
Marlene:tu nombre es tentación
Fue un devastador ángel rubio nacido para arrebatarle el novio a las ingenuas
1 minuto de lectura'

En la mirada soñolienta y a la vez burlona, hay una chispa de morboso erotismo, la sombra de un convite pecaminoso y tentador. El gesto es provocativo, un poco amenazante, profundamente irresistible. La mujer -la rubia melena encrespada asomando por debajo del sombrero de copa- es toda insinuación: juega con la silla, se sienta a horcajadas, después lleva las manos un poco por debajo de la rodilla derecha para acompañar el ligero cruce de las largas piernas, tanto como para dejar ver el portaligas negro que sujeta las medias de seda oscura y hasta un caracoleo de puntillas por debajo de la falda. Ahora levanta los párpados para que en los ojos claros se lean sus ambiguas intenciones y suelta la voz para proclamar cantando que está "llena de amor, de la cabeza a los pies". Está a un paso de la procacidad.
Apenas Marlene Dietrich ha ingresado en la pantalla y ya se sabe que ese ángel rubio nocturno y atrevido que actúa en un lóbrego cabaret de Berlín ha venido a estimular los sueños de cuanto hombre se aventure al desafío; también, claro, a generar inevitablemente su desdicha. La mujer fatal, ese arquetipo perturbador que los productores habían puesto en el cine para arrebatarles el novio a las ingenuas y para embriagar con su sensualidad a los varones hasta convertirlos en pobres fantoches sin carácter, acababa dealcanzar su personificación más refinada y completa, moldeada en el artificio del genial Josef von Sternberg.
En "El ángel azul" no sólo se corporizaba Lola-Lola, la cantante de cabaret que precipitaría en la ruina y la vergüenza al viejo profesor imaginado por Heinrich Mann: también empezaba a modelarse el mito Marlene, el que la acompañó siempre, en el cine o en la escena y aun en los años de la reclusión. El que la trasciende ahora, cuando ya ha pasado casi una década de su muerte y se aproxima la fecha del centenario de su nacimiento.
* * *
Aseguraba Orson Welles que la actriz nacida como Maria Magdalena von Losch (en Berlín, el 27 de diciembre de 1901), estaba dotada por un maravilloso sentido del humor. Sin embargo, en la imagen con la que se han quedado sus admiradores -los que sucumbieron a su hechizo desde la penumbra de las plateas o los que pudieron comprobarlo en vivo cuando la diva emprendió sus extensas giras por los teatros del mundo- el humor no es un ingrediente notorio, y cuando lo hay es ácido, corrosivo, un poco gruñón. A Marlene le quedó inseparablemente adherida otra imagen: la de la criatura sinuosa, mágica, ambigua y devastadora que Josef von Sternberg creyó adivinar en ella cuando la descubrió en un teatro de variedades y que salió a la luz, algún tiempo después, en 1930, en su consagratorio personaje de "El ángel azul".
Que el mago Sternberg tuvo mucho que ver en la construcción del mito es algo que ya ni siquiera se discute, aunque bueno es recordar que no hay Pigmalión capaz de tanta alquimia si no cuenta con materia dúctil: algún talento, algún misterio, alguna sensualidad ya estaban en la chica que había querido ser violinista y cuya vocación primera se había visto frustrada por un pequeño accidente que sufrió en la muñeca.
* * *
Lola-Lola, se sabe, le dio el triunfo instantáneo. Tanto y tan rutilante que la flamante estrella prefirió olvidarse de sus anteriores -y escasamente significativas- incursiones en el cine. ("No me gustan las películas mudas: están llenas de sentimentalismo; son kitsch", declaraba ya anciana, y tal vez para justificar aquellas omisiones, en el film-entrevista que le dedicó Maximilian Schell en l984.) "El ángel azul" tuvo dos versiones -tal como había convenido el director vienés afincado en los Estados Unidos cuando la casa productora UFA lo convocó a Alemania para sus primeras experiencias con el sonoro: una en alemán, la otra en inglés. Las dos tuvieron un éxito fulminante, y su consecuencia inmediata es fácil de deducir: cuando el realizador volvió a Hollywood, lo hizo del brazo de su estrella. La sociedad daría muy buenos frutos: la actriz ganaría su propio espacio entre las grandes divas de la pantalla; el cineasta alcanzaría la cumbre de su arte.
Para hacer su ingreso en la gran factoría californiana, el mito que acababa de germinar necesitó de algunos retoques: Sternberg ponía su refinada concepción visual para realzar con luces y sombras el misterio de la estrella, pero Marlene tuvo que adelgazar para afinar la silueta, corrigió la línea de sus cejas para aumentar el impacto de los ojos, alargados por el maquillaje y sombreados por espesas pestañas, se cubrió con en ropas lujosas, se envolvió en pieles, se endomingó con metales preciosos y pedrerías; dicen que también algún dentista aplicó su ciencia para que las mejillas se le hundieran un poco más y los pómulos se vieran acentuados.
"Nunca nadie tan falso ha sido tan genuino", escribió Guillermo Cabrera Infante, que también recuerda que fue Marlene quien más hizo por desmitificarse (quizás en un arresto de encubierta coquetería), cuando se definió como una mujer no muy atractiva, sin voz, de cejas afeitadas y boca pintada por fuera y que además dudaba de que sus famosas piernas fueran algo especial. Querría sugerir tal vez que toda ella era apenas una ilusión fotográfica, una invención de la cámara, una cuestión de luces y de ángulos.
* * *
Sabemos que no fue así. Y que el mito siguió edificándose -y enriqueciéndose de ambigüedad, otro elemento que contribuyó a su fascinación- en los seis films que rodó bajo la mirada del maestro. "Marruecos", "Fatalidad", "El expreso de Shangai", "La Venus rubia", "Capricho imperial", "Tu nombre es tentación" fueron los capítulos de una novela marcada por la ligazón y la complicidad, muchas veces tortuosa, entre el cuerpo y el deseo. Espía o aventurera, emperatriz despótica y fogosa, bailarina de cabaret emergiendo de la piel de un gorila, cigarrera en Sevilla, ya envuelta en tules y encajes, ya con frac y sombrero de copa (atuendo travesti que inauguró en "Marruecos", donde cantaba "¿Quién da más por mis manzanas", tomaba una flor del pelo de una espectadora, la besaba en la boca y le arrojaba el clavel a Gary Cooper), la esfinge apasionada y temible era invariablemente voluptuosa. Y se mostraba -como escribió Kenneth Anger en "Hollywood Babilonia"- dueña de "un apetito suficiente para muchos y variados amores".
El equívoco que cultivó con tanta astucia no hizo sino añadir un nuevo y brumoso encanto al aura pecaminosa que la envolvía desde "El ángel azul".
Fue, probablemente, la última de aquellas estrellas inalcanzables y misteriosas que tanto contribuyeron al espejismo del cine. También en esalejanía, que ella se empeñó en mantener cuando llegó el ocaso y eligió el aislamiento, se alimentó el mito que la ha vuelto inmortal.






