
La gran estrella colombiana es una pequeña mujer que ha creado y aún maneja hasta el más mínimo detalle de una gigante industria personal en la que el CEO es su novio.
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Kevin Lyne, el encargado de la imagen televisiva de Shakira, está sentado en el suelo mirando el monitor. Es un tipo bajito y flaco, bronceado por el sol de Miami de donde es oriundo, y tiene ojos azules profundos y tantas arrugas que parece uno de esos rock stars viejos con muchos conciertos a cuestas. Lleva una camiseta negra sin mangas, una pañoleta en la cabeza y una gorra. Es evidente que algo lo estresa: los encuadres de las cámaras, el manejo de las luces. Da instrucciones en inglés y los camarógrafos, que no entienden, intentan traducir sus gestos. “Shakira ya viene”, anuncian las jefes de prensa que caminan de un lado a otro con un celular adherido a la oreja [y en ocasiones otro que timbra con insistencia en la otra mano], y Kevin vuelve a mirar el monitor y a repetir, más alterado, las instrucciones.
Cuestión de cronómetros. Son las once y treinta y cuatro de la mañana, y ya Shakira está cuatro minutos atrasada para su primera entrevista, un directo de televisión, cuando se abre la puerta del cuarto adyacente y entra la cantante, seguida por su manager, Pepo Ferradás, su road manager y asistente, Fitzjoy Hellin [quien lleva dos ganchos con ropa y un pequeño maletín con casi cualquier cosa que pueda requerir su jefa, desde un haz de pitillos hasta una bolsa de malla dorada donde está su maquillaje]; una productora de MTV y su camarógrafa, y un pequeño grupo de hombres de función indeterminada vestidos de traje y corbata. También está su hermano Tonino, quien no es exactamente su guardaespaldas pero es el que, en caso de necesidad, la libra de todo mal.
“Mi hermano es la persona que me acompaña porque no me gusta andar rodeada de guardaespaldas y él es muy amable con los fans. A veces, cuando las compañías de discos contratan a un guardaespaldas local, son más burdos con la gente y no me gusta. Mi hermano sabe cómo me gusta manejar las situaciones de seguridad y ese es su departamento”.
Shakira se ve pequeña y frágil, aunque unos grandes zapatos rojos de plataforma la hacen parecer más alta de lo que es. Está vestida exactamente igual a como apareció seis días antes en España en un partido entre el Real Madrid y el Atlético: camiseta roja, pantalón y chaqueta negra con rayas blancas en las mangas y una bufanda delgada de lentejuelas doradas. Allí recibió la camiseta merengue con su nombre y, estampado en la espalda, un número cinco, el mismo de Zidane. Shakira se detuvo en Madrid para promocionar la candidatura de la ciudad como sede de los juegos olímpicos de 2012 porque, “toca apoyar la hispanidad”. Esta frase, como tantas otras de su carrera y como tantas de las que diría este día, suena recurrente, a latiguillo producto de la convicción pero, también, de esas frases que uno tiene a mano para reforzar conceptos. La primera vez que habló de “hispanidad” lo hizo en el MTV Unplugged, cuando un grupo de mariachis la acompañó a tocar “Ciega sordomuda” y ella quería entrar con fuerza en el mercado mexicano. “¡Que viva la hispanidad!”, dijo al final de la canción.
Hoy, después de dos años sin venir a Colombia por motivos de trabajo [“los diciembres son sagrados porque los paso con mi familia en Barranquilla”], Shakira dejó a un lado la hispanidad y se concentró en halagos a su país, evidentemente resentido por su ausencia. Que si le hacen falta los corozos, que si desayuna arepa de huevo, que si extraña el mar Caribe.
La última vez que vino fue en marzo de 2003. Entonces hubo dos conciertos del Tour de la mangosta [para promocionar su primer álbum con canciones en inglés Servicio de lavandería/Laundry Service ] en Bogotá y Barranquilla. Eso explica la agitación que hay en el ambiente de un hotel que a ratos parece pequeño para contener a quienes se quieren acercar a la única estrella absoluta que tiene Colombia. Juanes no ha vendido las 25 millones de copias de Shakira, el premio Nobel de García Márquez es histórico pero no llena estadios y Juan Pablo Montoya vive en el discreto y glamoroso mundo de la Fórmula 1. Así que, hasta que se demuestre lo contrario, LA estrella nacional es Shakira. Afuera hay periodistas, fans y curiosos.
