
Despues de diecisiete años, siete albunes y siete guitarristas, los Red Hot Chilli Peppers siguen siendo la familia mas funky del rock & roll.
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Hace veintidos años, antes de la era de los discos de platino, de las giras mundiales, de las adicciones y las sobredosis de drogas; cuando todavía nadie había acomodado las palabras chili, hot, peppers y red de modo que formaran el nombre de una banda de rock, había una amistad. Dos alumnos de 15 años del colegio secundario Fairfax, de Los Angeles -uno, extravertido y carismático, que respondía al nombre de Anthony Kiedis; el otro, seco y demasiado tímido, llamado Michael Balzary pero más conocido por nosotros como Flea-, se hicieron tan inseparables que, los días en que Kiedis faltaba, Flea no hacía más que caminar en círculos por el colegio, sin compañía. "Daba vueltas por ahí", recuerda. "No quería que nadie se diera cuenta de que estaba solo."
Una de las primeras cosas que Kiedis le contó a Flea -mientras fumaban durante un viaje en ómnibus a Mammoth Mountain, adonde iban a esquiar- fue que era un sobreviviente. "Si se cae un avión, soy el que sobrevive", dijo Kiedis.
-¿En serio? -preguntó Flea, dando otra pitada al porro.
Se trataba en parte de soberbia adolescente, pero a los 37 años, tras mucho tiempo de practicar conductas extremadamente riesgosas, Kiedis asegura: "Esa sensación no cambió en absoluto. Esté donde esté -en la cárcel, en un centro de rehabilitación o tirado por ahí, medio muerto-, siempre tengo una percepción innata que dice: «Vas a salir de este lío». Puede ser algo bueno o algo malo; te da un pase libre para explorar zonas en las que no tenés derecho a meterte".
Los Red Hot Chili Peppers han sobrevivido a los diecisiete años transcurridos y a los siete discos que editaron; soportaron crisis y cambios de integrantes que habrían aniquilado a tres grupos de menor cuantía. Su último trabajo, Californication, es no sólo un éxito triple platino sino también su obra más sólida y exquisita de todos los tiempos.
Cuando visito a los Peppers en Los Angeles, el cantante Kiedis, el bajista Flea, el guitarrista John Frusciante y el baterista Chad Smith tratan de elegir una actividad grupal a la que yo pueda asistir. No tienen ensayos programados; queda descartado el partido de [el equipo de básquet] los Lakers, porque a Frusciante no le gustan los deportes. Les pregunto qué harían si estuviesen de gira y tuvieran una noche libre.
Todos ríen, y Flea explica: "Yo me quedaría en mi habitación a meditar; Chad saldría a bares de strip-tease y se emborracharía; John practicaría yoga y tocaría la guitarra, y no tengo ni idea de qué haría Anthony".
¿Cada uno aprendió a no fastidiar a los demás miembros del grupo?
"No", responde Flea. "Todavía nos fastidiamos entre nosotros. Pero ahora decimos: «Perdón por fastidiarte»."
Por los Red Hot Chili Peppers pasaron tantos guitarristas -siete- que bien podrían organizar un asado de reencuentro todos los veranos. Sin embargo, la formación actual es la única cuyos músicos registraron más de un disco juntos. Hillel Slovak, el guitarrista original, murió de sobredosis de heroína en 1988. Frusciante, que por entonces tenía 18 años y era un fan de los Peppers, entró en la banda para la grabación de Mother’s Milk (1989) y de BloodSugarSexMagik (1991), el álbum que los convirtió en estrellas. Frusciante se fue abruptamente del grupo en 1992, y lo suplantó Arik Marshall para la gira Lollapalooza de ese año [y el show en Buenos Aires, en enero de 1993]; en la actualidad, Marshall toca en la banda de Macy Gray. Jesse Tobias duró poco más que un litro de leche. Dave Navarro, guitarrista de Jane’s Addiction, figuró en One Hot Minute (1996) y se alejó de la banda en 1998.
En vivo, los Chili Peppers no tocan ningún tema de One Hot Minute. Frusciante afirma que nunca escuchó ese álbum. "Todavía nadie me dio ningún argumento convincente para que lo escuche", explica.
