La directora Catherine Hardwicke lleva al cine la génesis y el mito de los deportes extremos
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En 1970, cuando la onda era comprarse el combo longboard/skateboard, Zephyr, una despabilada tienda de Santa Mónica, en la costa californiana, barrenó la primera ola de este boom sobre el primer team dual. Los mejores y más precoces raiders del mar –Stacy Peralta, Tony Alva y Jay Adams–, chicos de vida áspera y hogares de barrios bajos a un costado de la playa, mutaron en veloces surfers del asfalto. Y, en plena sequía californiana, asaltando las piscinas vacías del vecindario con el mismo estilo agresivo que empleaban para encarar la marea, se convirtieron en el elemento esencial de lo que hoy, con mirada transversal, se lee como la génesis de los deportes extremos. Así nacieron y murieron los z-Boys, skaters punks de las colinas de Dogtown que inspiraron la segunda película de la directora –y surfer– Catherine Hardwicke (A los trece [Thirteen, 2003]): Lords of Dogtown. O Los amos de…
Así es la historia. Esta película no va a estrenarse en la Argentina (no por ahora, al menos), aunque estaba prevista para el 8 de septiembre. Los agentes de Columbia la rechazaron a pesar de su fotografía pochoclera y su guión vendible (tan pochoclera y vendible que Johnny Knoxville tiene su coprotagónico aquí también), por su “comportamiento imprudente”. Entonces, por el momento, sólo en el mercado negro. Por eso, nos adelantamos aquí: ésta es la ficción del documental z-Boys & Dogtown, concebido y producido en 2002 por el propio Alva, protagonista esencial de la fábula y el primero en abandonar la crew para fundar la propia.
Y hay más: Alva –que acá firma el guión– se juntó por primera vez en años (tras batallas judiciales y sueños perdidos), con Jay Adams y Stacy Peralta, para asistir y entrenar personalmente a los actores que interpretarían sus vidas sobre esas tablas de otra época: Victor Rasuk como Alva, Emile Hirsch como Adams y John Robinson –el platinado protagonista de Elephant (Gus van Sant, 2003)– como Peralta. De la época de Dogtown.
“Aquello no era algo como los aros de hula-hula o el yoyó. Por el contrario, formaba parte de nuestro estilo de vida, y yo sabía que en algún momento iba a tener futuro. Pero mi papá siempre pensó lo contrario”, dijo Tony Alva, sacralizando aun más aquellos tiempos. Tiempos en los que un diminuto y cerrado grupo de deportistas marginales convirtió su pasatiempo en un gran negocio. Esos cinco años (1970-75) que, aunque le duela a la ortodoxia atlética, cambiaron para siempre el deporte.





