Los paisajes oníricos de Juana Molina

Gabriel Caldirola
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21 de mayo de 2017  

Juana Molina / Banda : Odín Schwartz (bajo, guitarra y sintetizador), Diego López de Arcaute (batería) / Función : el miércoles / Lugar : Niceto Club / Nuestra opinión : muy bueno.

Desde que en 1996 decidió abandonar la actuación y lanzar Rara , su primer disco, pero sobre todo a partir de Segundo (2000) y Tres cosas (2002), en los que su proyecto musical terminó de consolidarse, Juana Molina no ha hecho más que profundizar la singularidad de su búsqueda. A partir de una aglomeración de capas sonoras hecha a base de loops, líneas melódicas circulares y esquemas rítmicos infrecuentes, persigue con su voz desafectada la esquiva cualidad de lo neutro. Si con Wed 21 (2003) su sonido había encontrado una cúspide de madurez, con Halo , su séptimo disco, esa sonoridad gana en intensidad y matices, acompañada nuevamente por el baterista Diego López de Arcaute y el tecladista Odín Schwartz. Grabado en el Sonic Ranch Studio de Texas, el disco ofrece una docena de canciones que transitan paisajes interiores hilvanados en la frontera brumosa que separa la vigilia del sueño.

Fuente: LA NACION

Como pudo apreciarse el miércoles en la presentación del disco, la música de Molina propone un abordaje constructivista de la canción. Trabaja apilando, sucesivamente, líneas de voz, guitarra y sintetizador. El empleo de procedimientos repetitivos no hace, sin embargo, que su música suene maquinal. Por el contrario, logra comportarse de manera orgánica gracias a leves transformaciones que permiten a cada tema avanzar a través de texturas dinámicas. Luciendo un vestido negro con un relieve de huesos en la falda y falanges esqueléticas colgando del hombro, Juana Molina salió a escena para cantar "Cosoco", canción que consigue hacer bailar aún con una métrica poco usual. Le siguió "Cara de espejo", en la que López de Aracaute alternó batería acústica y electrónica, con Schwartz en bajo y sintetizador, mientras Molina intercalaba su característico scat entre líneas como "cuando uno sabe que va a verse en un espejo / pone la cara que espera ver en el reflejo". "Estalactitas" fue desarrollándose desde una estrofa despojada en guitarra y voz hasta un potente despliegue percusivo. En "Paraguaya", un halo de misterio se impuso, sugiriendo el clima enrarecido de una historia de brujería, donde la que canta invoca a la luna en un conjuro amoroso fallido.

A la hora de revisitar discos anteriores, la ya clásica "Un día" arremetió con su aire de baguala y ciclos furiosamente repetitivos. Le siguieron "Ferocísimo", "Eras" y "Lo decidí yo", en los que abundaron los timbres de afinación oscilante en los sintetizadores, la acumulación de coros y el desarrollo de complejos patrones rítmicos. "Lentísimo halo", uno de los momentos de mayor intensidad del nuevo disco, detuvo el tiempo de la sala. Como su nombre lo indica, esta especie de blues electrónico de reminiscencias arábigas lleva la lentitud a su paroxismo, y la melodía hipnótica de la voz conduce a un encantamiento en el que se oye un ambiguo ofrecimiento: "te espero entre las piedras del fondo, / quiero mostrarte lo que escondo".

Después del confesional "Sin dones", donde el electrofolk que profesa Molina se expandió a territorios experimentales en los que llegó casi a rapear, con "In The Lassa" la voz quedó dispensada del lenguaje para volverse un instrumento predominantemente rítmico. Con una letra cargada de referencias mitológicas, "Ay, no se ofendan" avanzó desde su estatismo inicial, a través de una percusión con el aliento en bucle, hasta uno de los momentos más explosivos de la noche. "Sin guía no" y la eléctrica "Dar (qué difícil)" sobresalieron entre los bises de un concierto potente y rico en variaciones climáticas.

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