Con ritmo y sin descanso, la obra se sostiene en que nada es lo que parece
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Autoría: Agustina Gatto. Versión y dirección: Daniel Veronese. Intérpretes: Pablo Echarri, Paola Krum, Carlos Portaluppi e Inés Palombo. Dirección de arte: Nico Rejlis. Escenografía: Rodrigo Gonzalez Garrillo. Vestuario: Lara Sol Gaudini. Iluminación: Matías Sendón. Sala: Metropolitan (Corrientes 1343). Funciones: jueves a sábados, a las 21.30; domingos, a las 21.15. Duración: 80 minutos. Nuestra opinión: buena.
Mucho reencuentro en Maldita felicidad. El principal y más mencionado −como dice la nota de Alejandro Cruz−, el de Paola Krum y Pablo Echarri en el teatro después de trabajar juntos en las tiras Montecristo (2006) y El elegido (2011) y antes, en el escenario, en Puck, sueño de verano, dirigidos por Claudio Gallardou. El otro reencuentro es, en realidad, casi una continuidad porque Echarri y Carlos Portaluppi vienen de actuar en el mismo teatro en Druk, con dirección de Javier Daulte. Otro es el de Portaluppi con Inés Palombo, después de hacer Jardines salvajes en el Multiteatro en 2025. Y de los cuatro intérpretes, el único que trabajó antes con el director Daniel Veronese es Portaluppi (El desarrollo de la civilización venidera, La gaviota e Invencible).
Aparte del juego de las coincidencias y el mayor o menor grado de conocimiento entre ellos, estos cuatro intérpretes tienen experiencia para sostener con fluidez la comedia escrita por Agustina Gatto −dramaturga, guionista, directora y docente (La pendencia. Jardín sonoro vol.2, Rodeo)− y dirigida por Veronese, de trayectoria indiscutible.

El giro
En un living, con su sillón central, la biblioteca y la mesa con bebidas (se bebe mucho alcohol en la obra), un matrimonio (Krum y Portaluppi) dueño de una pequeña editorial espera la llegada del autor (Echarri) que cambiará su suerte. Porque Peter, el escritor, se ha convertido en bestseller, razón suficiente para que Guido y Celeste, los editores, se sientan felices ante el éxito económico que se vislumbra. Pero Peter es un tipo raro, difícil de manejar y, en lugar de festejar, se deprime desarmado ante la buena noticia, estado de ánimo que cambiará en pocos minutos cuando les comente que ya ha decidido cuál será su segunda novela.
Maldita felicidad es el título, pero para escribirla, dice Peter, necesita variedad de testimonios y, en especial, de aquellos que son felices sin ninguna razón, sin ningún logro alcanzado, sino que, simplemente, lo son. Para esto, invita a una amiga o algo así, Ari (Palombo), quien de inmediato y por dinero, se presenta a responder a la entrevista sobre la felicidad. Preguntas a las que todos, no solo Ari, harán su aporte aguijoneados por la seductora manipulación de Peter.
A partir de ese giro, sumado a la amenaza de una poderosa editorial de la competencia, la situación dispara hacia la puesta a punto de verdades atragantadas. Como en obras de nuestro realismo social en las que algún incidente inesperado o la llegada de otro provoca que se destape la olla a presión, en Maldita felicidad, sin abandonar el tono de comedia, hay descargas y revelaciones que podríamos resumir en que nada es lo que parece.
Con mucho ritmo y sin descanso, la obra divierte sin sorpresas con el agregado de que a la salida, en la pizzería, podemos seguir la discusión acerca de eso que tanto nos convoca y que llamamos felicidad. Quien escribe, por ejemplo, se fue pensando si no hubiera sido más feliz que Portaluppi interpretaba al escritor y Echarri al marido editor para hacerle un guiño al estereotipo y confiar en la interpretación de estos actores pero, quien sabe, a lo mejor eso no hacía felices a otros: así de complicado puede ser ese escurridizo objetivo.
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