Dirigidos por la mano maestra de Szifrón, estos dos actores apasionados compusieron la dupla cinematográfica del año: un policía de códigos y un psicólogo progre que terminan contaminándose mutuamente, héroes a la criolla.
1 minuto de lectura'
En el año en el que el cine argen-tino decidió que le daba para ser masivo y competitivo sin tener que poner a Francella, Luis Luque y Diego Peretti se cruzaron para dejar armadita, así, para la historia local del género, una dupla policial de comedia de aventura de acción otra vez de comedia que el cine nacional aún se debía (¿o alguien de verdad está pensando en Comodines?). Peretti hizo a Silverstein, un psicoanalista progre que cree en
Página/12. Y Luque hizo a Díaz, un poli volcánico que sin embargo se contiene y no estalla. Los dos, dirigidos por Damián Szifrón y su, a esta altura, innegable mano maestra, se llevaron ese título, que en realidad es medio una convención y que podríamos dejar en “la dupla del año”.
Damián Szifron: –¿Qué querés de mí?
Luis Luque: –Que me ames.
El director ya los había dirigido a ambos, los conocía. Pero Luque y Peretti sólo tenían en común algunos cruces de pasillo y una noche de Martín Fierro en que les tocó compartir mesa. No se conocían, pero se sospechaban. “Este es un ambiente muy contaminado, hay pocos actores de verdad, tipos para quienes lo único que importa es el laburo de componer un personaje. Luis es uno de esos tipos, yo apenas lo vi me di cuenta y sentí: «Este es de los míos»”, dice Peretti.
–¿Cómo que pocos actores?
Peretti: –Sí, mucho arribado, mucho tipo que quedó atrapado en la estupidez chimentera de los medios. Y, si no, te encontrás con actores medio muertos, ya sin ganas, que sacan todo de oficio.
–¿Qué viste en Luis?
Peretti: –La misma pasión para laburar. A veces te toca trabajar con tipos que, vos te das cuenta, sólo están esperando el pie para entrar y mientras tanto se quedan ahí, les tiembla un poco el ojo, no te devuelven una pelota. Con Luis el diálogo actoral apareció enseguida.
Luque: –En los ensayos, ahí intuí que esto funcionaba. La ves, ¿viste? Y para mí fue fundamental la primera escena, el primer viaje en auto que termina con la invitación del personaje de Diego a comer a su casa. Entré en esa escena con muchas expectativas y salí sabiendo que habíamos encontrado el punto exacto del trabajo de a dos.
Peretti: –Para mí fue progresivo, no tuve una escena determinada, yo sentí la construcción nuestra como algo que iba creciendo.
Luque: –Es que tenemos maneras distintas de laburar. Yo meto primero el cuerpo y después pienso, soy más visceral. Diego mete primero la cabeza y después va él, es más reflexivo. Otra cosa es que soy muy frágil, necesito que el director me cuide, me mime. De verdad que le pedí a Szifrón todo su amor.
Peretti: –La última escena era un quilombo: eran las siete, se iba la luz, esa luz que los directores esperan todo el día, con el sol poniéndose y que no dura más de veinte minutos. Entonces había que filmar una escena larga y era un caos. Damián iba corriendo con un trípode en la mano de un lado al otro y todos volaban a los pedos. Ahí me di cuenta de que lo que habíamos conseguido con Luis y con el resto del equipo era una especie de hermandad. No pasa siempre, ¿eh?
–¿Qué es lo que pasa siempre?
Peretti: –La gente no sabe cómo se lleva esa gente hasta que se grita la palabra “acción”. Klaus Kinski y Werner Herzog se odiaban, pero ahí están sus películas, y quién va a decir que Nosferatu [F. W. Murnau, 1922] fracasó. A mí me ha tocado trabajar con gente que no soporto, pero no es el caso.
