
8 de abril - Estadio All Boys, Buenos Aires
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Después de pasar varias aventuras en tiempos de bonanza y de tragedia, Los Gardelitos alcanzaron el estadio superior del rock barrial y llegaron a una cancha de fútbol, momento cumbre en la vida de cualquier banda del palo. El trayecto fue largo, imprevisto y por momentos tortuoso, desde que la familia Suárez decidió apostarlo todo por el rock y vender la rotisería y el flete a principios de los años 90, hasta pasadas las nueve de la noche de este sábado 8, hora en que sonó esa metralla de batería que abre "La calle es un espejo" y Eli, el hijo mayor que tomó el lugar del desaparecido Korneta, entonó esos versos que dicen "No podrás olvidar tu pena, nena, la calle te lo recordará". Los Gardelitos es una de las bandas más representativas del under popular, un espejo de cierto espectro social y un emblema del espíritu sobreviviente del rock pre y post Callejeros. Y estas líricas por momentos recelosas que dejó el maestro Korneta, con su erudición de esquina, sonaron como un sacramento en esta fecha bisagra.
Los Gardeles no estuvieron solos. Algunos de los Jóvenes Pordioseros y los Callejeros estuvieron ahí, en la tribuna. Y las alusiones a Cromañón fueron constantes (no hay que olvidar que éste es el ojo del huracán): "Fue muy confuso lo que pasó el 30 de diciembre. No nos confundamos, que esa mentalidad no siga existiendo", batió Eli. Antes del set gardelito, abrieron la noche Huellas Locas y El Bordo, que tocó por sorpresa seis temas. Desde el escenario, Eli arengaba: "Gracias a la gente como Korneta y como Pappo, que empezaron con esto. Nosotros los vamos a seguir. ¡Aguanten las bandas que salen de la gente!". Doce mil espectadores –que siguieron llegando bien entrado el show– confirmaban sus palabras.
En All Boys, Gardelitos fue una máquina de hacer rock cuyos engranajes fueron tres músicos (Eli en guitarra y voz, Martín Ale en bajo y coros, Horacio Ale en batería) y veintisiete temas largos, trabajosos, variados. Con aires de rock sinfónico setentista colados en el blues & roll chabón y líricas suburbanas de una Buenos Aires en toque de queda, gestos políticos a fin de cuentas. Todo, en rocanroles como "Caras de limón", "Estrella del rockanroll", "Cobarde para amar"; en el reggae eléctrico de "Llamame" y "Hay que enterrarlos vivos"; en los aires folclóricos de "Volveré en tus ojos" y "Los Querandíes"; y en himnos de barrio como "Anabel", "No puedo parar mi moto" y "Gardeliando".
Después de tantas batallas, Gardelitos encierra una paradoja: sin intención de menospreciar este show, tal vez sonarían mejor un 21 de septiembre en los Bosques de Palermo. Porque el pulso optimista de sus canciones puede más que las desdichas que los marcaron (la muerte de Korneta, Cromañón) y en sus canciones primaverales (¿el beat del Bajo Flores?) asoma el secreto de su erudición de esquina.




