
Lo último del danés provocativo
Es el film "Dogville", que protagoniza Nicole Kidman
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El danés Lars von Trier, se sabe, es uno de los realizadores más ambiciosos, experimentales, talentosos, excéntricos y arrogantes del cine mundial. También uno de los más neuróticos: su pánico a los aviones, por ejemplo, hace que prácticamente no se mueva de su Copenhague natal. Sólo hace una excepción cuando su festival favorito, el de Cannes, lo convoca para acompañar allí las premiéres mundiales de sus películas. Eso ocurrió en mayo último: cargó su camioneta con su equipo de camping, subió a su familia y concretó un viaje de tres días hacia la Costa Azul para presentar "Dogville" junto a su nueva diva, Nicole Kidman.
"Dogville" es una profundización del estilo audaz y provocativo de un artista nacido para la polémica. Ideólogo del hiperpromocionado movimiento estético-técnico Dogma 95 que apuntó a barrer con la artificialidad del cine (encarnada, según él, en la producción de Hollywood), y democratizar el acceso a los medios mediante la exaltación del video digital, Von Trier aplicó ese decálogo sólo en el caso de esa sátira sexual y social que fue "Los idiotas". "Dogville", en cambio, es otro de sus melodramas épicos sobre mujeres (¿heroínas?, ¿mártires?) con Kidman en el lugar que antes ocuparon Emily Watson en "Contra viento y marea" y Bjšrk en "Bailarina en la oscuridad", película con la que Von Trier ganó la Palma de Oro hace tres años.
Rodada en apenas 6 semanas, pero con nueve meses de compleja posproducción y un presupuesto de más de 12 millones de euros, "Dogville" esta ambientado en un imaginario pueblo de los Estados Unidos en plena depresión de 1929 y se centra en las desventuras de Grace, una mujer que huye de unos gángsters y se instala en ese perdido paraje montañoso, donde recibe el apoyo de una comunidad cerrada y puritana que decide esconderla. Pero lo que en principio parece ser un acto generoso y marcado por la solidaridad se va transformando en un sometimiento cada vez más sórdido y denigrante, con consecuencias más que sorprendentes para todos.
Esta fábula de tres horas rodada íntegramente dentro de un enorme estudio cerrado, con iluminación artificial para crear una escena diurna o una nocturna, sin decorados (se ven incluso marcas e inscripciones en el suelo), con cámara en mano (manejada por el propio Von Trier) y apelando a innumerables efectos visuales (se utilizó la moderna tecnología HD del video de alta definición) y a una omnipresente y sarcástica voz en off, despertó la ira de los los principales críticos estadounidenses -con el poderoso Todd McCarthy, de Variety, a la cabeza-, que acusaron al danés de "antinorteamericano", "mentiroso", "misógino", "cruel" y "humillante" por maltratar a sus personajes y especialmente por ofrecer una imagen distorsionada de su país con el agravante de jamás haber cruzado el Atlántico.
Von Trier, de 47 años, arremete una vez más contra la hipocresía, la doble moral, la violencia contenida (que explota de la forma más inesperada y despiadada) y la injusticia que imperan en la sociedad estadounidense, mientras remata la trama -de la que no conviene adelantar nada más- con unos impactantes créditos finales, durante los cuales se suceden fotos de época que retratan a pobres y marginados por la crisis norteamericana de la década del 30, con el fondo de la voz de David Bowie cantando "Young Americans".
En diálogo con un reducido grupo de periodistas extranjeros, Von Trier indicó a LA NACION que "mis detractores no van a poder conmigo porque mi mayor virtud es ser el tipo más terco y testarudo del mundo. Cuando los estadounidenses me destruyeron por ambientar "Bailarina en la oscuridad" en su país, decidí redoblar la apuesta y ubicar allí una trilogía. "Dogville" es la primera parte y ya tengo listo el guión de la segunda, "Manderlay", que transcurrirá en Alabama y tendrá un toque más satírico".
