Los grandes de la ópera de nuevo en el Colón
En un emotivo agasajo, casi un centenar de grandes figuras de la lírica revivieron en el escenario sus días de gloria
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La Fundación Teatro Colón lleva a cabo, con el auspicio de la propia institución, un homenaje a los artistas nacionales que con su arte, talento y entrega, contribuyeron a cimentar su prestigio mundial.
La imponente sala parece más brillante. El público ha cubierto la totalidad de las localidades y se percibe un estado de ansiedad. La obertura de "El murciélago", de Johannes Strauss, crea una atmósfera de alegría y de nostalgia.
Cuando el telón de boca se levanta, estalla la primera ovación. Allí, sobre las tablas, iluminados por los reflectores, se encuentran elegantes y esplendorosos los cantantes argentinos. Son muchos minutos de aplauso y a cada instante es más intenso. El público, de pie, parece querer expresar toda su gratitud y cariño.
Las voces conocidas de Elena De Carli y Román Frankow, dos profesionales de la locución, íntimamente ligados a aquella Radio Municipal de la jerarquía y de la formación de nuevos públicos de otros tiempos, anuncian a Ramón Domingo Igarreta, presidente de la Fundación Teatro Colón y al director Kive Staif, los que con sobrias y atinadas palabras, explican los alcances del homenaje. Se advierte una cuidada organización, buen sonido en la amplificación, uso de micrófonos inalámbricos, ritmo adecuado con sobriedad y naturalidad.
La continuidad y el futuro
Se anuncia la participación de la música a cargo de las voces de hoy, de los herederos directos de esa tradición de noventa años de historia.
Las sopranos Araceli Quijano y Carmen Nieddu, ambas con solvencia vocal; el tenor Oscar Imhoff y el barítono Alejandro Sewrjugin, experimentados y seguros, con la excelente dirección de Mario Perusso brindan una muy buena versión del hermoso cuarteto del acto tercero de "La Boheme", de Puccini, merecedor de cerrado aplauso.
Aparecen luego la soprano Patricia Gutiérrez (debut promisorio y positivo en el Colón), la mezzosoprano Cecilia Díaz, el barítono Luis Gaeta y el bajo Edgardo Zecca, cantan el suntuoso momento del acto tercero de "Don Carlos", de Verdi, cuya inspirada creación y dificultad no otorga concesiones.
Se advierte seriedad en el estudio a partir de la indudable autoridad de Delia Rigal para preparar a los artistas. La batuta de Perusso ayuda con su acertado criterio y conocimiento del repertorio.
Por fin se anuncia a Donizetti con el sexteto de "Lucia di Lammermoor", una de las cumbres del "bel canto" que no debe estar ausente y se lucen la soprano Fabiola Masino, de pequeña figura pero de voz brillante de amplia extensión, la mezzosoprano María Luján Mireabelli, los tenores Eduardo Ayas y Carlos Duarte, el barítono Omar Carrión y el bajo Juan Barrile. El reconocimiento es unánime y la mente vuela por diferentes caminos.
Inevitable reflexión
Está por comenzar la parte central del acto. Es la entrega a cada uno del recuerdo realizado por el plástico Antonio Pujía, momento que permitirá con más fuerza volver a vivir, ahí, frente al público, beber el néctar del aplauso y caminar el escenario.
Nuestro pensamiento reflexiona por la imperiosa urgencia de reparar muchos años de desamparo. Acabamos de escuchar que es posible la realización de títulos con artistas nacionales, que es una obligación su presencia junto a los consagrados del mundo.
Se llama por orden alfabético, excelente criterio para no marcar diferencias de quilates en las carreras artísticas. Hay un respeto humano reconfortante y los asistentes, con sabiduría, como no podía ser de otro modo tratándose melómanos incondicionales o jóvenes descendientes, adopta una actitud similar y los aplausos son casi parejos.
Empero es inevitable el reconocimiento especial a los grandes protagonistas, es imposible no continuar viviendo aquellas actuaciones de cada uno y las lágrimas afloran en muchos.
También se hace presente la necesidad de que el cantante local no sea abandonado a su suerte. Programación adecuada, maestros con riguroso trabajo, estudio doloroso y pertinaz, en fin, todo para que el círculo de lasnuevas generaciones sea capaz de repetir la historia presente en escena, pero tan numerosa y rica como ese ramillete de más de noventa grandes de la ópera.
Cuando todo parece llegar a su fin, avanza el recordado tenor Renato Sassola, que dice palabras de agradecimeinto en nombre de todos sus colegas, y se tiene un nuevo sacudón de los sentimientos.
Ahora Delia Rigal anucia el brindis de "La traviata" y todos, formando un coro en el procenio, cantan el Verdi inmortal. Nos parece escuchar las voces grandes de los artistas nacionales de un pasado valioso.
La contribución del sector técnico del teatro inunda el escenario provoca una lluvia de pétalos de rosas. Ahora se vive una fiesta de alegría y de amistad, con total ausencia de divismo.
La salida de artistas
Alguien, imprudente por cierto, quiere una foto de todos los ajasajados en la escalinata de la entrada principal y provoca la salida por Libertad en lugar de por la tradicional puerta de artistas de Cerrito.
Allí se apretujaban los cazadores de autógrafos, los fanáticos de la ópera, tantas veces vilipendiados pero que son la salsa, la vida y la pasión del género. Pese a esto finalmente el encuentro con los venerados artistas se concreta. Una oportuna intuición los lleva a dar vuelta a la manzana en el momento en el cual los agasajados descienden la escalinata principal.
El cariño y el calor se reitera. Es más directo y los cantantes reviven en forma completa sus noches de triunfo en una velada que, a su vez, inicia un nuevo período, esperamos, de orgullosa tradición. Ya está todo dicho en este siglo que finaliza.






