Mujeriego perdido, corredor suicida, pendenciero, ácido como un beso de ajo, divertido y frontal. En las instrucciones para construir un perfil de Marcos Di Palma se advertía que la suya no es la historia habitual del deportista perfecto que enternecería a Santo Biassatti.
1 minuto de lectura'
Con un famoso linaje de pilotos de carrera a sus espaldas, el mundo de Marcos Di Palma es el del Turismo Carretera, siempre lo fue. Olvídense de la glamorosa precisión de la Fórmula 1, olvídense de las máquinas controladas por satélite y los figurines del jet-set festejando desde boxes vip con un Campari en la mano. El tc es otra historia: argentino y peronista, kitsch y popular. Un circuito que nació a mediados del siglo xx como autoafirmación de un país entusiasmado consigo mismo y con ansia de demostrar que, además de alimentar a medio planeta, también podía darse el lujo de engordar a los mejores pilotos de carreras.
Con el derrumbe del sueño argentino, el tc se corrió a los suburbios del deporte y, con los años, se convirtió en seña de identidad de una Argentina Profunda que adora a los corredores como si fueran virgencitas. Su territorio esencial está en el rombo marcado por las ciudades de Pehuajó, Junín, Chacabuco, Azul, 9 de julio, Arrecifes, Bolívar y Salto, corazón nostálgico del Granero del Mundo que aún cree ver en las carreras el símbolo de una prosperidad que ya no existe.
En cualquiera de estos pueblos agropecuarios, un fin de semana de carreras puede convocar a 10 mil personas en un pendemonium de carpas, parrilladas, vino en damajuana y música tropical. El cuadro se completa con el backstage de los boxes que todo ciudadano con pasaporte argentino ha conocido, quizás sin registrarlo de manera consciente, en la pantalla de programas como Carburando, clásico del automovilismo televisivo: promotoras pasadas de lycra con disfraces de mujer-araña, mecánicos engrasados hasta el cuello y pilotos con aire de aristócratas del peligro que sólo pierden la compostura para ir a jugarla de gallito a la caseta de un adversario que los cruzó mal en una curva cualquiera.
–Este es mi mundo. Yo crecí arriba de autos, a 200 kilómetros por hora. Lo que pasa es que como viví siempre en el campo pude andar rápido desde chico y sin problemas.
El más joven de los cuatro hermanos Di Palma, hijos de una de las más grandes leyendas de la historia del Turismo Carretera, Marcos se mueve con la velocidad y la precisión de una yarará. Se ríe para adentro, los ojos brillosos, el pelo casi plateado, camisa leñadora, jeans ajustados y un par de botas tejanas. Me recuerda a un tipo que vi hace poco por tv, una especie de domador de caballos y toros que competía en una Disneylandia plagada de cowboys y cuyas acrobacias en los Estados Unidos hacen delirar a tipos como el presidente George Bush.
–Oí que sos un demonio en la ruta.
–No, para nada. Un tipo que creció en la Capital es más peligroso en la ruta a 140, que yo a 200.
–¿Seguís saltándote los peajes?
–Eso era antes, cuando me había peleado con mi viejo y no tenía un mango. Me pegaba a la cola del auto que estaba por pasar y aceleraba a fondo antes de que cayera la barrera. Ahora lo hago de vez en cuando, pero por vicio.
–¿Por qué creés que los hinchas te veneran por encima de pilotos que tiene muchísismos más títulos que vos?
–Yo estuve mucho en la tribuna, yo pasé hambre al igual que la gente que está ahí y me daba mucha bronca cuando veía que los pilotos le cortaban el rostro a los hinchas. ¿Cuál es? ¿Por tener traje antiflama sos una cosa muy importante? No, si me tengo que quedar cinco horas después de una carrera para firmar autógrafos o sacarme fotos, me quedo.
–¿Con eso basta?
–No, aparte tengo un buen auto y dejo todo en la pista. Corro para divertirme y, de paso, hago todo lo que puedo para que la gente que viene a verme se olvide un rato de los problemas.
–Hace un poco más de dos años diste un vuelco con el auto que te hizo pegar seis vueltas en el aire...
–Sí, me centrifugé un poco. El vuelco es hermoso, lo más lindo del automovilismo. La sensación es increíble. Me perdí el final de la carrera pero no me puse mal para nada, al contrario, me dio gusto por la gente de las tribunas. Por lo menos no les hice pagar la entrada al pedo.