Las primeras entrevistas son para el canal de noticias privado Caracol, que tiene un set pequeño y ruidoso justo en el borde de las escaleras. Las siguientes serán las de la competencia, RCN, en el salón contiguo, que resulta más amplio. Ahí mismo será la rueda de prensa y el cóctel en el que Shakira lanzará su último disco, Fijación oral Vol.1, una semana antes de que salga al mercado.
Se requiere cierta intimidad. A pesar de los esfuerzos por desocupar el lugar y que sólo se queden quienes tengan algo que ver con la producción, cuando Shakira se sienta en el sillón de cuero frente al entrevistador, hay 28 personas en la sala.
Shakira no tiene prisa. Saluda, deja que le pongan el micrófono y comienza su ritual de artista-imagen. Mira al monitor que antes era de uso exclusivo de Kevin y saca su maquillaje. Con la habilidad que da la experiencia, se pasa una brocha por la cara, se pinta los labios y vuelve a mirar. Se arregla el pelo y comenta que está todavía mojado porque se acaba de bañar. La entrevista comienza diez minutos tarde.
Por una tradicion familiar, el segundo nombre de Shakira es Isabel. Todas las hijas de William y Nydia se llaman así. “El Isabel salió de la cabeza de mi papá. A todas las hijas les puso Isabel como segundo nombre porque así se llamaba mi abuela y a todos los hombres les puso su nombre. William, su hijo mayor, se llamaba William William [falleció a los 18 años, antes de que Shakira naciera]. Un poco egocéntrico, ¿no?”, dice Shakira.
William Mebarak, su padre, en realidad tiene poco de egocéntrico. Desde que su hija menor era niña, tomó la decisión de ser su sombra y su impulsor. Shakira componía desde niña, bailaba y cantaba, y William era su chaperón cuando ella se presentaba en fiestas y clubes sociales en la ciudad.
Católicos practicantes y sobreprotectores con su hija menor, sus padres la criaron en un ambiente familiar, cerrado y conservador. Shakira hablaba en sus primeros discos de un amor supuestamente idílico porque, como en su tiempo lo afirmó Britney Spears, Shakira dijo ser virgen hasta pasada la adolescencia. Fue recurrente el tema cuando su carrera ascendía... Después de que comenzara su relación con Antonio de la Rúa, sin embargo, la pregunta quedó en el olvido.
Shaki y Antonio [el hijo del ex presidente argentino Fernando de la Rúa], se conocieron en enero de 2000 y en mayo de ese año hicieron pública su relación. Desde entonces, Shakira le ha dedicado canciones [“Suerte”], lo ha hecho protagonista de sus videos [“Underneath Your Clothes”] y en este disco canta “Día de enero”, un tema donde habla de lo triste que está su prometido con la situación de Argentina, y que la cantante ha dicho que escribió después de un concierto en ese país.
De su infancia protegida le queda entonces su confesa devoción hacia la Virgen María y uno que otro “amén”, que pronuncia cuando algunos periodistas [especialmente los de los programas televisivos], siempre prontos al halago, le auguran una carrera llena de éxitos.
La historia de cómo empezó Shakira se ha vuelto una leyenda que cada uno maneja a su antojo. Que si llegó a Bogotá con un papel enrollado y una guitarra y tuvo que hacerle lobby al presidente de Sony Colombia durante días para que la atendiera. Que si comenzó una carrera acelerada a los cinco años, cuando compuso su primera canción. Que si la descubrió un empleado de Sony de nombre Ciro Vargas cuando la oyó en Barranquilla y se la llevó a su jefe para que la grabara. En realidad lo único que importa es que, como pocas, Shakira es la única responsable de su éxito. “Si tienen alguna queja de mi música, pueden hablarlo directamente conmigo”, dice, porque es tan obsesiva que ella ha creado sola la industria gigantesca que la acompaña y ha escogido a dedo a las personas que son ahora sus satélites.
