
Los dramaturgos de antes usaban espadas
Los tiempos eran tan violentos como ahora, sólo que entonces -fines del siglo XVI, comienzos del XVII- la sociedad europea (Europa era el centro del mundo) descontaba que las cosas eran así y al que no le gustaba, que se fuera a vivir a Holanda, donde reinaba en la época la mayor tolerancia. Al norte de Londres, el distrito de Shoreditch era el territorio de la gente de teatro, donde trabajan y vivían -y convivían, con los naturales encontronazos entre tantos egos juntos- autores, actores, empresarios, músicos, escenógrafos. La atmósfera se cargaba de celos, envidias y peleas con cualquier pretexto; plagios y robos de libretos (no existía el concepto de propiedad intelectual), de amantes y de actores populares, estaban a la orden del día.
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Dos semanas atrás, esta columna evocó un célebre viaje a Escocia, ida y vuelta a pie, de Ben Jonson (1572-1637), el ilustre autor de Volpone y El alquimista. En la nota se aludió al mal carácter del dramaturgo, pero no se consignó un dato importante: Jonson tenía grabada a fuego, en uno de sus pulgares, una letra T. Era el castigo por haber matado, el 22 de septiembre de 1598, a un tal Gabriel Spencer, en un duelo por cuestión de faldas (el episodio está admirablemente narrado por Marcel Schwob en sus Vidas imaginarias ). Si Jonson la sacó tan barata fue, según los chismosos de entonces, por sus vínculos con la corte. Pero Spencer, que actuaba en el elenco de Philip Henslowe, no era ningún santo: había matado, a su vez, "a un hombre llamado Feake, que lo atacó con un candelabro". Y en 1599, el dramaturgo John Day eliminó a su colega Henry Porter.
El más notorio de aquellos matones que eran, a la vez, poetas insignes, fue, sin duda, Christopher Marlowe (1564-1593), el único posible rival de Shakespeare. Escribió Tamerlán el Grande , El rey Eduardo II , La trágica historia del doctor Fausto (la primera vez que se trata el tema en la literatura europea) y El judío de Malta , todas ellas consideradas obras maestras. Marlowe navegó con los piratas, fue traficante de armas, espía doble o triple (trabajaba al unísono para su país, Holanda y España, que competían entre sí por el dominio de los mares) y drogadicto notorio. Fue acuchillado por una intriga vinculada a su homosexualidad, en una taberna mal afamada de Deptford Strand. Tenía apenas 29 años.
De todos ellos, el más apacible fue Shakespeare (1564-1616), que terminó sus días como próspero terrateniente en su ciudad natal de Stratford-on-Avon. Aunque, como sabemos, también él tuvo su historia.
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