
Las cadencias de Baudelaire
De la mano de poetas y músicos, el arte sonoro ha podido crear un repertorio excepcionalmente atractivo, capaz de superar los límites de cada actividad en busca de flores siempre nuevas. Sin duda, no todas las poesías han logrado conquistar a los compositores. Un músico sabe muy bien que un verso cargado de contenido conceptual puede resultar difícil (aunque nunca imposible)de traducir en sonidos. Otros, en cambio, parecen nacidos para ser cantados. Sencillas e ingenuas poesías han inspirado a menudo las más hermosas páginas del repertorio de la canción. Sólo basta citar "Rosita silvestre" (Heidenršslein), la balada de Goethe musicalizada por Schubert, para comprender qué sutiles vínculos pueden aproximar a poeta y músico para reflejar la trama más oculta del paisaje interior.
Ahora que la Biblioteca La Nación acaba de poner al alcance de sus lectores "Las flores del mal", de Charles Baudelaire, obra provocativa y sometida en su momento a proceso de inmoralidad, valdría la pena meditar sobre la relación de los músicos ante la subversiva musa del poeta francés, cuya producción, a partir de 1840, fue, después de muchas idas y venidas, reunida con el título de "Las flores del mal".
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Claude Debussy se aproximó entre 1887 y 1889, y de ese temprano acercamiento surgieron sus "Cinco poemas de Baudelaire". Y lo hizo en un momento de crisis y transición, que coincidió con sus dos viajes a Bayreuth, el templo de Wagner. De ahí el carácter complejo, atormentado y contradictorio de sus "Cinco poemas", cuya música no puede ocultar un aliento wagneriano, del que luego se apartará en busca de su estilo esencial. Verlaine vendría en su ayuda.
Otros compositores bebieron en las flores del poeta maldito, como es el caso de Chabrier, Duparc o Gustave Charpentier, entre varios más. Pero también "Las flores del mal", traducidas al alemán, han tentado a compositores de ese origen. Es el caso de Alban Berg, quien compuso en 1929 su aria para voz y orquesta "Der Wein" ("El vino"). Para ello tomó tres de los cinco poemas originales, a los que el compositor vienés añade, sobre una severa escritura dodecafónica, algunos destellos de jazz y de tango, seguramente con la intención de reflejar la desolada angustia del poeta, que en vano busca consuelo en los "paraísos artificiales" de la embriaguez.
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De todas maneras, Baudelaire no parece haber gozado del prestigio de Hugo, Gautier, Leconte de Lisle, Mallarmé o Verlaine entre los compositores de su país. Sus terribles palabras, sus implacables imágenes, lo han hecho menos accesible para la música en relación con otros románticos, parnasianos y simbolistas igualmente geniales. Tal vez la razón haya que buscarla en la generosidad de los elementos sonoros de sus versos, en los que parece descubrirse -por un proceso mágico de la poesía- al idioma mismo hecho música. Se le daría aquí la razón a Théophile Gautier, que creía encontrar en los pensamientos poéticos de Baudelaire verdaderas "frases musicales".
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