Tras su partida de los Chili Peppers, en 1992, Frusciante se hundió en una grave adicción a la heroína que casi lo llevó a la muerte. Finalmente, en enero de 1998, se sometió a un tratamiento en un hospital. En marzo, Flea lo invitó a volver al grupo.
Kiedis recuerda el primer ensayo con Frusciante como el momento descollante de toda la experiencia de Californication. "Cuando John se entusiasma, es como una descarga eléctrica de 8 mil millones de voltios. John tiraba todo: era un caos total, como cuando un nenito trata de armar un árbol de Navidad. Y cuando tocó el primer acorde, fue la perfección absoluta.
El encuentro con el grupo para comer en un restaurante marroquí donde los mozos llevan puestos feces y la cena concluye con una bailarina de danzas árabes. Kiedis falta a la cita: aduce que tiene la cabeza hinchada como una pelota; los otros tres se mofan de la excusa sin disimulo.
"Una vez vine aquí con mi mamá", dice Flea. "Me llené a reventar y tomé siete vasos de vino. Y en esa época jugaba al básquet todas las noches. Era tan fanático que no pensaba dejar de jugar porque estuviera borracho y lleno, así que vomité en la cancha."
Frusciante : Una vez me contaste que fuiste a la cancha después de tomar ácido y...
Flea : No era ácido: era éxtasis. Estuve despierto toda la noche y fui a jugar apenas amaneció, a las 6 de la mañana. Y no podía fallar.
-¿Sos el mejor jugador del grupo?
Smith : (Desplegando su anatomía de 1,88 metro) Yo soy mejor que él. Pero Flea es muy veloz. Supongo que nos la podemos agarrar con cualquier otra banda, dos contra dos. ¿Quién puede llegar a ganarnos?
-¿Y qué tal juega Anthony?
Flea : Una vez me dio un hombrazo muy bueno en la cara cuando jugábamos al básquet.
Smith: Es un salvaje. Defiende como un inútil de mierda. Se te viene encima, así (emite un grito bestial mientras agita los brazos).
Frusciante se retira temprano: está preparando su tercer disco solista y le resulta difícil seguir la conversación cuando no puede pensar en otra cosa que no sea la masterización. Entonces, Smith y Flea comparten amenas anécdotas sobre sus hijos y sobre la gira con Nirvana por América del Sur.
Después del postre y de la bailarina árabe, Flea se demora en la playa de estacionamiento, conversando a pesar del fresco aire de primavera. Me muestra su vehículo, apodado "el auto payaso": se trata de un Mercedes modelo 89 cuyos paneles están elegantemente pintados, uno de cada color. "Me pareció que sería una obra de arte interesante", dice Flea, a modo de explicación. De todas maneras, últimamente está un poco arrepentido. Es que Clara, su hija de 11 años, que antes estaba enamorada del auto, ahora prefiere bajarse una cuadra antes de llegar a la escuela.
Anthony Kiedis vive en un departamento cerca de Sunset Boulevard, Hollywood. Cuando llego, está con el tour manager de la banda, decidiendo el itinerario de la inminente gira que harán los Peppers en los Estados Unidos. Pasaron la mayor parte del último año tocando en el exterior, y no hace mucho que volvieron de Japón y Australia. Hacia mediados de año se presentarán en las principales ciudades norteamericanas, pero primero van a visitar las más pequeñas, como Chattanooga (Tennessee), lugares en los que no tocan desde que la época en que viajaban amontonados en una camioneta Chevy azul.
Kiedis quiere cerciorarse de que se alojarán en sitios donde el color local no esté totalmente "pasteurizado con telgopor". Sentado en su sillón con un atlas sobre las piernas, se humedece los dedos a medida que lo hojea e intenta resolver dónde le conviene dormir al grupo después de su recital en Pennsylvania. "¿A trescientos kilómetros de Filadelfia? Bueno, pasemos la noche en Pittsburgh y después vayámonos a Roanoke."
