28 de noviembre. Parque Simón Bolívar, Bogotá, Colombia.
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Este fue mi primer concierto de mago de Oz. Por las pasiones que despierta este grupo entre el público local imaginaba que su espectáculo en vivo debía ser algo sensacional. Pero eso no se cumplió. Los encargados de abrir, Kraken y Rata Blanca, salieron e hicieron bien su trabajo [a pesar de lo lamentable que fue ver el poquísimo tiempo –autorizado con mucho retardo, cuando el público ya había llegado– de prueba de sonido que tuvo Kraken a la cual sólo le permitieron tocar cuatro canciones]. Tal vez el mayor atractivo de Mago de Oz sea la inclusión de una flauta y un violín, tan escasos en el rock, pero no hay mucho más. A lo mejor el trabajo en las letras de la banda aporte algo de relieve a un paisaje musical tan plano como el que se vio en Bogotá. Los intentos de variedad musical caían rápidamente en la repetición, como sucedió en "La danza del fuego", cuyo inicio lúgubre anunciaba un cambio de estilo con el resto del concierto. Pero sólo se quedó en el inicio pues la canción tomó el camino rápido y simplón de los demás temas.
Fue una presentación sin mayores sorpresas y con estribillos musicales extensos y repetitivos, en la que además hubo espacio para delirios de grandeza y escasez de autocrítica, como sucedió con José, el cantante, cuando presentó al tecladista Sergio Cisneros como "el Beethoven del siglo XXI". Tras esto, la anunciada reencarnación del genio alemán aporreó una versión fanfarrona de la Tocata y fuga en re menor bwv 565 de Bach. He escuchado a estudiantes de segundo semestre de música tocar la misma obra, con más gracia, menos ego y completamente gratis.