“Ella no delega nada. Hace microgestión. Sólo es capaz de delegar a alguien a quien ella respeta mucho, y esa es su máxima forma de halago”, dice Kevin, que está acostumbrado a esperar a que Shakira se maquille, se arregle hasta el último mechón de pelo, mire con insistencia el monitor y se tome su tiempo –que usualmente son unos cinco minutos– antes de aprobar su imagen ante cualquier cámara y dar la luz verde para comenzar el rodaje.
La palabra más acertada para definir a Shakira la dio ella misma a un programa de televisión que le preguntó “¿Cuál es tu estilo?”. La respuesta fue inmediata: “Militar”. Es cierto, pero no es un general que observa la batalla desde la colina con un catalejo. Shakira está al tanto de lo que hacen sus subalternos. Todos coinciden en que ella no es mandona, pero que nunca suelta totalmente las riendas.
Tuvieron que pasar muchos años antes de que encargara a alguien de sus asuntos “no artísticos”, como los llama. “Hasta cierto punto, un artista, para poder sobrevivir en esto de una industria monstruosa, necesita tener cierta educación, tiene que pasar por un proceso didáctico sobre cómo funcionan los aspectos no artísticos que también alimentan la carrera de un artista”. Ahora es su novio, Antonio de la Rúa, el que se encarga de esas cuestiones. “El es abogado y tiene conocimiento de todo eso, entonces se encarga de mis asuntos legales. Es un hombre muy inteligente y aparte muy delicado. Es casi como el CEO de mi compañía”.
Durante una pausa en las entrevistas de televisión, mientras los técnicos ajustan micrófonos y luces, María Emma Mejía –ex ministra, ex candidata a la vicepresidencia de Colombia y actual presidenta ejecutiva de la Fundación Pies Descalzos, creada por Shakira, y que atiende con alimento y educación a 2.610 niños y niñas pobres en tres ciudades del país– aparece con algunos papeles que deben ser firmados por la cantante. Se trata de dos cartas: una, para invitar a la reina Sofía de España a un concierto que habrá en la Puerta de Alcalá el 5 de junio, en el que Shaki presentará algunas de las canciones de su disco, y la otra dirigida a Dieter Patt, el gobernador del condado de Rhein-Kreis Neuss en Alemania, para pedir una donación para la fundación. Semanalmente, Mejía y Shakira tienen una cita por Internet o por teléfono para discutir los asuntos de Pies Descalzos. La cantante está informada de todo, le hace seguimiento a las donaciones, a los niños que no van a clase, a la compra de uniformes y zapatos y a todo lo que haga falta. Actualmente, la fundación busca recursos para construir una nueva escuela en Barranquilla, que costará 350.000 dólares, de los cuales se ha recaudado poco más de la décima parte.
Mucha gente depende de Shakira y no sólo son los niños de la fundación ni a quienes emplea directamente, como managers y asistentes. Sony BMG, que maneja los mercados de Colombia, Ecuador y Venezuela, recibió entusiasmado la noticia de que Shakira, una semana antes de la salida de su nuevo álbum Fijación oral Vol.1, haya superado las 75.000 copias en preventas en la región. Aquí, para obtener un disco de platino sólo se necesita vender 25.000 álbumes, apenas una fracción de lo que se requiere en Europa, Japón o Estados Unidos. Pero, para un mercado golpeado por la piratería y por una economía en la que comprar un disco de 14 dólares es un lujo, esa cantidad de copias legales resulta un alivio.
Al terminar la primera entrevista de la mañana, el ambiente sigue tenso. Kevin no parece del todo tranquilo con las imágenes. Fitzjoy, el asistente personal, un belga enorme, calvo y con dos aretes negros, aún se recupera del disgusto que tuvo cuando un camarógrafo intentó tomar una foto aficionada, probablemente para su álbum de recuerdos. Fitzjoy lo paró en seco poniéndole la mano al lente de la cámara como si estuviera evitando la incursión de un paparazzo en una escena censurable y le dijo: “Respétala”.
Para Fitzjoy, que comenzó a trabajar con Shakira en septiembre de 2001, “poco antes del atentado a las torres gemelas”, dice, este es un trabajo bastante calmado. “Antes solía trabajar con The Offspring y los Smashing Pumpkins. No sabía quién era Shakira, pero me pareció interesante trabajar con ella”. Si tuviera que explicar cuáles son sus funciones, “me llevaría un día entero y creo que no terminaría”.
