Leticia Brédice, Julieta Díaz y Soledad Villamil armaron un trío de locas. ¿Cómo explicar, más allá del recurso de la química, por qué, juntas, compusieron sus mejores papeles, le dieron densidad dramática a una pantalla cada vez más plana y crearon estas criaturas tan salvajes como entrañables?
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Locas de amor tiene muchas cosas buenas. Una de ellas es que elige hablar de la locura y de la recuperación de modo esperanzador, sin cargar las tintas en los excesos que enseguida se vuelven clisés y sin forzarse a detonar una bomba dramática en cada situación. Otra es la calidad del guión y de la dirección, su principal diferencia en cómo se abordó, hasta ahora, la psicosis en la tevé. Y otra más, acaso la mejor: sus tres protagonistas. Si fuera fácil poner por escrito qué es aquello que hace que la relación entre personas produzca algo que no existía previamente, no se usaría tanto una metáfora tan imprecisa y poco feliz como química. No es simple explicar por qué Leticia Brédice, Julieta Díaz y Soledad Villamil están haciendo su mejor trabajo en televisión. ¿Es porque este proyecto las entusiasma más que otros? ¿Es porque se llevan bien? ¿Es porque tienen algo que ver con sus personajes? ¿Es porque su técnica actoral evolucionó?
Soledad Villamil, la más reflexiva de las tres, lo atribuye a algo aun mucho más concreto: dinero. En televisión, la calidad de un producto tiene que ver exclusivamente con la decisión empresarial de gastar un poco más de plata en él. Porque la plata compra tiempo. Yo no creo que seamos mejores en lo nuestro que los actores que hacen una telenovela. Sucede que en este proyecto trabajamos con más tiempo, porque existió la decisión de invertir más para tener un mejor producto.
El trabajo comenzó antes de las grabaciones. Se hizo una investigación previa y tuvimos entrevistas con psiquiatras y mucho material de lectura, continúa Villamil. Luego, cada una de nosotras se entregó a su personaje, no tanto a un caso clínico sino a una mujer en particular. Soledad interpreta a Eva, una fanática religiosa; Díaz a Juana, una obsesiva compulsiva que en la infancia fue abusada por su padre, ante la indiferencia de la madre; y Brédice, a Simona, bipolar con la tendencia muy poco saludable a cortarse las muñecas. Al comienzo de la serie, las tres van a vivir juntas tras su externación, un proyecto experimental del doctor Martín Uribelarrea, el psiquiatra interpretado por Diego Peretti.
El tema de la locura me interesa muchísimo. Me atrae, me atrapa. De las tres, Brédice era mi candidata más firme a decir algo así. Y es el único caso en que la elección de la actriz para el personaje parece sugerido por un rasgo personal o, al menos, por una percepción de su persona. Era esperable que Brédice, en algún momento, hiciera de loca, en particular luego de tantas notas o epígrafes de fotos que hacen mención a su locura. Desde luego, las notas se refieren a una locura en sentido coloquial, es decir, aluden a su extravagancia, excentricidad o singularidad, a su capacidad para hacer cosas insólitas en momentos inesperados. Si leíste algo de lo que se escribe sobre mí, seguramente esperabas que partiera una guitarra sobre la mesa dice. Lamentablemente, tengo que decir que durante las tres horas que permanecí en su órbita, Brédice no hizo nada extravagante, excéntrico o insólito. Si tuviera que aventurar un diagnóstico basado en mi breve contacto, diría que es actriz de nacimiento y cada vez que enfrenta a un público actúa, juega. Pertenece, intuyo, a un grupo nunca terminado de conformar debido a la intermitencia de la industria cinematográfica argentina: la estirpe de las actrices clásicas de nuestro cine. Por eso no me sorprendo cuando me dice que le encanta el canal Volver. Sus gestos de loca me parecen salidos de las películas que debía ver de chica en televisión. Y por eso, imagino, fue elegida para coprotagonizar Ay, Juancito , un drama de época (sobre la fascinación del peronismo con el glamour) fuertemente anclado en nuestro cine de teléfonos blancos, películas en las que no hubiera desentonado.