Terminan de hacer planes y Kiedis se pone de pie. Tiene puestos unos shorts y un pulóver con rayas rojas y negras. "¿Querés una bebida?", ofrece. "¿Una gaseosa? ¿Un vaso con hielo?" Como la respuesta a las tres preguntas es sí, cuando se va el tour manager, Kiedis se desliza hacia la cocina. En el escenario, suele agitar y sacudir su cuerpo; en su casa, su marcha es aplacada y económica, como si el cantante se hubiera pasado cuatro décadas aprendiendo a desplazarse desde el punto A hasta el punto B sin un solo movimiento de más.
El departamento es agradable, pero no hay indicio alguno de la personalidad de Kiedis. "Vendí mi casa por accidente", revela. "Hace unos años, me sentía raro y quería hacer borrón y cuenta nueva." Puso su casa en venta, creyendo que transcurriría más o menos un año hasta que se concretase alguna operación. No obstante, una semana después apareció un comprador que hizo un cheque de inmediato. Cuando Kiedis volvió de un viaje, se encontró con que le habían guardado sus cosas en un depósito, donde quedaron desde entonces, mientras él salta de un lugar a otro.
Merodea cerca de nosotros una mujer alta y rubia de pelo corto que tiene puesta una camisa ajustada color de rosa; es Yohanna, la novia de Kiedis desde hace un año y medio. Mientras nosotros hablamos, hace llamados telefónicos en la habitación. El se ilumina cuando habla de ella y de cómo se conocieron. Yohanna era recepcionista del reconocido restaurante Balthazar, de Nueva York, y él quedó prendado apenas la vio. Durante el primer año, la relación fue a distancia, pero ahora viven juntos.
Kiedis, Smith y Flea tienen 37 años, y los tres cumplen años con diferencias de dos semanas. Pero Smith y Flea tienen hijos; ¿Kiedis piensa en formar una familia?
Traga saliva. "Bueno, sí y no. Me encantan tanto los chicos que siempre tengo la idea dando vueltas. Pero me asusta, porque toda la vida estuve acostumbrado a ser muy independiente. Tengo miedo a la responsabilidad que implica. De repente, ya no puedo escaparme y listo. Con una compañera, siento que tengo un compromiso, pero siempre hay una puertita misteriosa, ¿no? Si tuviera que saltar de este avión, soy muy buen paracaidista."
Entre un tramo y otro de la gira, estuvo pasando el tiempo con Yohanna junto al mar, en sitios como Bali y Hawai. "Soy bastante patético para hacer surf", admite, riendo. Adora el agua; si bien corre y anda en bicicleta de montaña, su deporte preferido es la natación.
Tocamos el tema del pelo de Kiedis: durante años y años, una de las marcas registradas del grupo fue la melena larga y oscura que revoleaba el cantante. Sin embargo, desde 1998 lleva el cabello corto y rubio. ¿Se cambió el pelo por alguna razón en especial? Kiedis medita acerca de la pregunta. "En ese momento no lo pensé, pero sí, sin duda yo estaba cambiando. Había decidido dejar la droga. Fue una era completamente nueva para mí y para mi banda." Cuando se refiere a un tema que lo pone incómodo, termina cada oración con una sonrisa a medias, que señala el alivio que le representa haber concluido una idea.
"Soy un idiota total en lo que hace a analizar mis situaciones personales", se disculpa. "Nunca tuve tiempo para mirarme y ver cómo se dieron las cosas y por qué."
Tanto Kiedis como Slovak consumieron heroína durante toda la década del 80; a Kiedis incluso lo echaron del grupo durante un mes, en 1986, debido a su adicción. Cuando murió Slovak, Kiedis dejó de consumir, aunque reincide con frecuencia. El caso más reciente fue en 1997, después de un accidente de moto, cuando los analgésicos que le recetaron volvieron a llevarlo a la heroína. Asegura que ahora no se droga, y le pregunto qué aprendió de los intentos anteriores.
