiliario, ropa y accesorios, y hasta incursionan a veces en el modo en que el actor debe decir sus líneas, si ha de estar sentado o de pie, y su gesticulación. Todo esto se acaba con el predominio del director, particularmente desde mediados del siglo XX: aun respetando (no siempre) al autor, el director decide el movimiento escénico, el estilo de la puesta, los detalles. De ahí nace aquella frase cruel: "El mejor autor es el que está muerto".
De ahí, también, la dificultad de opinar sobre un libreto antes de ser llevado a escena. Con frecuencia, el autor novel le pide al crítico que juzgue de antemano un texto, digamos, virgen. Lo sensato es hacerle ver que de lo que él escribió a lo que se verá en el escenario, hay un paso que a menudo conduce a resultados imprevisibles. Lo único válido, susceptible de ser analizado y comentado, es la representación. Está claro que el dramaturgo recurrirá a un director de su confianza, con el que tenga afinidad, pero, aun así, el resultado es incierto. Sabemos de los reproches de Chejov a Stanislavsky, por convertir lo que el autor consideraba comedias en dramas melancólicos. Más cerca, Beckett rara vez se ponía de acuerdo con sus directores y siempre encontraba motivos para quejarse de ser traicionado. En último lugar, el destino de una obra está en manos del público.