apenas llego a la ciudad de 9 de Julio, un sábado al mediodía, me pierdo en los alrededores del circuito. Falta un día entero para la carrera de la séptima fecha del calendario de Turismo Carretera, pero la zona ya está tomada. Por todas partes hay campamentos de feligreses que compiten por ocupar el mejor lugar cerca de las curvas claves. Hay Torinos, Falcons, cupés Fuego, todos un verdadero muestrario de lo que un fanático con imaginación es capaz de hacer con un auto para que parezca una máquina capaz de quebrar la barrera del sonido. Las puertas abiertas de los coches dejan escuchar música de bailanta y el vozarrón de Horacio Guarany; hay familias enteras, una millar de heladeritas de telgopor y en todas partes huele a carne y a brasas. En la recorrida encuentro a un viejo conocido: José Pommarés, veterano periodista de gremiales del diario Crónica y militante de los equipos Chevrolet, que constituyen, junto a Ford, el Boca-River del tc. Cuando me acerco, el viejo Pommarés está inclinado sobre un lechón tamaño Asterix que, despanzurrado, cruje en la parrilla. Le pregunto por Marcos Di Palma: "Marquitos llegó en una época sin ídolos", me dice. "En otros tiempos estaban Emiliozzi, Mouras, Traverso y el viejo Di Palma, el más grande de todos. Ahora hay buenos corredores, pero ninguno con fuego sagrado. Así, Marquitos, sin ser un gran piloto, resalta por encima todos, por carisma, por huevos para arriesgar... el pibe es el que da el espectáculo."
Cuando la carrera se ponga en marcha y el circuito sea un infierno, alcohol y golpes de adrenalina mediante, buena parte de los aquí presentes estará del otro lado de la raya. Pommarés ha entrenado a su perro para que ladre cuando pasan los Chevrolet. "Este sabe más de automovilismo que muchos de los plumines que escriben en los diarios", dice burlón, señalando al perro que ignora el halago con los ojos clavados en la parrilla.
un dia le preguntaron al padre de Marcos si no tenía pánico de que su hijo se matara con el auto. "En una carrera no. Pero en la calle sí. Cuando se pegue, espero que sea suave. Anda fuera de los límites normales. Pero hay un riesgo peor: que aparezca un marido celoso, eso es lo más peligroso de todo." Rubén Di Palma también pronosticó que cuando el menor de sus hijos se calmara pasaría a ser el mejor piloto del país.
En septiembre del 2000, Di Palma murió en un accidente de helicóptero y apenas pudo confirmar que su profecía había comenzado a cumplirse. Por todas partes escuché que, desde la tragedia, Marcos ha ido afirmándose como un piloto serio. Los más románticos aseguran que es en su homenaje.
–¿Te cambió la cabeza la muerte de tu padre?
–No. El viejo se mató en su ley, haciendo lo que quería, como debe ser. Estuve mal, claro, pero es el envase que contenía a mi viejo el que se fue. Es la regla: cuando Dios te necesita te manda llamar, nos va a ir tocando a todos, uno por uno. Se van yendo los abuelos, los viejos... Lo malo hubiera sido que el viejo hubiese estado vivo el día que yo me mate. El pensaba que yo iba a morirme antes, pero se me adelantó.
–Parece que no tuvieras miedo a morir.
Marcos sonríe y un una línea de sorna relampagea en sus ojos. No conoce el miedo, del mismo modo que lo ignoran los kamikazes y los cuidadores de tumbas.
–Siempre pensé que hay una vida mejor que ésta y por eso no tengo miedo a la muerte. No es que quiera morirme mañana, pero tampoco me interesa llegar a viejo. La muerte no condiciona mi vida.
–¿Ni la manera de correr?
–Nunca sentí miedo durante una carrera, montado en un ultraliviano, en una moto ni en una lancha. Eso lo tengo bajo control. El problema es que te maten por la calle, en un robo, ahí si que no puedo hacer nada. Además, cuando salgo a correr simpre pienso: "Si me muero ahora voy a ser el tipo más feliz del mundo".
marcos di palma es pura adrenalina. No fuma, no bebe alcohol, no ve televisión y apenas si lee los diarios. Su biografía oficial dice que tiene dos vicios: el jugo de naranja exprimido y las mujeres. El primero nunca lo llevará a la tumba, pero el segundo es una obsesión que no respeta pelo ni marcas y que lo ha colocado varias veces a tiro de escopeta. En el mundillo del tc es ley que a Di Palma conviene tenerlo lejos de esposas, novias, hijas, hermanas, primas, tías y abuelas. Fue célebre un affaire que mantuvo con la mujer de otro piloto. La visitaba seguido mientras el otro tipo se entrenaba y la fémina, una ex promotora, acabó colgando todo para irse con él. Di Palma, que relativiza cualquier tragedia con un socarrón "peor es casarse", la dejó sin el pan y sin la torta. El marido desairado le anunció al piloto una muerte inminente. El meteoro bizarro le respondió, según él mismo cuenta: "Flaco, vos a la que tenés que matar es a tu mujer, porque si me matás a mí vas a tener que cargarte a cuarenta más".
–¿Exageran los que dicen que sos temible con las mujeres?