La segunda entrevista del día es tan extraña que rompe el hielo. De una maleta desvencijada sale una gata de peluche de nombre Mary Moon. La marioneta la maneja una mujer con una voz graciosa, acostada en unos cojines. Shakira pregunta si ese es un programa para niños y no le parece extraño tener que hablar con una gata. Al contrario, le da risa, y entonces su equipo entero ríe, aliviado. Antes de comenzar la grabación, la mujer le entrega el sencillo de “La tortura” a Shakira para que se lo firme y se lo regale a la gata durante el programa. La cantante necesita un marcador, y pregunta: “¿Alguien me puede dar un Sharpie?”, en un spanglish que trataría de disimular sin mucho éxito durante el día. Palabras como “mascarilla” para decir “pestañina” [en inglés la palabra es “mascara”, sin tilde] o banana en lugar de banano, continuaron evidenciando que la cantante, que sufrió un lento aprendizaje del inglés, ahora piensa en los dos idiomas.
Para la entrevista con la gata, Shakira cambia su estilo y su dicción ligeramente. Sabe que ese público es infantil y se sienta hacia delante, como si fuera a contar un secreto. Habla con dulzura y explica todo lentamente para que los niños entiendan bien sus palabras.
La concentración de Shakira a lo largo del día es total. Aparte de sus ojos, que empiezan a perder tamaño a las nueve de la noche, no hay nada que indique que está cansada. Camina y se sienta erguida, mira a los ojos de quien le habla, no bosteza, no se toca la cara, no juega con el pelo, no apoya su cabeza en las manos, nunca cruza los brazos. Ocasionalmente, cruza las piernas o enrolla los dedos en la bufanda. No más. Si tuviera los ojos más abiertos, uno pensaría que ha tenido un día relajado. Pero lo relajado no aparece en la agenda de los siguientes días. En cuanto salga de Bogotá tiene que ir a Las Vegas [Estados Unidos] para un ensayo de TRL, un programa de MTV, que se transmitirá tres días después. Tiene dos conciertos, uno en España y otro en Estados Unidos. Igualmente, a ambos lados del Atlántico, tiene la presentación oficial de Fijación oral Vol.1. Eso sucede sólo en una semana y ni siquiera ha empezado el grueso de la promoción del trabajo.
Los aviones, entonces, son el mejor lugar para descansar. “Hago todo lo que no puedo hacer en tierra: leer un buen libro, dormir, escribir a veces, ver una película…”, dice Shakira, pero, tratándose de ella, el trabajo no tarda en aparecer. “Si me quedo dos minutos mirando por la ventana, alguna canción se me ocurre, cosa que no me pasa siempre en tierra”. Para sus acompañantes es un espacio precioso. Kevin asegura que el tiempo en los aviones es cuando ellos pueden tener un momento de intimidad, pues en tierra todo tiene que estar “ciento por ciento en función de la estrella”. Reconoce que hay que estar preparado para ceder su ego en función del trabajo, es decir, de Shakira. Kevin sabe que las cosas con ella no tienen que salir bien, sino perfectas. “Para eso me pagan”, dice él, quien sólo por la noche cuando buena parte de su trabajo ha terminado, luce más relajado, así que aprovecha para caminar por el hotel y hablar con nosotros. Sin embargo, nunca se aleja demasiado del lugar donde está el resto del equipo.
Pero por ahora es apenas mediodía y las entrevistas ya están bastante atrasadas. Mientras que en la sala pequeña Shakira conversa con el presidente del canal Caracol, en la contigua se prepara todo para un directo en el noticiero del mediodía. Llegan periodistas famosos, directores famosos, modelos famosas, montan una parafernalia enorme para las entrevistas que tienen planeadas y se sientan a esperar.
