A Mark Knopfler lo irrita Britney Spears. Pero no ella en sí, ni su música, sino su manera de bailar.
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A Mark Knopfler lo irrita Britney Spears. Pero no ella en sí, ni su música, sino su manera de bailar. "Tiene que haber alguien en la danza moderna al que se le ocurra algo más original", se queja Knopfler. "Muchos de los pasos se parecen a los de Michael Jackson, pero mal hechos. Y no puedo dejar de pensar que sus bailarinas deberían estar en el colegio." Igual, Knopfler no es una autoridad en la materia: en el video de "Money for Nothing", de Dire Straits, prácticamente ni se mueve. De todos modos, es posible que, a los 51 años, este guitarrista escocés por fin aprenda cómo seguir el ritmo gracias a su nuevo disco solista: Sailing to Philadelphia [véase RS 32]. "Sí, es cierto", dice. "Para la próxima gira vamos a poner un coreógrafo."
Sailing... es un trabajo apacible y conmovedor en el que participan como invitados James Taylor, Chris Difford y Glenn Tilbrook (ambos de Squeeze) y Van Morrison. "Me emociona escuchar a Van cantando un tema mío, por lo que significó para mí su música durante todos estos años", asegura Knopfler. "Espero que podamos hacer más canciones juntos." Como parte de una gira promocional que incluyó el Brasil y los Estados Unidos, Knopfler pasó por la Argentina entre el 21 y el 24 de noviembre para presentarse en algunas radios y canales de tevé.
¿Sailing to Philadelphia es un álbum temático acerca de los Estados Unidos?
Después de grabarlo, me di cuenta de que contenía ciertas cosas que tenían que ver con el viaje. Y no sólo con el viaje de la gente, sino también con el de la música. La música que cruza hacia los Estados Unidos, se reconstituye y regresa a nosotros, a Europa. Cuando era chico, escuché el tema "Wooden Heart" cantado por Elvis, sin conocer la canción tradicional alemana en la que se había inspirado. Es probable que en las películas y los dibujos animados de Hollywood nos mostraran cuentos de hadas europeos. Wim Wenders dijo que los Estados Unidos nos colonizaron la conciencia. Así fue. Pero antes nosotros habíamos colonizado ese país, así que lo que hubo fue una recolonización. Es interesante cómo la música rebota de un lado a otro.
De joven, usted hizo la clásica recorrida por las rutas norteamericanas, sólo que viajó en ómnibus y no en un Chevy desvencijado.
Lo único que tenía era un morral. Un par de zuecos. Y pelo largo.
¿Está hablando de los años 70?
1976. Estuve, por ejemplo, en Nueva Orleáns. Y en Atlanta: quería pisar el territorio de Blind Willie McTell. Menfis me desilusionó. Muchos de esos pueblos me parecían idénticos por fuera. Recién cuando uno conoce a la gente es cuando realmente entiende el lugar. Al conocer a Chet [Atkins], Nashville se me reveló de repente. La cosa es la gente, no los lugares.
¿Por qué se nutre de tantas influencias?
Mi papá me compró mi primera guitarra Hofner por 50 libras. Y para él fue un esfuerzo tan grande que no me daba la cara para pedirle un amplificador, así que me puse a hacer música acústica. Después me volqué al blues. Y al rock & roll. Recibí una cantidad impresionante de influencias distintas; por ejemplo, las danzas campestres escocesas. Incluso me acuerdo de que mi mamá cantaba las canciones de los programas de tevé… Uno no cree que esas cosas calen hondo, y sin embargo, sí: uno va gateando por el piso, parando la oreja.
¿Es obsesivo con la música?
Uno tiene que ser ligeramente obsesivo con su trabajo para que le salga bien. Por ejemplo, yo antes olía los catálogos de Fender. Si hago mucha memoria, todavía me acuerdo de la textura del papel.
En el disco no hay remilgos técnicos. No está superproducido.
Nunca disfruto del aspecto técnico de nada. Ni siquiera tengo cordones en los zapatos. Disfruto de andar en moto, pero tengo apenas una idea muy vaga de cómo funciona. Con la música es igual. Uno aprende algunas cosas mientras graba; yo sé un poquito de los micrófonos con los que me gusta grabar una guitarra acústica. Pero hasta ahí llego.
Desde Golden Heart (1996), su anterior disco como solista, hizo música para dos películas. ¿Qué atractivo tiene trabajar con bandas de sonido?
Componer implica una vida solitaria, y yo no tengo la autodisciplina necesaria para eso. Si me llamás y me decís: "El día está precioso, man. Salgamos a andar en bici", yo te contesto: "Bueno". No te digo: "No puedo salir porque tengo que componer un tema". Jamás le dije a nadie una cosa así. En una banda de sonido, me gusta el hecho de estar formando parte de un equipo. Pero si me dedico mucho tiempo a una película, me desespero por volver a hacer canciones. Las canciones empiezan a gritarme: "¡Ey! ¡Ey! ¿Te acordás de nosotras?".
Nunca hizo concesiones a las modas del pop. Con Dire Straits, lo suyo era casi una antiimagen.
Lo que cuenta son las canciones, no la ropa que uno vista. Muchas veces directamente salía a escena con la ropa que tenía puesta. Pero me di cuenta de que los pulóveres no sirven, porque calientan a más no poder. De ahí salió la vincha: fue por la vieja iluminación de metal. La transpiración me jodía como el carajo y me chorreaba por todos lados. No veía los acordes que tocaba, porque las lágrimas me nublaban la vista. Abandoné la vincha cuando aparecieron los nuevos sistemas de iluminación. La escena de Dire Straits era verdaderamente espectacular. Formabas parte de un circo itinerante. Las parrillas de luces parecían sacadas de Viaje a las estrellas. Cuando llegamos al extremo de llevar nuestro escenario a cuestas, decidí que era demasiado para mí. La distancia entre vos y la cancioncita que estás interpretando se hace cada vez más grande. Pero uno siempre tiene que volver a eso.
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