–No, no exageran. Con las mujeres soy de terror, pero qué le voy a hacer... si son lo más lindo que hay. Yo debuté en un cabaret al que me llevaron los mecánicos de mi viejo, en Salto, a los 12 años. Además, en los boxes tenemos chicas más rápidas que los autos de carrera. Quien lo necesita, por 20 ó 30 pesos se lleva un buen service. La cantidad de gente que habrá debutado durante una carrera...
un martes me adviertieron que esa noche se presentaría a la prensa el nuevo auto de carrera de Di Palma, auspiciado por una marca de cigarros. "Será a la manera de las presentaciones norteamericanas", precisaron. No estaba seguro de ir, temeroso de que se tratase de otro cóctel destinado a los patrocinadores y los amantes de la figuración social. Cuando promediaba el día sonó el teléfono: "¿Vas a escribir sobre Marquitos y te vas a perder el estreno del nuevo fierro?", escuché del otro lado la voz del viejo Pommarés, entre sorprendido y defraudado. "No seas boludo, es un evento internacional." Insistó hasta que concedí encontrarnos en el lugar.
La presentación era en un galpón de Costa Salguero que supo albergar escandalosos eventos internacionales fabulados durante la década menemista. En la entrada estilo próspero-tropical-gusano (vulgo Miami) me recibió un pelotón de promotoras amenazándome con paquetes de cigarrillos y encendedores. Había algo perverso en sus sonrisas Kolynos. En conjunto, pensé, todo parecía una pesadilla erótica para presidentes de una liga antitabaco. Puertas adentro habían montado una circuito de carreras símil República de los Niños, con dos tarimas acordonadas en el centro en las que se apiñaba una multitud. De las paredes colgaban varios maniquíes con aspecto de fanáticos desencajados de una secta deportiva y afiches rotos de una campaña publicitaria de ese Mundial de Fútbol que terminó hace siglos. Busqué a Pommarés entre la multitud, pero sólo vi una nube de camarógrafos, periodistas, mujeres sobremaquilladas que miraban para confirmar que eran miradas, expertos en marketing vestidos por Armani, militantes del tc en campera de cuero y militantes del tc en trajes que pretendían ser Armani. En medio de ese ejército de cotillón era particularmente llamativo un gordo con forma de árbol de Navidad que agitaba los brazos gritándole a su teléfono celular. No pude escuchar lo que decía. El disc-jockey se había empeñado en imponer su ruidoso sello personal con "Cinco canciones para una celebración tuerca", a saber: "Rutas argentinas" (Almedra), "Sube a mi voituré" (Riff), "Vamos a la ruta" (Los Guarros), "Amanece en la ruta" (Suéter) y "Mi máquina mecánica" (jaf).
"Bien venidos al estreno del nuevo auto de Marcos Di Palma", irrumpió una voz estentórea y gastada, evidentemente entrenada en los relatos de carreras de la década de 1950. "¡Calentando motores, su aparición es inminente!", retumbó la voz desaforada. Desde el interior de unos boxes onda Playmobil asomó la trompa del auto, envuelto en un humo tóxico de discoteca que se esparció por todo el galpón. El maestro de ceremonia rugió como lo hacen los motores en la largada, pero el estrépito se apagó de pronto: la voz, ahora con el sonido de un falso animador de fiestas infantiles, anunció que se había producido un pequeño desperfecto.
La rutina se repitió media docena de veces y Di Palma hizo por fin su aparición apoteósica. El auto se disparó endiablado, quemando caucho y combustible alrededor de las tarimas. Menos el ejército Armani, todos estallaron en aplausos, especialmente las mujercitas histéricas que gritaban algo que sonaba como ¡¡Maaaaaarcooos!! El coche comenzó a hacer trompos en la pista y todo fue humo espeso y el olor de las llantas ardiendo. En una de esas cabriolas infernales, la máquina resbaló y provocó pánico, aunque nada alcanzó a atenuar el ulular de la multitud ni el frenesí del árbol navideño, que ahora parecía un corredor de Bolsa en medio de un crack finaciero.
Todo comenzaba a calmarse cuando entraron en la pista una moto y un motorhome con la cara de Di Palma y la marca de la empresa de cigrarrillos. Marcos salió de su auto con la misma elegancia y la misma teatralidad con que hace muchos años Pipo Mancera abandonó un cofre en las aguas del Río de la Plata, en los célebres Sábados circulares.
Di Palma recibió, exultante, el rugido de la multitud.
Una avalancha humana sepultó el auto y las promotoras; mientras, Marcos comenzó a sortear los restos de esa euforia para responder las preguntas del periodismo. En la primera respuesta, Marquitos, El Loco, se quebró con el recuerdo de su padre-mito y se largó a llorar.
Lo demás sería rutina, ni siquiera había llegado el viejo Pommarés. A la salida, estampados contra los cristales, esperaban una decena de fanáticos de Chevrolet, soportando un frío de muerte.
–Y, flaco, ¿como está adentro? –quiso saber uno de ellos–. ¿Ya se apretó alguna minita Marcos?
–Y... mujeres ahí no le van a faltar –dije para no desalentarlo.
–¡Qué grande, Marquitos! –sentenció.
Los otros lo miraron con los ojos encendidos, unidos en un grito que estremeció la noche: "¡Chevrolet!, ¡Chevrolet!, ¡Chevrolet!".