Suspira. "Lo lógico sería que hubiera una respuesta coherente. Me pasé tantos años con la droga que tal vez la tenga codificada genéticamente en todas células de mi organismo. Sé que hace años que la droga dejó de aportar cosas positivas a mi experiencia. De todos modos, bueno, no doy por asegurado ni un minuto del tiempo en que no consumo. Fueron todos momentos maravillosos."
Cuando Kiedis habla de sí mismo, incurre en varios clisés. Así, relata sus batallas contra la heroína de un modo que parece ocultar toda lucha, dolor y tenebrosidad. Aunque algunos lo tomen como una actitud engañosa -como si Kiedis intentara poner la mejor cara a su vida-, más bien parece que está describiendo a la persona que quiere ser. Y, con cada año que pasa, está cada vez más cerca de ser ese hombre.
Es cierto que entre las letras que escribió Kiedis para Californication hay algunas arremetidas de funk sexual, pero más que nunca plasmó historias de soledad y remordimiento, como la de "Scar Tissue". Hay tres canciones que hablan del matrimonio; el cantante dice no saber la cantidad exacta, pero es consciente de que su vínculo con Yohanna se refleja en las letras de varios temas.
Se pone el sol sobre las nubosas colinas de Hollywood; la sala se oscurece y, por las sombras, el rostro de Kiedis se torna menos visible. Le pregunto cuál es su rasgo más típico de estrella de rock, y se queda en blanco. Tiene mucha plata en su cuenta, admite. "Les compré casas a mis parientes, voy en autos caros", agrega. "Jamás veo facturas ni me preocupo por la plata. Tal vez no sea la persona indicada para hacerle esta pregunta..." Se interrumpe, sin sonrisas a medias, y sigue reflexionando. "¡Yohanna!", llama. Su novia sale de la habitación y enciende las luces. "¿Cuál es mi rasgo más típico de estrella de rock?" Ella piensa un rato y contesta: "Tus dientes". Kiedis despliega una sonrisa que exhibe todas sus piezas dentales, verdaderamente brillantes. Me excuso para ir al baño; cuando regreso, los dos están de pie, abrazados y besándose suavemente.
La casa de chad smith queda en mitad de una ladera de las colinas de Hollywood, donde a veces algún que otro ciervo contempla los autos que vienen subiendo. El baterista me ofrece una visita guiada de su cómodo y espacioso hogar: me muestra la piscina del jardín con una valla de protección para chicos; la colección de fotos. Terminamos en la sala de estar, donde hay una batería y un hogar encendido. Smith trae unas cervezas Heineken, prende un cigarrillo y extiende su largo cuerpo sobre el sillón.
Pasó su juventud en Michigan, donde lo despidieron de numerosos trabajos, entre ellos una empresa de pintura (echó a perder un pedido importante), un local de [la tienda de ropa] Gap (nunca llegó a dominar la técnica de doblar pulóveres) y una casa de panqueques (se le volcó un tarro de dulce).
Desde que cumplió 7 años, lo único que quiso fue tocar la batería y aporreaba barriles de helado Baskin-Robbins. Tras "terminar apenas" el colegio secundario, tocó con un montón de grupos, cuyos nombres empezaban casi todos con la letra "T": Tilt, Tyrant, Terence. Hubo uno, Toby Redd, que editó un disco; cuando la banda hizo de soporte de Kansas, Smith se maravilló al descubrir que en el backstage de los recitales de rock había comida gratis.
Después de la disolución de Toby Redd, Smith rumbeó a Los Angeles; en 1989 se presentó a una prueba para entrar en los Chili Peppers, y desde entonces ocupa alegremente el banquito del baterista y es el integrante más estable del grupo. "No soy un ser torturado", explica. "Nunca me hice drogadicto ni me fui al carajo."
Como es el baterista, es el que más barata la saca cuando los Peppers salen al escenario con atuendos raros -bombitas eléctricas gigantes, gorros que arrojan fuego-, dado que puede mantener la compostura quedándose sentado. El atavío más famoso de los Chili Peppers -que consistía en salir completamente desnudos, salvo por las medias deportivas blancas que enfundaban sus pitos- fue dejado de lado, al menos por el momento. "Lo hicimos tantas veces", se queja Smith. "Es como volver a ponerse el maquillaje de Kiss. Si nos dan 100 millones de dólares por la gira de reencuentro del año 2022, lo hacemos en todos los pueblos. La media va a quedar tapada por nuestras panzas, pero vamos a tenerla puesta."