Fuera de cámaras, en una esquina, hay una niña de jeans y anteojos que sostiene una libreta y un teléfono celular. Se llama Jenny, tiene 16 años y estudia inglés en una escuela modular. Dice que ganó un concurso de la emisora Las 40 principales, gracias a que mandó “unos 65 e-mails”. Así que la llamaron para que cambiara la letra de “La tortura” y ganó. El “premio” de Jenny era pasar un día entero con Shakira y reportarle a la emisora lo que estaba ocurriendo. El celular era para eso. Jenny estaba visiblemente emocionada. Nunca había estado cerca de Shakira, nunca había ido a un concierto suyo. “La última vez que hizo un concierto yo era muy niña, tenía catorce, y no pude ir. Ahora que ya soy mayor no me los voy a perder”, dice.
La llaman de la emisora y adopta un tono de voz profesional. “Aquí estoy. Espero que llegue Shakira que está con Pablo Laserna en la otra habitación. Yo me encuentro en el set de RCN con José Gabriel Ortiz y Carolina Cruz”, dice. Se refiere a los presentadores de este lado, que parecen desesperados por el retraso.
Cuando por fin entra Shakira repite la misma operación que en la sala de Caracol. Retoque de maquillaje, revisión del monitor. “Hoy el monitor estaba un poquito desenfocado. Le dije al camarógrafo: «Está fuera de foco» y me dijeron «qué ojo». Pero a veces siento que no tengo dos ojos sino cinco. Me he vuelto esclava de mi atención al detalle, me fijo en que una cámara esté desenfocada, en que un bombillo se dañó, en que un músico se equivocó o yo me equivoqué”, dice Shakira de su obsesión. “Es tanta que a veces me impide disfrutar lo bueno. Como una obra de arte magnífica que estás apreciando y de pronto ves una manchita y te olvidas del resto y te concentras en la mancha. Es un poco pesimista, pero al mismo tiempo es supersticioso. Creo que si no sufro las cosas, si no me concentro en los detalles, no salen bien”.
La portada de Fijación oral Vol.1 muestra a Shakira como una Madonna renacentista, de mirada infantil y con postura hierática que es rota por su pelo ondulado, mientras sostiene a un bebé. El bebé es su sobrina, que, al igual que otros parientes, ya tiene una participación dentro de la historia de la Mebarak más famosa de su numerosa familia [Shakira es la menor de ocho hermanos]. Pero no sólo la portada es impecable. El disco tiene también un proceso de producción que evidencia lo obsesiva que es Shaki con los detalles. Duró un año y medio componiendo, y al final quedaron sesenta canciones que tuvo que reducir a veinte para hacer las dos versiones que circularán, la primera en español y la segunda en inglés [ Oral Fixation Vol. 2, que se publicará en noviembre] y que serán completamente diferentes.
También se alió con algunas de las leyendas en el mundo de la música. En los créditos de su disco aparecen Rick Rubin y Gustavo Cerati. Rubin es el cofundador del sello Def Jam y productor de discos como Licensed to Ill [Beastie Boys], Blood Sugar Sex Magik, Californication y By the Way [Red Hot Chili Peppers], Toxicity [System of a Down], Audioslave [Audioslave], De-Loused in the Comatorium [The Mars Volta] y Make Believe [Weezer]. Sin Rubin, los años noventa y lo que va corrido de este siglo sonarían muy distinto. Cerati, por su parte, fue el alma de Soda Stereo, el grupo argentino que Shakira admiraba en su adolescencia. “Para mí [Cerati] es la máxima figura del rock en español; soy admiradora de lo que hizo con Soda y de lo que hace en solitario. Aprendí muchísimo de él, es un maestro. Fue un lujo absoluto tenerlo en el estudio del garaje de mi casa tocando la guitarra, haciendo esas caras…”
Con Rick Rubin las cosas fueron diferentes pues, físicamente, nunca estuvieron cerca. “Durante el periodo de producción él se encontraba en Los Angeles y yo estaba en España, en Canadá o en Bahamas, donde vivo. Fue una relación a distancia pero muy positiva”.
Entre los artistas, Rubin es conocido también por ser una mezcla de gurú, paño de lágrimas y asesor espiritual. “Fue muy lindo contar con él, me hizo creer en mí misma en los momentos en que más dudaba… aunque siempre dudo, ese es mi estado natural [duda, diría Shaki en más de una ocasión durante el día, es su segundo nombre]. Yo nunca estoy lista, nunca estoy segura de nada, pero él me estimuló muchísimo, me hizo creer en este álbum”.
