Marsalis, el antihéroe
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Lincoln Center Jazz Orquestra, con Wynton Marsalis (trompeta y dirección musical) y las trompetas de Seneca Black, Ryan Kisor y Marcus Printup; los trombones de Wayne Goodman, Ron Westray, y Wychiffe Gordon (también tuba); los saxos de Wess Anderson (alto, sopranino, clarinete), Ted Nash (alto, soprano, flauta, clarinete, clarón), Walter Blanding, Jr. (tenor, alto, soprano, clarinete y clarón), el piano de Eric Lewis, el contrabajo de Carlos Henriquez, la batería de Herlin Riley y la percusión de Roland Guerrero. Teatro Gran Rex.
Nuestra opinión: excelente.
A un repertorio que ellos llaman "histórico" está consagrada la Lincoln Center Jazz Orchestra, que preside, desde la última fila, la trompeta de Wynton Marsalis.
Por lo tanto, equivocó el camino quien haya concurrido al teatro para escuchar jazz moderno y contemporáneo o expresiones del jazz de vanguardia, salvo que lleguen a caerle en gracia las obras por encargo de la Jazz Orchestra del Lincoln Center, que pudieran contenerlos.
Las notas rondan, entonces, por los territorios de Ellington, Basie, Henderson, Oliver, Monk, Mingus, Herman, Goodman, Lewis, o traen nuevos aires de Benny Carter, Joe Henderson, Jimmy Heath, Freddie Hubbard, Stephen Scott y el propio Marsalis, antihéroe de la noche.
Lo cierto es que la orquesta nos reserva una seguidilla de sorpresas. Sorpresas eminentemente musicales. Sorpresas que llevan la impronta de aquel Ellington inspirado cuya excelencia es comparable a la de los más ilustres orquestadores clásicos de este siglo.
La primera sorpresa de la Lincoln Center Jazz Orchestra está en los tramos iniciales de su concierto. Las deliciosas sutilezas del beat -punta del ovillo del swing- de batería y percusión, seguida de la explosión, como un rayo, del tutti orquestal, que ha de asentarse de inmediato en el mar Caribe, son la demostración cabal de la exquisita paleta dinámica y tímbrica de sus dieciséis instrumentistas.
Vale decir que ésta no es una big band que acuda al consabido vaivén entre los solos exhibicionistas de sus integrantes y el elefantiásico sonido en bloque, como respuesta.
En completa libertad
Es una fiesta comprobar hasta qué punto gozan los músicos de la Lincoln Center con la libertad del jazz, sin recurrir al histrionismo. El espíritu de cuerpo les otorga esa cohesión fantástica que alcanzan muy pocos grupos. Miradas, sonrisas, cabeceos, palmas, son el anticipo y también la prolongación del ensamble milimétrico de las notas que leen en sus pentagramas y recrean con musicalidad los cinco blancos y los once negros.
Las maravillas de la música no están por sí mismas ni en las épocas, ni en los estilos, ni siquiera en sus creadores como gracia infusa. Están en la conjunción espiritual de quienes saben transmitirlas.
Entre la gama de excelencias posibles del jazz están las ideas y sentimientos del compositor que cuenta con el auxilio de un genial arreglador, capaz de pergeñar matices y plasmar silencios elocuentes, explosiones polifónicas, ocurrencias.
El repertorio podrá resultar muy conocido para el jazzman habitué: "Oclupaca", "The woogie", "The peanut vendor", "Tickle Toe", "Smoke house blues"... en la primera parte; "Good bye Porknat", "Rockbye River", "Big train/The Engine", en la segunda.
Pero habrá de admitir que muchos timbres inéditos están aquí con la lozanía de lo inaugural. Hasta los más transitados de la sopapa y el gruñido. Y en medio del jazz sinfónico y de la típica euforia orquestal norteamericana, los ingeniosos juegos grupales, los famosos efectos selváticos y los acordes desafiantes, surgen la energía del joven trompetista Ryan Kisor y el espléndido humor del trombón del morocho Wycliffe Gordon, que tocará la tuba hacia el final, durante el paseo -on parade- del grupo entero por los pasillos del teatro.
Habría un tour de force de tres trompetas; sutiles pasajes de piano-percusión-contrabajo; travesuras de un clarinete; una variación sobre el "Bolero" de Ravel que lo libera del tedio y el gigantismo... De todo esto nos queda el colorido estupendo y el gozo de hacer música.