Voy a visitar a john frusciante a su casa, que queda en las Colinas, a unos diez minutos de la de Smith. Es alquilada y modesta: dos ambientes, más un altillo para dormir. El living está básicamente vacío, salvo por un televisor, pósters de películas de Andy Warhol y, metido en un rincón, un original de Museo en una caja, de Marcel Duchamp. Frusciante pasa la mayor parte del tiempo en el otro ambiente -atestado de montañas altísimas de discos de vinilo y equipos musicales-, tocando la guitarra.
Me cuenta que tenía una casa propia, más grande: "Pero se quemó, y después la reconstruyeron, y luego me mudé ahí, pero dejé de pagarla. Y al final me la sacaron. Estuve a punto de salvarla: mi abogado me consiguió la plata para que la recuperara. Pero la vendieron el mismo día. A mí me vino bien, porque fueron 50 mil mangos extra que podía usar para comprar heroína".
Frusciante lleva baja la cintura de los pantalones y se pasea por su hogar con aire distraído, como el de un científico que medita sobre un experimento inconcluso. Cuando habla, masculla y arrastra las palabras, y muchas veces hace pausas o retrocede; da la impresión de que no está acostumbrado a compartir lo que le pasa por la cabeza, al menos si se trata de expresarlo mediante oraciones. Pasa hora tras hora en su sala de música, simplemente tocando la guitarra. Es ahí donde le brotan las ideas sin trabas ni impedimentos. Mientras grababa Californication, tocaba todo el día con sus compañeros y después volvía a su casa y seguía tocando, solo.
Cuando se le pregunta qué diferencia hay entre ser miembro de los Peppers esta vez y la anterior, Frusciante señala que salir de gira a los 18 años le permitió darse el gusto de cumplir todas las fantasías adolescentes. "Abusaba plenamente de la situación", confiesa. "Pero, a los 20 años, empecé a hacer las cosas bien y a tomármelo como expresión artística en vez de como una forma de divertirme y cogerme chicas. Para emparejar la balanza, tenía que ser excesivamente humilde, excesivamente antiestrella de rock." Se volvió tan dogmático en ese sentido que ya no veía cómo continuar participando en la banda y a la vez ser artista. Y se fue.
Por desgracia, en lugar de evolucionar musicalmente, retrocedió: dedicaba la mayor parte de su tiempo a consumir heroína.
Hoy, Frusciante tiene los brazos llenos de cicatrices de abscesos, que parecen marcas de quemaduras de tercer grado. Los que le enseñaron a inyectarse, en realidad no sabían hacerlo, y el músico siguió drogándose igual, a pesar de los abscesos: "No me importaba qué pudiera pasarme. Siempre me pareció que estaba a un paso de morir".
Frusciante pensó que nunca podría dejar la heroína. "Cuando era adicto, pensaba: «¿Cómo voy a hacer para vivir sin drogarme? Siempre voy a compararlo con lo que se siente cuando uno se droga». Y creía que consumir era la sensación suprema. Estaba muy orgulloso de drogarme. Me encanta todo lo que sentí gracias a la droga, pero les hago más justicia a esas sensaciones si trato de recrearlas con mi música."
Asegura que las cicatrices de los brazos no le molestan y que hace poco empezó a sobreponerse a la inseguridad y a retomar la costumbre de sacarse la remera en el escenario, como hace todo pepper que se precie de tal. "No las cambiaría por mi aspecto anterior", dice. "Tal vez a los 19 pareciera un macho cabrío, pero por dentro era un flan. En esa época no estaba orgulloso de lo que era. Ahora sí estoy orgulloso de lo que soy." La mayoría de las canciones que integran su inminente álbum solista las presentó por primera vez en su living, en recitales espontáneos que dio ante sus amigos. "Hace un par de años, sólo les daba pena a los demás. Ese era mi único talento. Así que para mí es una gloria poder sentarme, cantar, tocar la guitarra y hacer sentir bien a los que estén conmigo."