Tal vez Shakira pueda trabajar con quien quiera, pero nunca olvida a quienes creyeron en ella desde el principio. Antes de Rubin, Cerati o Emilio Estefan, estuvo Luis Fernando Ochoa, músico y productor colombiano, que a pesar de todos los cambios por los que ha pasado la carrera de Shakira, sigue a su lado. Tanto, que ha sido coautor de muchas de las canciones de la cantante a lo largo de su carrera. Ochoa la conoció en 1994 cuando Shakira tuvo su primera canción exitosa, “Dónde estás corazón”, publicada en el compilado Nuestro rock. “El es como mi hermano y cuando hacemos música juntos nos divertimos. Tenemos una amistad que que va más allá de la música. Por supuesto que la música también es un alimento de la amistad. También hay una cosa de lealtad ahí”.
A diferencia de la mayoría de los artistas, Shakira no cree que un disco deba tener un hilo conductor que lo atraviese del primer al último corte, sino que las canciones deben existir por sí solas. La cuestión de la falta de unidad puede crear álbumes dispersos en su contenido pero que en la radio funcionan a la perfección, pues cada tema sigue su propio camino hacia la cima de las listas. En cada disco suyo, por lo menos la mitad de las canciones llega al top 5. Las únicas ocasiones en las que eso no sucedió ha sido con sus dos primeros álbumes, Magia [1991] y Peligro [1993]. A partir de Pies Descalzos [1996], la regla de la mitad de las canciones se ha cumplido de manera invariable.
El proceso para escoger y componer una canción siempre ha sido una cuestión inspiracional para Shakira. “La mayoría de mis letras hablan del despecho, lo que no quiere decir que esté despechada. Uno fantasea con lo bueno y también con lo malo”, explica la cantante, que acepta que su tema gira en torno al amor y al desamor, aunque no necesariamente sean los suyos. Sin embargo, a veces da la sensación de que Shaki evade las profundidades de su vida privada; es tajante cuando dice que “Antonio es una persona increíble. Es cariñoso, sencillo”. Su suegro es, simplemente, “divino”. Y sus padres resultan “un apoyo incondicional. Ya no viajan tanto conmigo, porque están cansados de mi vida de nómada, pero a veces me acompañan”.
Durante un descanso de los programas de tele, Aura, una de las meseras del hotel, entra con un platito de mango, quesos y carnes frías, en un mano, y en la otra un jugo de mandarina. Shakira dejó a un lado la compostura y con avidez se metió enormes trozos de mango a la boca y bebió el jugo de un sorbo.
“No comió nada más en todo el día”, diría más tarde Aura, la encargada de atenderla durante su estadía en el hotel. “Probó el queso, pero las carnes frías no. Y se comió una ciruela que trajo ella misma de su viaje al Chocó”.
Aura no es fanática de Shakira, por eso no está nerviosa de servirle a una estrella. “Mi hermanita sí la adora”, dice. “Pero no me dieron permiso de que viniera”. Tampoco tuvo la oportunidad de pedirle un autógrafo para la niña ni tomarle una foto, a pesar de que la mesera se quedaría en el cóctel de la noche. Pero eso no fue culpa de Shakira. Tal vez se deba a la disciplina del hotel o a la timidez de Aura, porque Shakira se mostró dispuesta a firmar autógrafos, no sólo a sus fans sino a los periodistas que se lo pidieron en la rueda de prensa, que empezó dos horas tarde.
La cita era a las tres y media de la tarde y a las cuatro el corredor de entrada al hotel, cubierto por un techo de madera, ya está lleno de cámaras. Hay unos doscientos periodistas en una fila improvisada. Adentro, los encargados de seguridad no abren la puerta. A eso de las cuatro y media comienza a llover a cántaros y los periodistas se aplastan contra la pared para evitar mojarse. “Es demasiado incumplida”, dice uno. “¿Será importante esta rueda de prensa?”, pregunta otro. “Yo creo que me voy a ir”, afirma un tercero, y sin embargo todos siguen ahí, esperando que se abra la puerta de vidrio, lo que ocurre poco antes de las cinco. La requisa es exhaustiva. Un hombre en la puerta deja entrar a cuentagotas a los asistentes, con invitación e identificación en la mano. A un lado, dos chicas sentadas en una mesa verifican que los datos estén correctos, y luego los invitados pasan a una requisa con perro y vigilante. En la entrada, al mejor estilo de los aeropuertos post 11-S, hay tres cortauñas en el piso.