Vamos, no me van a decir que esperaban ver a Luque todo quietito, controlado, con los ojos en un estallido pero conteniéndose, evitando sacar el arma para quemar a medio país. Luis Luque, yo no sé bien por qué, da más enérgico, un grandote aluvional. Gritos, ira, desenfreno, estridencia, carajeo, un par de trompadas. La vastedad de ese cuerpo y su ampulosidad caracterizada. Sin embargo, en Tiempo de valientes, es un tipo más bien callado, comprensivo a la fuerza, leal aunque no legal. Venía de hacer un loco abizarrado junto a Diego Capusotto en Soy tu aventura [Néstor Montalbano, 2004]. Esta vez, Luque invirtió la memoria de su tono. Y pareciera estar atravesando algo muy parecido al mejor momento de su carrera. Peretti, por su lado, hace varios años que viene teniendo su año. Locas de amor en 2004. Los simuladores en 2003.
–¿Te preocupa ser un actor de moda?
Peretti: –Si estar de moda me sirve para hacer lo que más me gusta, para que me lleguen buenos papeles, para crecer artísticamente, genial.
–¿Para qué otra cosa podría servirte?
Peretti: –Para ir a comer a lo de Mirtha Legrand. Todo bien, voy, me encanta, pero lo principal es que el éxito me sirva para conseguir los papeles que me gustan. No recibo ochenta buenos guiones al año, ¿eh?
–¿No? ¿Cuántos?
Peretti: –Uno, dos.
–¿Qué es lo mejor de Diego?
Luque: –Que es un pedazo de actor, y te hace crecer como actor a vos.
–¿Qué es lo mejor de Luis?
Peretti: –Esto lo voy a decir muy en serio. Dale a Luis buenos papeles y buenos directores, y en unos años tenés a [Gérard] Depardieu.
El cine nacional suele quedarse con el 10 o el 15 por ciento de los espectadores, ésa es su media. En la última semana de septiembre, cuatro películas argentinas (El aura, Tiempo de valientes, Iluminados por el fuego y Elsa y Fred) se llevaron el 48 por ciento de las entradas vendidas. Okay, parece una de esas noticias tipo “vieron que si queremos, podemos” y todos a pintarnos la cara color esperanza. Conviene tener en cuenta que también hubo una veintena de películas que así, criollitas y todo, pasaron por las salas con más pena que gloria. De todos modos, el dato es nuevo: ahora el cine argentino puede competir siendo o queriendo ser, además, buen cine.
–¿No creen?
Peretti: –Mmmmsé. Igualmente, en la Argentina, la única verdadera industria del espectáculo sigue siendo la industria de la televisión. En cine y en teatro podemos decir que hay una industria también, pero no está sostenida por el apoyo sistemático de las empresas o las corporaciones, con perdón de la palabra, sino por arrestos individuales, por talentos aún un poco solitarios.
Luque: –Hay un problema de sectores, de tribus, que divide más de lo que potencia. Los mismos que dijeron que Soy tu aventura era una porquería ahora dicen que es de culto. ¡Tengo las notas en casa! Paren un poco, viejo, si algo no te gusta, perfecto; pero no nos boludeen y, de última, si cuatro boludos se van a un pueblo del interior a romperse el culo para sacar adelante una película, dennos una mano.
Peretti: –Tal vez lo que hizo este año la industria del cine fue empezar a darse cuenta de que puede ser toda una industria.
–¿Qué le falta al cine argentino?
Peretti: –Historias. Tenemos un alto nivel de realización, de dirección, de fotografía, pero hay pocos guionistas. Ya hubo épocas donde parecía que el cine argentino se venía con todo y después, tac, se quedó. Sin historias es muy difícil.
El pecado de salir a pedir “la dos” se absuelve si de verdad Szifrón encuentra un libro tan sólido y acabado como el de lo que vamos a empezar a llamar “la uno” cuando finalmente haya secuela. “No lo va a hacer. No lo hizo con Los simuladores y tampoco lo hará con Tiempo de valientes como no tenga otro guión impecable”, dice Luque. En el mejor de los casos será tema de anuario 2007. Por ahora, nos quedamos con el oficial Díaz y su compañero, el licenciado Silverstein, que nos dio este 2005, el año que volvimos a vivir en peligro.
- 1
2Mirtha Legrand, a solas: qué la emociona del público, cómo ve al país y su secreto para estar activa con casi 99 años
3Las polémicas declaraciones de Ben Affleck y Matt Damon sobre “el método Netflix” que perjudican al futuro de la plataforma
4La despedida de Susana Giménez a Marikena Monti: “Nadie la podría haber cantado como vos”