Lea entra en su cochera con el auto payaso; está con su hija, Clara, a quien fue a buscar a la escuela. La nena tiene cara vivaz, pelo rojo largo y pantalones Oxford. Entra corriendo en la casa y clava la vista en una pila de dvds que hay en la sala. "¿Hoy puedo ver una película, pa?", pregunta. "¿No tenés tarea?", contraataca Flea. Se suscita un breve período de negociaciones. "Dedicá una hora a preparar la tarea y después podés ver una película", decide Flea. Tiene un acuerdo de patria potestad compartida con su ex esposa, que vive a pocas cuadras.
En el amplio hogar de Flea hay muchas paredes revestidas en madera porque a él le gusta sentirse como en un pabellón de caza. "Ya hace un tiempo que vivo en lugares lindos", explica, "y nunca me acostumbro. Camino por toda la casa, me agarro de las paredes y digo: «Esto es mío. Nadie me lo va a sacar»".
"¿Querés ver mi habitación?", ofrece Clara. Me hace atravesar un pasillo abarrotado de fotos de los héroes de Flea -entre ellos, Miles Davis y Billie Holiday-, después del cual llegamos a la habitación de ella. Es grande y blanca, y por una puerta da directamente a la piscina del jardín. Está decorándola con fotos de Blink-182, Christina Aguilera y Fred Durst, el cantante de Limp Bizkit, tomadas de revistas.
A continuación me muestra la habitación de su papá y hace hincapié en el chiche que envidia con toda su alma: un hogar a control remoto. "El es el malcriado", comenta afectuosamente.
Una vez que volvemos a la cocina, nos reencontramos con Flea, que prepara la cena: sándwiches de pavo, y espárragos y bróculi al vapor. "¿Puedo comer esto, pa?", pide Clara, mostrándole una caja de arroz con sabor a pollo. Flea escudriña los ingredientes -tiene muchos saborizantes artificiales-, dice que sí y pone a hervir más agua.
Flea nació en Australia y se mudó con su familia a los Estados Unidos a los 4 años. Hace poco obtuvo la ciudadanía norteamericana, si bien tiene pensado, en un futuro, instalarse en el país de los canguros. Quiero saber si se considera norteamericano o australiano, y responde: "Ninguna de las dos cosas. Soy hollywoodense".
Flea se inició con la trompeta y no le puso un dedo encima a un bajo hasta los 17 años, más o menos: "Me gustaba Dizzy Gillespie y no sabía nada de rock. Una vez tenía un cuaderno y escribí «Styx» y «David Bowie» en la tapa, pero no tenía idea de quiénes eran. Pero, inclusive antes de haber tocado una nota, me imaginaba haciendo del bajo un instrumento tan apasionante como cualquier guitarrista, saltando por todas partes, volviéndome loco". El tamborileo acelerado con que ejecuta su instrumento le valió diversos premios y loas; sin embargo, últimamente su estilo maduró y se volvió más melódico.
Llega la cena. El arroz salió aguachento; Flea insiste en que así es como tiene que quedar, pero Clara lo convence de que lo cuele. Cuando nos sentamos a la mesa, Clara come mientras lee una revista de historietas de Archie. Flea agacha la cabeza para rezar. "No hace falta que esperes a que termine de rezar", me avisa. "Soy el único que lo hace."
Después de comer, el bajista me muestra el bungaló donde prepara su disco solista, y luego pasamos a la sala del televisor. Hay un enorme equipo de proyección, utilizado casi con exclusividad para los partidos de los Lakers. Hablamos de Californication. La grabación del disco no fue un buen período para él: estaba separándose de su novia después de cinco años y eso lo afectaba mucho: no dormía, lloraba a mares y quería quedarse acurrucado en posición fetal. Todos los días orientaba sus energías a recomponerse y hacerse presente en el estudio de grabación, consciente de que la música lo aliviaría. Y así era, aunque cada veinte minutos padecía un ataque de pánico que lo dejaba empapado en sudor.