No puedo precisar por qué, pero Julieta Díaz parece compartir un grado de fragilidad e inseguridad con su personaje de Juana. Dice que no hay una relación entre ellas y sus personajes: En Pol-Ka, Adrián [Suar, el fundador y dueño de la productora] suele arriesgar a la hora de llamar actores. Muchas veces, incluso, convoca a actores que tienen una línea determinada para hacer algo muy distinto. En mi caso siempre hice personajes diferentes. Si fuera porque me parezco a ellos, tengo que pensar que soy una esquizofrénica multiple choice .
Díaz, la más joven de las tres, hizo casi toda su carrera televisiva en programas de Pol-ka como 099 Central o Soy gitano . No tiene más que palabras de elogio para la productora y para Suar. ¡No le toqués al Chueco que te corta las manos!, advierte Brédice. No tengo intenciones de hacerlo, pero sí me interesa saber qué miran en la televisión. Brédice advierte que va a tirar una bomba. Casi no miro, porque todo me parece una porquería. La tele te calcina la cabeza. Me parece tremendo que una chica de 15 años tenga como proyecto salir en un programa de chimentos. Pero qué expectativas se pueden tener con una persona como Torcuato Di Tella al frente de Cultura. Así es imposible generar arte.
Le hago notar que no se puede responsabilizar al secretario de Cultura quien aún no había renunciado en el momento de realizar la entrevista por la programación de los canales privados.
Pero el Estado podría tener una vía de exhibición de otras cosas más atractiva que Canal 7, dice Villamil.
Yo creo que la televisión es un medio de comunicación, no un medio cultural. Pero eso no quiere decir que no tenga que ofrecer productos de calidad. Es una lástima que, a veces, la gente elija programas estúpidos, porque termina estupidizándose, agrega Julieta.
En la televisión, continúa Villamil, cada vez más el contenido es la interrupción para la venta de la pauta comercial. A veces, como en nuestro caso, existe la voluntad de invertir más guita y darle calidad a ese rato entre propaganda y propaganda. Es raro que alguien ponga plata para darles tiempo a los creadores.
El cine, replico para ver qué pasa, trabaja con más tiempo que la televisión y, sin embargo, en mi opinión, los buenos programas de la televisión argentina son mejores productos que las buenas películas del cine industrial argentino e, inclusive, los actores muchas veces trabajan mejor en la televisión que en el cine.
Las tres, casi al unísomo: ¡No estoy de acuerdo!. Ahora es disparen-sobre-el-periodista. Vos sos de esas personas que dicen que no les gusta el cine argentino, ¿no? , ataca Villamil.
Villamil, que protagonizó algunas de mis películas favoritas del cine más o menos reciente ( Un oso rojo y La vida según Muriel ) continúa los disparos: Ese discurso de que el cine argentino es malo ya fue. La televisión tiene la estadística a su favor porque te propone cosas todo el tiempo. Lo mismo que el cine norteamericano: hace 10 mil películas, algunas tienen que salir bien. Y encima, hay un ataque virulento de la crítica a todo lo que sea de acá.
No se puede decir que eso pase, sin embargo, con el cine de los realizadores jóvenes.
“Sí, pero me parece que por esnobismo. Como cuando dicen que les gusta el cine vietnamita o de clase z. Todo eso me suena a postura. Falta una mirada más ingenua, alguien que opine desde el lugar de espectador. apura Soledad.
Dice Julieta Díaz: Hay mucha gente que dice que no va a ver cine argentino porque es malo, pero no tiene problema en ver una mala película yanqui. Y con el tema de los actores ¿Vos lo viste a Ben Affleck en Pearl Harbour? Es de madera terciada.
Me doy por vencido. No puedo con las tres al mismo tiempo. Vuelvo al programa. ¿Va a seguir el año que viene?
No, termina acá responde Villamil. ¿Por qué? Si volvía, ¿tenías alguna otra cosa que decir?
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