
El fin de semana, uno de los festivales más grandes del mundo reunió a The Cure, NIN, Mumford and Sons, New Order y más
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Lollapalooza: dícese de uno de los festivales más grandes del mundo, con más de 20 años en actividad y anclado en Chicago, donde trescientas mil personas conviven pacíficamente durante tres días en un parque en el centro de la ciudad del gran país del norte.
Si bien el festival cambió mucho durante la última década (a saber: ya no es más itinerante, no se centra tanto en bandas independientes y ha tenido sus versiones latinas en Brasil y Chile), la edición 2013 supo encender a la multitud, que agotó las entradas aún antes de que se anunciara el line-up. Es que las chances de que no haya al menos un puñado de bandas que te gusten son remotas; ¿quién no vería en vivo a The Cure, Nine Inch Nails o New Order? Estuvimos en Chicago para traerte un resumen de lo que fue el fin de semana.
Día 1: Uno de los factores inevitables en Lollapalooza es la lluvia. Afortunadamente, apenas cayeron unas gotas durante las primeras horas del viernes, lo que ayudó a calmar el calor en los concurrentes y engrosó la billetera de los buscavidas que afuera vendían ponchos de polietileno por 20 dólares.
Band of Horses fue una de las primeras bandas en atraer una cantidad considerable de público, en uno de los escenarios principales. Con puntualidad inglesa (aunque son de Seattle), y sin desaprovechar ni un segundo entre tema y tema, le sacaron el jugo a una hora de show con un setlist enérgico bajo el sol.
Al tiempo que finalizaba Band of Horses, en el escenario de al lado comenzaba su set Thievery Corporation. Mención aparte para el bajista de esta agrupación, que parecía poseído por algún espíritu benévolo de las cuatro cuerdas. Cuestión que el muchacho se la pasó bailando descalzo, haciendo un despliegue de groove en su instrumento que dejó a más de uno boquiabierto.
La primera encrucijada del festival. ¿New Order o Queens of the Stone Age? Y no, no se podía elegir a ambas: las dos bandas comenzaban su set exactamente a la misma hora en los dos escenarios principales, los cuales están separados por un kilómetro y medio de distancia. Terminó ganando New Order, que no defraudó: tocaron algunos temas nuevos, pero también se despacharon con todos los clásicos, y un encore a fuerza de Joy Division. "Es un placer tocar acá en Chicago. Siempre pensé que era parecido a Manchester, pero con mejor clima. Hasta hoy", bromeó Bernard Sumner, vistiendo una remera con el nombre de su banda.
Apenas se apagó la pantalla con la leyenda "Love Will Tear Us Apart - Joy Division Forever" del escenario principal, enfrente comenzó el set de Hot Chip, marcando un contraste notorio y habitual en esta clase de festivales. La gente no paró de bailar de la mano de los caballos de batalla de la banda, como "Over and Over" o "Ready for the Floor".
Y el día terminó con otra encrucijada. ¿Nine Inch Nails o The Killers? La segunda banda optó por no permitir que ningún medio tome fotografías de su show, con lo que felizmente fuimos a ver qué nos traían Don Reznor y compañía después de cuatro años de ausencia sobre los escenarios. Y como era de esperarse, no trajeron otra cosa que una puesta en escena comparable con una patada en la nuca, y un repertorio que repasó clásicos como "March of the Pigs" o "Closer". Reznor, quien en sus años mozos supo cultivar una imagen de adolescente de pelo largo, perturbado y frágil, ahora tiene una masa muscular intimidante y la cabeza rapada… y la misma fuerza que hace más de 20 años.
Día 2: El clima del segundo día fue un presagio de lo que vendría: nada de lluvia, y una brisa que hizo muy disfrutable el verano de Chicago.
Arrancamos la segunda jornada corriendo para llegar a ver a Foals, una de las bandas inglesas que más inflan la mayoría de las revistas de música europeas y estadounidenses. ¿El veredicto? Algo de razón tienen: los muchachos suenan demoledores en vivo, saben interactuar con su público y amasaron una concurrencia más que envidiable para haber tocado tan temprano.