El único consuelo para Flea después de esos angustiantes meses es que sabe qué hizo frente a su sufrimiento. La última vez que había pasado por lo mismo, cuando se separó de la madre de Clara, en 1990, lo manejó de otra manera: "No hice más que saturarme con drogas y meterme en la cama con mujeres, y me olvidé del asunto", explica. "Y esta vez no fui a estar con otras: me hice cargo. Me hice cargo del sentimiento más frío y vacío que hubiera podido imaginar. Pasé a través del dolor, caminando."
No hace mucho tiempo, después de un recital en Italia, Flea se quedó parado del otro lado del escenario, sollozando, agobiado por la zozobra. En algunas oportunidades, su hija terminó cuidándolo. Por ejemplo, según relata, "en Australia, un día yo estaba llorando, y ella me dijo: «Mirá, pa, no sé por qué estás tan triste, pero pase lo que pase, va a salir todo bien. Sos muy buena persona». Fue absolutamente conmovedor".
Ahora que se siente mejor, el bajista intenta deshacerse de todas sus supersticiones. Antes tenía miles: daba seis pasos cuando salía de la cocina, no se ponía calzoncillos negros, no dejaba libros sobre la cama por si las ideas se escapaban de las páginas y entraban en su psiquis. "Trataba de hacer todas esas pequeñas cosas para que nada me lastimase", reflexiona. "Se trata más que nada de perder la confianza en el universo. Ahora no le tengo miedo a nada y todos los días rezo: «Que venga»." Como integrante de un grupo en el que la sensibilidad le gana constantemente a la mala conducta, Flea es el rey en lo que hace a estar en contacto con sus emociones. "Ahora hacemos mucho metal enojado y escandaloso", explica. "Forma parte de algo que emprendimos, en muchos sentidos. El sonido funky con rap y guitarras terminó siendo muy aburrido: una mierda derechista e ignorante. Siempre me resultó gracioso que se tomara a los Chili Peppers como unos machos atléticos. Muchas veces nos sacábamos las remeras y Anthony escribía un montón de canciones que hablaban de sexo, pero para mí con frecuencia la música es femenina. Siempre fui, digamos, el chico afeminado. Soy un pelotudito sensible, ¿entendés?"
El día en que john frusciante cumple 30 años, los Chili Peppers se reúnen por asuntos del grupo y para una sesión fotográfica. Flea aparece con una remera en la que escribió "Martian y Laker" con marcador. "Pensaba poner algo verdaderamente profundo", dice encogiéndose de hombros, "pero terminé escribiendo los nombres de mis perros". Llega Kiedis y abraza a Frusciante. Durante las pausas, todos se amontonan cerca de un televisor para ver cómo los Lakers liquidan a los Miami Heat. Flea está arrodillado sobre la alfombra, a unos treinta centímetros de la pantalla, completamente concentrado. "Por lo común, durante el partido, ni siquiera quiero que me hablen", aclara.
El grupo y un par de empleados sorprenden a Frusciante con una torta de chocolate y un vigoroso "Feliz cumpleaños", durante el cual retumba el barítono de Kiedis. Frusciante se pone colorado y se tapa la boca con las manos. Después de tres intentos, termina de soplar las velitas y recibe generosos aplausos.
"¡Que dé un discurso!", exige Smith.
Frusciante considera la posibilidad y da un paso al frente. "Eeh, noooo", se rehusa al fin.
"¡Yo doy un discurso en su honor!", se ofrece Flea, que adopta una sentida voz de orador, como del siglo xix: "En esta fecha...". Todos se tientan y ríen.
Se siente en el aire el afecto que sienten por Frusciante, el hermanito un poco caprichoso. "Cuando entrábamos en la pubertad", rememora Flea, "Anthony y yo y unos chicos muy amigos realmente nos criamos unos a otros". A los Red Hot Chili Peppers los unió la amistad, los separó la heroína y los volvió a reunir la música. Siguen viviendo todos a diez minutos en auto de los demás y, después de diecisiete años de tocar juntos, resultan una familia extraña pero inseparable.






