
Martha Nanni: “Hay quienes banalizan el arte”
Por Luis Aubele
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No le gusta que le saquen fotografías. Sin embargo, en una de las paredes del estudio cuelga la ampliación de una instantánea donde aparece pícara y muy divertida. “Me la sacó mi amigo Alejandro Kuropatwa, una vez que visité su estudio y estaba mirando cómo maltrataba a sus modelos. La sacó sin que me diera cuenta, por eso salí así”, ríe Martha Nanni, investigadora, curadora y crítica de arte.
Está revisando las pruebas finales de una obra sobre Pedro Figari que estará en las librerías en unos días más; “un libro que valdrá la pena leer”, desliza guiñando un ojo. No es el único acontecimiento; acaba de recibir el Premio a la Curaduría de la Asociación de Críticos de Arte por la muestra Castagnino, otra mirada, un replanteo sobre la obra del pintor desarrollada en el Centro Cultural Recoleta entre junio y julio del año pasado.
“Comencé a interesarme por el arte a los cinco años, acompañando a mi abuelo Manuel en sus correrías por el Museo de Bellas Artes para ver las obras de José Gutiérrez Solana. Caminaba detrás de él, pero siempre me detenía ante un cuadro con violetas, verdes y toques de azul, que estaba un poco antes. ¡Me fascinaba!”
– ¿Qué obra era?
–Pasados los años descubrí que se trataba de Los ópalos, una tela de otro español, Hermenegildo Anglada Camarasa. Un amigo me decía que me gustaba porque seguramente, por aquella época, yo era una gordita alegre y feliz con la vida. Puede ser...
–¿Dónde vivían?
–Vivíamos en Adrogué y de Buenos Aires no conocía casi nada. A los diez años, lo único que sabía era ir y volver del Teatro Colón. Mis padres me daban un abono y dinero para el viaje y allá iba. Hasta que comencé a estudiar en la Universidad era muy pajuerana. Con el tiempo, el museo llegó a ser como un segundo hogar; me escondía detrás de las estanterías cuando se terminaba el horario de la biblioteca para poder seguir leyendo. Estaban tan aburridos de verme que me ofrecieron trabajar con ellos como guía. Me estrené en 1970, con una muestra inolvidable: la Bauhaus. Paralelamente leía mucho, me fascinaba lo que decía Herbert Read en su Educación por el arte.
–¿Cómo sigue la historia?
–Residí dos años en México y después me fui a París y comencé a trabajar en el Centro Pompidou. Una tarde, mi jefe me pidió que fuese al estudio de una compatriota, Alicia Penalba. Después averigüé que, en realidad, el que tenía que ir era él, pero como Alicia tenía muy mal carácter me mandó a mí.
–¿Era cierto?
–Tenía un carácter fuerte y gracias a eso llegó a donde llegó, porque el ambiente de París no era precisamente fácil. Soy muy puntual, pero me perdí y llegué media hora tarde; entonces, en castigo, ella me hizo esperar otra media hora. Vivía en medio del Gueto, pero al trasponer la puerta me encontré con una caída de agua, un jardín, caracolas, con los retratos que le había hecho el mismísimo Henri Matisse. Allí tenía su casa y su taller... era un lugar mágico.
–¿Congeniaron?
–Era la primera vez que conocía a una artista total, que tomaba con enorme pasión su obra, y me impactó. Por otra parte, era una mujer. Además, cuando una se siente sola, trata de recomponer la familia que dejó atrás. Me llamaba por teléfono y me preguntaba: ¿Comiste? No, respondía. Entonces vení que te cocino algo. Era muy buena cocinera. Después, le pedía a Michel, su marido, que bajara a la cave a buscar un vino adecuado. Gracias a ella conocí lugares muy curiosos, como el famoso cabaret Balajoz.
–¿Balajoz?
–Sí, fue creado por un francés a principios del siglo pasado... a media luz, con reservados. Tenía una pista donde se bailaba tango, una orquesta estable y, en la parte superior, una extravagancia, ¡la reproducción exacta de un conventillo porteño! Con un gran cartel que decía ¡60 chicas 60! Rómulo Macció, Ernesto Deira, toda esa generación lo conoció muy bien. Lamentablemente, la última vez que lo visité había cambiado mucho, ya no era lo mismo. Se diría que lo habían lavado con... ¡agua mineral!
–¿Una reflexión final?
–Para ser más clara, voy a contar una anécdota. Caminaba por una calle de México, buscando la casa de Frida Kahlo y Diego Rivera. En sentido contrario venía un hombre y le pregunté por la residencia. Pero al mirarlo mejor vi que vestía sarape, ojotas y sombrero de paja. Me dije: ¡Martha, qué hiciste, a quién le fuiste a preguntar! El hombre se quitó el sombrero y me respondió: ¿Quieres saber dónde queda la casa de Diego y Frida? Bien, allá es... Sentí una gran emoción. En ese pueblo, los artistas no eran algo alejado, rodeados de gente que nos recuerdan que no los podemos entender y qué ellos (y sólo ellos) nos pueden decir qué significan. El arte era algo cotidiano y los artistas, hombres con alegrías y tristezas, como ellos mismos. En cambio, en algunos sectores de mi país, el arte está banalizado. Se lo usa como medio para obtener prestigio social y poder..., sobre todo poder.
Karl Flinker
“Una vez, Karl Flinker, dueño de una galería en la isla de la Cité, me llevó a conocer a Nina Kandinsky, la viuda del artista ruso. Me encontré con una anciana niña. Nina tendría unos 90 años, pero se movía y reía como una niña de 17. Vestida con muselinas y cubierta de diamantes, rodeada de efebos que la adulaban y le decían lo hermosa que era. Pero un día, Nina fue asesinada y Karl se encontró de pronto con un tesoro: ¡más de sesenta obras del gran Wassily Kandinsky! y se podría haber quedado con ellas. Sin embargo, fue al Pompidou y las entregó. Gracias a él, el Centro tiene una de las mayores colecciones de pinturas de Kandisky del mundo. Era un ser noble y generoso”
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