
Las fotos de la vida y de la muerte
De Felice, Cabezas, Nono Pugliese, Lady Di: la danza macabra de las imágenes
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Uno perdió la vida por tomar una foto. Otro se quedó sin ella por no sacarla. Tan parecidos y tan diferentes a la vez: ambos eran reporteros gráficos y los dos murieron en enero. Uno se llamaba José Luis Cabezas y lo mataron justo hace seis años por haber tomado una foto que algunos pretendieron indebida. El otro era Gabriel De Felice que, al revés, por no obedecer a su afilado instinto de cazador de imágenes, se hundió en el Atlántico hace cuatro días.
Involuntariamente De Felice, con su espontáneo acto de arrojo -intentó salvar una vida en peligro dentro del mar sin calibrar bien sus limitadas fuerzas- vino a echar por tierra de manera heroica esa constante demonización del fotógrafo de prensa en que se empeñan ciertas figuritas y figurones. Al reportero visual lo aman y lo odian por igual porque con su mirada hecha foto consagra o demuele sin términos medios.
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La inútil y alocada fuga por los techos de un restaurante que se impuso Nono Pugliese para evitar los flashes hasta precipitarse a tierra y morir o, peor, la conmoción mundial que ocasionó el trágico accidente que le costara la vida a Diana Spencer cuando intentaba escapar del asedio fotográfico, sentenció a esta profesión fascinante a quedar fuertemente cuestionada: que no tienen límites, que violan la privacidad y que asedian sin pausa a las figuras más codiciadas.
Como nunca, en aquella oportunidad, los dedos acusatorios y furiosos apuntaron desde distintas partes del mundo a quienes empuñan las cámaras. Los que iban detrás de Lady Di en su vertiginoso viaje hacia la muerte soportaron demoras policiales y el inicio de graves causas judiciales en París, mientras se levantaban voces de condena en toda la aldea global extendiendo la repulsa a la propia esencia de este oficio tan particular.
¿Qué es lo que hace que un actor como Marlon Brando pierda los estribos y le rompa los dientes a Ron Golella, el inefable paparazzi que, de todos modos, continuó persiguiéndolo, eso sí convenientemente enfundada su cabeza en un seguro casco protector de fútbol americano? ¿Qué iras invisibles desatan para que un personaje tan acostumbrado a la prensa como Diego Maradona resuelva ahuyentarlos a los tiros? ¿Por qué hasta la tan educada Máxima Zorraguieta al tropezar y sentir los fogonazos fotográficos sobre su blooper pierde la compostura y exclama: "°No pueden ser tan desgraciados!" ¿Hacía falta que Leonardo DiCaprio vaciara un tacho de bosta sobre los fotógrafos que seguían el año pasado en Roma los pormenores del rodaje de "Pandillas de Nueva York"?
Las historias son tantas que podrían llenar este diario íntegramente.
La pregunta es: ¿por qué la fotografía desencadena con preocupante frecuencia respuestas virulentas de tan diverso calibre que van desde reacciones desopilantes e inofensivas hasta la muerte de quien fotografía (Cabezas) o de quienes se busca fotografiar (Pugliese/ Lady Di)?
¿Acaso no fue también la fotografía la que indirectamente condujo a su fin a De Felice que estaba de recorrida playera en procura de llenar su cámara de imágenes exclusivas?
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Sospechados de ocasionar lo que tan sólo reproducen, los fotógrafos periodísticos llevan sobre sus espaldas la culpa de concebir con la mayor urgencia imágenes de aquellos hechos que precisamente ciertos protagonistas desearían ocultar. Aguantadores como mastines entrenados, olfatean la foto ríspida y al paso que tan pronto pesca in fraganti a una parejita impensada o desenmascara un crimen como el del piquetero Darío Santillán. Usurpadores pertinaces de imágenes marcan tendencias con sus registros, señalan hitos iconográficos que definen épocas; construyen y desmoronan celebridades. Desnudan el alma en un gesto. Capturan la vida con un clic oportuno y transformador (María Julia Alsogaray, que se vuelve inesperadamente atractiva tras una comentada tapa o el descubrimiento de la ignota cara de Yabrán que desencadena una tragedia que termina arrastrándolo.
Qué curiosas las vueltas de la vida, ¿no? Un famoso que en Buenos Aires extrema su seguridad personal para evitar secuestros y robos, en su lugar de descanso no tiene siquiera un salvavidas a mano para que sus hijos y sus amistades y él mismo eviten exponerse a la muerte tan absurdamente como lo hizo De Felice. Para el malogrado fotógrafo hubiese sido más cómodo y lógico (después de todo, era su profesión) retratar una tragedia ajena en vez de involucrarse y hacerla suya.
La vida, con sus tremendas paradojas, puso en un mismo bando a quienes naturalmente estaban destinados a confrontar: los asediadores visuales que tal vez fastidiaban la intimidad de Tinelli y de sus estelares vecinos fueron clave para salvar a la amiguita de su hija (mientras De Felice desaparecía bajo las aguas, otro fotógrafo ayudaba al conductor en el rescate).
La vida no siempre nos regala valiosas enseñanzas. A veces, nos cobra un precio demasiado alto.
Clics peligrosos
Que una imagen vale más que mil palabras no es sólo un dicho sino una realidad de la que viven pendientes famosos de toda laya. La tragedia sobrevuela esa relación: Yabrán/Cabezas, Lady Di/paparazzi, Maradona apuntando a los fotógrafos. La misma profesión llevó a De Felice a encontrar su tumba en el mar. El reportero visual genera sensaciones ambivalentes en quienes son fotografiados.






