
Los cien años de Osvaldo Fresedo
Un siglo de vida: al cumplirse hoy el centenario de su nacimiento, se evoca la figura de Osvaldo Fresedo, gran compositor de la música ciudadana.
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Expiraba el siglo XIX y ya se vislumbraba entre nosotros la conformación de la Argentina moderna, resultado de las profundas transformaciones que se habían operado.
Presidía la República el salteño José Evaristo Uriburu, sucesor de Luis Sáenz Peña, antecediendo el segundo mandato del general Julio Roca y la ciudad cambiaba su perfil al conjuro de las grandes masas inmigratorias.
Circulaba por un breve tramo, entre adoquines, el primer tranvía eléctrico y desde los conventillos, proyectándose a los arrabales germinaba el tango fundiendo los recién llegados con las guitarras payadoriles en una despedida de la "gran aldea".
Próximo a la plaza en que años antes se pertrecharon las fuerzas juatiztas y la casa de los autores que contribuiría a fundar años después, nació el 5 de mayo de 1897 en la calle Lavalle 1606 Osvaldo Nicolás Fresedo, bandoneonista y compositor célebre que nos dejó un legado y estilo que aún perdura.
La condición transhumante de los prolíficos Fresedo los llevó a trasladarse allá por 1910 a otro solar próximo al arroyo Maldonado, con sus pastizales y cafés de palcos en alto, cuna fecunda para Osvaldo y su vocación musical por entonces a contrapelo de la disciplina paterna.
Igual que Julio de Caro, con quien se uniría años más tarde, su progenitor lo expulsó del hogar por su fervorosa adhesión al dos por cuatro, hasta que la parábola bíblica del hijo pródigo se encarnó en su retorno a la casona familar.
De ahí en más se gestó "el pibe de la Paternal" que acrecentó su fama en los bailongos de la época, para solaz de públicos cada vez más numerosos.
También en los suntuosos cabarets como el Montmartre (al que llegó por recomendación de Arolas), L Abayye, Royal Pigall, Armenonville, y años después el Abdullah Club y su Rendez Vous, verdaderas catedrales porteñas donde una camada de distinguidos hombres de su tiempo solían garabatear el tango.
Es que don Osvaldo interpretó, como ningún otro, la condición ecléctica que adorna al porteño (reo y bacán) y le dio sentido a una generación de elegantes bailarines _Ricardo Guiraldes, Vicente Madero y más tarde Luisito Cantilo_ cultores y exégetas de su compás.
Filosofía globalizadora de funyi y smoking, supo enlazar con su ritmo a maravillosas señoras en nuestros distinguidos salones y también a las más hermosas pebetas de barrio en antológicas jornadas carnavaleras.
Fundamentalmente en ese rasgo conciliador de orígenes consistió su éxito, no sectario ni quejumbroso.
Fresedo tuvo, por sobre todo, el coraje de convocar a la felicidad en los énclaves sentimentales de la pista, impregnado de distinción a todas las páginas de su repertorio.
Triunfador más allá de nuestras fronteras, los Estados Unidos primero y el Viejo Mundo después, alternó el atuendo gauchesco con el frac que por entonces imponían a nuestros intérpretes.
Igual que Paul Whiteman en la década del veinte priorizó la sonoridad de su orquesta cediendo todo lucimiento personal y brindando una apoyatura única a las voces que cantaron bajo su batuta.
Así Gardel, Pedro Vargas, Ada Falcón, Ernesto Famá, Juan Carlos Torry, Roberto Ray, Héctor Pacheco, Roberto Yanés, Daniel Riolobos, incluso el trompetista Dizzy Gillespie y muchos otros exponentes de distintas canteras se identificaron con su melodismo.
Compositor _"El espiante", "Aromas", "Arrabalero", "Perdón viejita", "Vida mía", "Pampero", "Sollozos", "Bandoneón amigo", por citar algunas_ tienen su sello.
Las décadas del treinta y el cuarenta, con su auge radiofónico por caso "Ronda de ases" y el devenir teatral contaron con su participación en los primeros planos de la notoriedad en el marco irrepetible de sus grandes agrupaciones (llegó a conducir cuatro simultáneamente) en las que se destacaron Carlos Di Sarli que le dedicó su tango "Milonguero viejo" y otros grandes.
Lujoso renovador (gran difusor de Piazzolla en horas difíciles), sumó a su proyecto a los más brillantes arregladores que contribuyeron con su talento a dotar a su conjunto de una sonoridad única siempre bajo la impronta de su personalidad.
Deportista, dirigente autoral, propiedad de inolvidables reductos nocheros vuelve a nosotros en un antológico Telefunken, largas vueltas de scotch o desde los refucilos de un maravilloso par de ojos castaños.
Porque a encender grandes pasiones consagró su vida don Osvaldo, testigo y protagonista de un siglo que se va, a quien evocamos en su centenario onomástico con su mensaje musical distinguido y talentoso, espejo del romanticismo de un pueblo que lo hizo suyo y no lo olvida.
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