A las cinco y media comienza la rueda de prensa con un video destinado a recordarles a los periodistas los quince años de carrera de Shakira, y que culmina con la frase “25 millones de copias vendidas en el mundo”. Las instrucciones han sido claras: nadie se pone de pie para no obstruir a las cámaras y nadie toma fotos una vez ha comenzado la entrevista. Ambas se incumplirán con disciplina colombiana.
Shaki entra vestida con un pantalón negro de satín, botas negras de ocho centímetros y medio de tacón, un top beige de encaje y las mismas bufanda y chaqueta negra de la mañana. A diferencia de las entrevistas de televisión, el grupo de periodistas parece intimidarla.
Después de que posa para las fotos, el presidente de Sony BMG Colombia, a quien ella llama “Carlitos”, le presenta el triple disco platino por las preventas de Fijación Oral Vol. 1. Los asistentes aplauden, las cámaras se disparan.
Shakira se sienta en una silla alta, con un cojín rojo, y parece incómoda, pero sonríe.
Apenas saluda dice que hay alguien en el público asistente a quien ella admira mucho. “Aquí está la Negra Grande de Colombia”, dice, y Leonor González Mina, una mujer enjuta y canosa, se pone de pie. Los periodistas la aplauden con la deferencia que merece una leyenda de la cumbia. “Mi nieta”, dice la Negra, “es fan tuya, por eso es que tuve que venir”.
La rueda de prensa no fue fácil desde el comienzo. La segunda pregunta fue: “Fernán Martínez [el manager de Juanes] dijo que Shakira se estaba alejando de sus raíces. ¿Qué contestas a eso?”.
Hubo un silencio incómodo. Shakira se puso seria y respondió: “No sé por qué lo dijo. En realidad, lo que más me importa es mi relación con Juanes, que es una persona magnífica y sé que no tiene nada qué ver con eso. Eso es lo que me alivia. Lo que diga Fernán Martínez me importa muy poco”.
La gente aplaude y Shakira emite una risita nerviosa, con la que cerrará todas las preguntas de esa siguiente hora, y que, por supuesto, incluyen los típicos reproches regionales: “¿Por qué después de cantar en inglés ahora cantas en español? ¿Influyó el discurso de «se habla español» de Juanes en tu nuevo disco?”; “¿Qué es lo que más extrañas de Colombia?”; “Me parece que Colombia no está dentro de tus prioridades… ¿qué piensas de eso?”.
Ella contesta todo con amabilidad y con un discurso procolombiano que desarma. “Por eso estoy aquí, una semana y media antes del lanzamiento de mi álbum”. “Cada vez que se escucha una canción de Shakira en un país diferente de Colombia, creo que Colombia está ahí”. “Barranquilla es el mejor vividero del mundo”.
Juanita Cabezas, la nieta de la Negra Grande, una niña de unos cuatro años, aprovecha un silencio y comienza a gritar a medialengua: “Shakira, te quiero cantar una canción”, entonces se acerca a la tarima y canta con ella y los periodistas ríen y las cámaras filman y ahí está el momento Kodak que todos esperaban. Antes de terminar, sin embargo, Shaki dice que tiene una sorpresa. Un integrante de su banda se acerca a un piano negro que hasta entonces había estado cubierto por un mantel. Shakira se para frente al piano y canta “La pared”, una balada tristona de su último disco, y luego se detiene un rato a firmar autógrafos antes de salir disparada para las entrevistas.
Es dificil deducir el momento preciso en el que Shakira se volvió famosa. Para ella, “no fue de un día para otro. La fama la he ido tomando con gotero, a pequeñas dosis, y luego en dosis más grandes. El haber cantado en inglés y haber hecho el famoso crossover me amplió la cancha. Todavía tengo que dar las mismas patadas a la misma pelota y meter los mismos goles. Eso sigue siendo igual”.