-¿Siente que el éxito y el prestigio obtenidos con sus films anteriores le otorgan cierta impunidad frente a esas críticas?
-Impunidad es la del cine norteamericano, que describe las miserias del mundo de una manera supuestamente realista, pero sin documentarse mínimamente sobre lo que en verdad ocurre en otros países. ¡Y se enojan cuando uno hace algo sobre ellos que no es más que una fábula! Yo jamás pretendí concretar un documental, un ensayo ni un estudio histórico, sino una mirada personal a partir de la imagen y los sentimientos que me provoca Estados Unidos. Es un país que funciona como un espejo que estimula la imaginación. Pero no soy inocente y reconozco que mis films ofrecen también una lectura muy política. De joven milité en el Partido Comunista y aún hoy me considero un hombre de izquierda. Soy muy crítico con la forma en que los norteamericanos tratan a sus propios pobres y a los pobres del mundo.
-¿Cuáles fueron sus fuentes de inspiración?
-Todo lo que leo y veo sobre la historia y sobre el papel de los Estados Unidos en el mundo. A nivel dramático, la obra de Bertolt Brecht, y en el terreno estético, el riesgo y la terquedad de Stanley Kubrick.
-Pero Kubrick era un perfeccionista y usted está en contra de la perfección artística.
-El fue un genio que siguió sus propias reglas, sus pautas, sus búsquedas, más allá de que todo en su entorno iba "evolucionando" (pide el entrecomillado). Yo me reconozco en esa coherencia interna, más allá de que muchos crean que esa persistencia te impide avanzar, abrirte a nuevas posibilidades.
-Usted abogó con el Dogma 95 por romper con los convencionalismos y falsedades del cine contemporáneo hollywoodense, pero "Dogville" es casi una exaltación del artificio. ¿Por qué decidió rodarla íntegramente en estudios y sin decorados?
-Porque quise demostrarme que podía narrar una historia de esta densidad dramática en un ambiente despojado, en apenas seis semanas, encerrándome con el equipo y con 15 actores de primer nivel juntos sobre el escenario para investigar nuevas formas artísticas. Estoy muy conforme con el resultado. Creo que a los pocos minutos el espectador se olvida de las marcas en el suelo y de la falta de elementos reales. Es una película basada íntegramente en la actuación y en la fuerza de los diálogos, como en el teatro, pero al mismo tiempo con una clara impronta cinematográfica.
-¿Cómo consiguió reunir a este seleccionado mundial de grandes actores, ya que además de Kidman aparecen Lauren Bacall, Jean-Marc Barr, Paul Bettany, James Caan, Patricia Clarkson, Jeremy Davies, Ben Gazzara, Philip Baker Hall, Udo Kier, Chlo" Sevigny y Stellan Skarsgard?
-En muchos casos, son actores que admiro, y en otros, méritos de mi directora de casting, que llegaba un día y me preguntaba: "¿Te parece bien Lauren Bacall?" El caso de Kidman es más conocido: ella declaró públicamente que quería trabajar conmigo, yo escribí el papel de Grace pensando en ella, y se unió al proyecto sin condicionamientos, aceptando un pago simbólico. Pero si tengo que ser sincero, la mayor satisfacción de "Dogville" no es haber conseguido a una gran estrella de Hollywood, que aceptó con enorme profesionalismo, disciplina y humildad mi exigente y riesgosa propuesta de trabajo, sino el hecho de haber contado con Ben Gazzara, un actor del que soy un fanático confeso desde la época en que trabajaba con John Cassavetes. Eso sí fue como cumplir el "sueño del pibe".
Confesiones
- Además de "Dogville", en Cannes se exhibió también "Dogville confessions", documental dirigido por Sami Saif que cuenta los pormenores y el debate artístico durante el rodaje del largometraje de Von Trier. Este trabajo, de 52 minutos, ofrece un minucioso detrás de escena, testimonios de los principales integrantes del equipo que aparecen en confesionarios similares a los de las iglesias católicas y hasta escenas que no están incluidas en el corte final de la película.





