Magia oriental en las imágenes del teatro chino
Nuesta opinión: Muy bueno.
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Compañía Nacional Opera de Pekín, integrada por actores, actrices y músicos, dirigidos por Ye Hourong. Vestuario: Zhou Shiping. Coreógrafo: Liao Chengji. Escenógrafo: Li Wenzao. En el Teatro Cervantes. Duración 110 minutos.En el siglo XVIII, en China, diversos conjuntos locales de todas las manifestaciones artísticas fueron convocados para un festejo imperial. De todos ellos, cuatro formaron la Opera de Pekín. De esta manera se convirtió en un arte múltiple, donde se combinan la música, la literatura, la danza, las bellas artes, las artes marciales, el canto, la oratoria, la mímica.
Apoyándose en la espectacularidad de las puestas en escena, en la música _de fuerte presencia dramática_ más que en el texto y en la destreza de los actores-cantantes, la Opera de Pekín fue un teatro esencialmente popular, aunque ganó muy pronto el favor de la corte imperial.
El formato original, una antología de pequeñas historias simples, aún sigue definiendo a esta institución, precedida de una lejana fama, inmensa, cerrada, transformada en una invitación a un viaje por medio del color, el sonido, la delicadeza y la precisión, y una aventura hacia una teatro ajeno, por lo alejado de las tradiciones occidentales.
El teatro chino no es tanto una expresión, sino una técnica, una cierta manera de dar forma a un modelo abstracto. El actor chino indica y deja ver; no se abandona a las pasiones. No simula, sitúa a los personajes en un espacio, despojado de ornamentos ilustrativos. Anuncia con un gesto, un guiño, un pestañeo, quién es y lo que lo mueve. Está pintado con los colores de su estado de ánimo.
El vestuario, los magníficos tocados, el preciosismo de las máscaras, la música, la mímica, la acrobacia, un estremecimiento furtivo, son códigos que hay que descifrar, tarea a cargo del público.
Por medio de la maravillosa estética que Zhang Yimou diseñó para "Adiós mi concubina", el público porteño tuvo oportunidad de acceder a los entretelones de la vida del actor chino. Rigor, disciplina, entrenamiento, casi sinónimos de sufrimiento.
Con rigor y disciplina
No es mera ficción cuando se observan los resultados sobre el escenario, donde la precisión de los movimientos, muchos de ellos de complicada coreografía, sobre todo en las escenas donde se emplean banderas o espadas; el entrenamiento corporal, la delicadeza de los gestos en la composición de objetos imaginarios, la destreza en el manejo alegórico de los objetos. Hay rigor y disciplina, pero en esta demostración también hay disfrute.
La apertura del gran telón del Teatro Cervantes muestra, desplegada sobre el escenario, una extensa alfombra celeste. Como marco, un telón de fondo transparente de color amarillo. El único ornamento que aparece es un gran disco de base amarilla, donde se dibuja un dragón. Esto es todo lo que hay.
El color es uno de los puntos visualmente atractivo, pero que juega un papel dramático: el rojo es la sangre y el fuego, el celeste el agua, y el cromatismo adquiere mayor significación en los maquillajes. Los traidores tienen los rostros recubiertos de polvo blanco para disimular la verdadera naturaleza, los clowns llevan una mancha blanca en medio del rostro, los personajes violentos usan maquillajes de vivos colores al óleo.
Contar historias
El programa comprende breves historias, casi ingenuas, donde se mezcla lo divino, lo terrenal, lo aristocrático y lo popular, explicadas en el programa de mano.
Abrió el espectáculo "Disturbios en el Palacio Celestial", protagonizada por el Rey Momo, uno de los héroes más populares de China. Le siguió "Adiós a mi concubina", donde prevalece el canto y la alegoría. El siguiente, "En la encrucijada", es un despliegue de habilidad corporal en el manejo del espacio, dando lugar al humor con la presencia del chou o clown, antecedente de los personajes de la picaresca y de la Comedia del Arte.
"El río otoñal" es otra oportunidad para sobresalir con el recurso mímico, al elaborar el movimiento que provoca una barca imaginaria.
Finalmente, "Lucha en la Ciudad Sizhou", el más celebrado por el público, donde se conjugan todas las artes y los actores, especialmente la protagonista femenina, dan una demostración de destreza corporal y precisión en el manejo impecable de los objetos.
Lo que se juzga en esta propuesta es el alto grado de virtuosismo. Puede resultar extraño para los públicos occidentales, a menos que se permitan el placer inocente de disfrutar una perfección y un nivel estético, que puede no llegar a entenderse, y maravillarse ante gestos, símbolos y códigos, cuyo sentido se ignora. En todo caso, se trata de abrirse y dejarse llevar por la belleza.
La elocuencia del movimiento
La mixtura de disciplinas es la clave de la Opera de Pekín y sus intérpretes poseen una ductilidad corporal singular, evidentemente en seguimiento de técnicas ancestrales de esta tradicional compañía.
Lo visual penetra de inmediato en la emoción. Las obras, más que llegar a una profundidad argumental desarrollan por intermedio de los movimientos, la voz, los gestos y la pantomima guiones que no por simples dejan de ser interesantes.
El meollo está, más que en lo que cuenta el texto, en cómo se traduce. Y en esto pesa mucho la habilidad física que va de la danza, la acrobacia y algo clownesco a las artes marciales. En las mujeres se rescata el espíritu de femineidad en la suavidad de los movimientos. Para conseguir la elasticidad que les exige el repertorio, los chinos han desarrollado al máximo lo que en danza clásica se llama plie.
Trabajan casi de continuo con las rodillas flexionadas, en una posición aparentemente incómoda, pero que es la que da idea de la admirable flexibilidad y aceitada dinámica que han conseguido en su musculatura.
Hablando de las mujeres, en las obras "Adiós a mi concubina", un drama; en " El río otoñal", tema folklórico-popular, y en "Lucha en la Ciudad Sizhou", una epopeya mitológica, el estilo trasunta delicadeza en el braceo y en las manos: cada dedo tiene elocuencia, como manejados independientemente uno del otro, en posturas que intentan confirmar el carácter dulce y gentil.
El trabajo de las muñecas es clave; es lo que da soltura al lenguaje de las manos que hablan por sí mismas. También, es lo que ayuda en los difíciles juegos malabares con bastones, espadas y otros artículos.
La cabeza acompaña la trama con inclinaciones y balanceos que dan el acento justo. En ellas, los ojos muy abiertos, la emotividad está en las miradas y en la arrobada actitud que exalta la esencia del espíritu femenino oriental, suave, sumiso, hasta sensual en su candorosa personalidad.
Ellos tienen el virtuosismo de los acróbatas, contorsionistas que no utilizan su gran flexibilidad como algo fenomenal, sino para dar vivacidad y expresión a sus papeles. Sobre todo, cuando se trata de personajes chou (bufones) y en las luchas, donde hacen gala de su conocimiento de las artes marciales. También, en los papeles de lieros y vivarachos, como son el rey Mono y sus huestes en "Disturbios en el Palacio Celestial".
El conjunto masculino despliega destrezas únicas, con volteretas en el aire, vueltas carnero y más en "Lucha en la Ciudad Sizhou".
Preciosista, el estilo podría pecar de circense o de acrobacia gimnástica si no estuviera sustanciado de refinamiento artístico, ya que tales habilidades corporales son sólo algunos de los elementos que apoyan la dramaturgia.