De ahí nos fuimos corriendo para poder disfrutar un poco a The National, en la otra punta del parque. The National también fueron los niños mimados de la prensa durante mucho tiempo, con lo que su presencia en el escenario principal parecía justificada. Y decimos "parecía" por una razón: no le pusieron ni un poco de ganas. Con el correr de los temas, era notorio como la gente daba la vuelta y buscaba alternativas bajo el sol.
Después llegó el momento de improvisar, probar cosas nuevas. Después de haber visto varias docenas de remeras de Kendrick Lamar, decidimos ir a escuchar un poco la propuesta de este muchacho originario de Compton, uno de los barrios más pesados de California. ¿Con qué nos encontramos? Con un rapero negro y chiquito que enloqueció a miles de blancos cantando su hit "Pussy and Patron". Y sí, eso es todo lo que vimos.
El cierre de la noche se lo debatieron Mumford & Sons y The Postal Service. Decidimos quedarnos en el set de estos últimos, esperando que den una performance similar a la que meses atrás dieron en Coachella. Y así fue, nomás: una puesta en escena bellísima, y un sonido muy bien cuidado, para festejar los diez años de esa única piedra fundacional que fue Give Up. Lamentablemente, Benjamin Gibbard confirmó un par de días antes a través de su cuenta de Twitter que ésta sería la última fecha del grupo.
Día 3: El tercer día arrancamos en uno de los escenarios secundarios, para ver a Wavves. La banda originaria de México tuvo una concurrencia mayormente de preadolescentes que cantaron todas las canciones sin hacer un despliegue mayor de histeria. El guitarrista, Stephen Pope, le hizo honor a su remera de Metallica, haciendo un headbanging (casi) digno de Cliff Burton.
El frontman de Alt-J, Joe Newman, no cambió su expresión facial durante todo el set de su banda. Un recital hermoso, psicodélico, en el que casi casi le dieron la razón a los periodistas de rock que se cansaron de compararlos con Radiohead. Tocaron prácticamente entero el disco A n Awesome Wave, y sorprendieron con un cover de Kylie Minogue.
"Este es nuestro show número 101", dijo el cantante de Grizzly Bear al subir al escenario. ¿Será verdad que llevan la cuenta de cuántos shows dan? Vaya uno a saber. El plan de la banda era tener a la cantante de Beach House como invitada durante la cnación "Two Weeks", pero como sus sets estaban casi uno encima del otro no pudieron hacerlo. Un show íntimo, sin sobresaltos, de una banda íntima, sin sobresaltos. Si bien el cantante le pidió a la audiencia que vaya a ver a Beach House apenas terminó su set, no le hicimos caso y nos fuimos hasta la otra punta del parque para ver a Vampire Weekend.
Y sí, Vampire Weekend hizo lo que mejor sabe hacer: canciones felices, que dan ganas de saltar. Melodías pensadas para que la gente participe. Se puede decir que la pelota de playa, ese elemento tan característico de los festivales estadounidenses, tuvo su lugar de preferencia en el escenario de estos muchachos.
Y después de la felicidad bailable de Vampire Weekend, la última encrucijada de la noche. ¿Phoenix o The Cure? Dejamos de lado a los franceses para sumergirnos en el océano de nostalgia de Robert Smith, quien subió al escenario puntualmente, maquillado como de costumbre. Un poco entrado en kilos, sí, pero con la voz tan intacta como siempre. La banda se descargó con una batería de éxitos, uno atrás de otro; 26 canciones, con un encore que parecía el playlist del antro Requiem un sábado a la noche: "The Lovecats", "The Caterpillar", "Close To Me", "Let's go to Bed", "Why Can't I Be You" y "Boys Don't Cry". Esta última canción la tocaron ya pasadas las 10 de la noche, cuando se cumplía el estricto horario impuesto por la ciudad para finalizar el festival. "Si nos cortan la electricidad durante este tema, van a tener que seguir cantándola", avisó. Por suerte, no hizo falta.
Por Diego Miranda
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