En Colombia, sin embargo, no es igual. El día que se entregó don Berna, el paramilitar que se había convertido en la persona más buscada de Colombia y que acaparaba hasta entonces la atención de los medios, ningún noticiero dejó de mencionar que Shakira había venido por un día al país. Se hicieron emisiones directas, se grabaron promociones para radio y televisión y todos soportaron un palo de agua para oírla.
Shakira sabe que vivir en Colombia sería imposible. Si una rueda de prensa implica este caos, resultaría insoportable la cotidianidad en un país de fans. Igual le ocurre ya en Miami, por eso se fue. “En Madrid cogí varios taxis. Siempre tengo la oportunidad de hacer cosas normales, si no, me enloquezco. Me gusta ir al supermercado, pero no lo puedo hacer en Miami porque ya sé que se van a meter conmigo los paparazzi. Ellos son mi tortura, porque se vuelven muy invasivos.Nuestra relación [con Antonio] es algo muy magnético que atrae a los paparazzi, como la miel a las moscas”, dice.
Bahamas, entonces, resulta el lugar ideal para vivir. Shaki dice que tiene una casa, un jeep en el que oye a Diomedes Díaz y un jardín en el que cultiva unas plantas impacientes, que se resisten a crecer al ritmo acelerado que ella quisiera. “Me llevé de contrabando unas semillas de corozo –una fruta morada y redonda, típica de la costa atlántica colombiana, que se come con sal–, pero no me tuvieron paciencia”, dice.
Por la noche, cuando comienzan las entrevistas de prensa, Jenny sigue sentada con su libreta y su celular. Espera su turno, como todos los periodistas, en el segundo piso del hotel, en un salón pequeño junto a los billares. El equipo de Shakira está más relajado, ella se ha cogido el pelo en un moño improvisado y no lleva maquillaje, y las jefes de prensa se sientan un rato a descansar. En otro salón cercano, el club de fans espera a su ídolo. Después de un par de entrevistas con medios, Jenny y un equipo de adolescentes entra a hablar con Shaki. No duran más de diez minutos, pero todos parecen contentos. Un chico rubio de pelo erizado, se atreve a decirle “No puedo creerlo”, y se lleva la mano a la boca.
Las entrevistas terminan cerca de las diez de la noche, dos horas después de lo presupuestado. El cóctel, en teoría, comenzaba a las ocho, pero la puerta también la abrieron tarde.
Son las diez y hay unos cien invitados, casi todos empresarios, con un vaso de whisky en la mano. Muchos de los que estuvieron durante todo el día se han ido a cambiar para la noche. Suena música de Shakira, por supuesto, y muchos siguen la letra, que les resulta familiar. A un lado de la tarima, un hombre de traje gris baila sin compostura al ritmo de Shaki, mientras habla con un grupo de invitados jóvenes, quizá los únicos en una sala donde el promedio de edad está en los cuarenta.
Cuando entran Fitzjoy y Kevin, ya se sabe que Shakira está cerca. En efecto, baja al minuto, y los admiradores la abrazan, la saludan y la acompañan a la tarima. El presidente de Sony BMG vuelve a tomar el micrófono para entregarle otro premio. Esta vez no es un triple platino sino un cuadro con las tapas de todos sus discos y la bandera de Colombia. Parece muy sencillo, pero a Shakira se le llenan los ojos de lágrimas, toma el micrófono y sólo dice “gracias” con una voz cortada por el llanto contenido. Cuando se calma, pronuncia un discurso breve, agradece a Ciro, su descubridor, y a “Carlitos”, y alguien se compromete con que Shakira irá serpenteando por el cóctel para hablar con todos, así que no resulta necesario que se sigan amontonando contra la tarima.
La gente queda tranquila. Fitzjoy y Kevin se acomodan al lado de la cocina, de donde sale el whisky, y brindan porque es el primer trago que han podido tomar en una semana. Los periodistas, que ya han tenido su tiempo con Shaki, comienzan a irse de la sala y el resto de los invitados lucha por estar en el lugar preciso para saludar a la cantante. Son las diez y veinte de la noche y Shakira sale por la cocina, seguida de su manager, Pepo Ferradás, y de su hermano Tonino. Ya se va a dormir. Fitzjoy ni se inmuta, le da la espalda a la puerta de la cocina y bebe un largo trago de whisky.
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