Martín Slipak: "Nunca se termina de conocer a nadie"
De permanente actividad en el cine, el teatro y la televisión, esta semana estrenó el film Cómo ganar enemigos, como protagonista
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No importa cuántas veces se la fatigue. Para definir a Martín Slipak vale la pena usar esa palabra de nuevo. Sí, es "intenso". Quizá lo simule, ya que en esta nota dirá que "nunca terminamos de conocer a nadie" pero eso es lo que parece, por su manera concentrada de mirar, como si subrayara lo que dice acerca de lo que hace, que es mucho y desde los ocho años, cuando encontró que su carrera era la actuación. Dos décadas después, sigue eligiéndola en cine, teatro y televisión. Es el protagonista de Cómo ganar enemigos, la segunda película de Gabriel Lichtmann (Judíos en el espacio, 2005), acompañado por Javier Drolas, Inés Palombo, Fabián Arenillas, Ezequiel Rodríguez, Sebastián Kirzner, Gabriela Izcovich y Carla Quevedo. Su personaje es un abogado más bueno que el pan a quien una chica, en apariencia muy recomendable, le roba todos los ahorros en la primera cita y de-saparece. Entonces, decide ponerse a investigar por su cuenta.
"Es un personaje ético, que viene a representar esos valores en el contexto de un estudio de abogados. Es muy mental, nada pícaro y le cuesta ver la realidad turbia o corrompida. Hoy la mayoría de las series tienen protagonistas oscuros, con rasgos controvertidos. Sin embargo, el director (que es también el guionista junto a Viviana Vexlir) quiso apostar a un personaje de este tipo, íntegro. Es interesante que funcione de ese modo porque eso es lo que lo impulsa a actuar.
-Es muy diferente a su hermano mayor (Drolas), que también es abogado...
-Muy distinto. Pero también con algo común propio de las familias judías. Yo soy de familia judía, igual que el director, y siempre hay algo que cuesta hablar, un trasfondo que no se toca, y no sé si por una cuestión psicoanalítica, neurótica, hay algo que no se expresa y es rebuscado. Me parece que eso está en esta familia. Nunca se termina de conocer bien a nadie.
-¿Podría hablarse de un cine argentino judío representado por directores como Lichtmann, Daniel Burman, Ariel Winograd, Martín Rejtman, quizá Damián Szifron?
-Siempre el que escribe pone su cuota sanguínea y ancestral y está teñido de su propia existencia venga de donde venga. Si nos vamos un poco para arriba, el padre de todos ellos es Woody Allen, que tiene ese tinte judaico neurótico y, a la vez, ese humor muy sutil, donde el lenguaje tiene tanto valor y hay una manera de articular las ideas que construye la intriga en la cabeza de los personajes. Cómo ganar enemigos es muy subjetiva y muy mental desde la cabeza de este chico y, por eso, está bien definida por el director como thriller neurótico. Como el entorno le va resultando cada vez más sospechoso, es su mirada personal la que empieza a cambiar, encuentra que alguien lo traicionó y quiere resolverlo. Hay algo romántico en la elección de este camino, el de la venganza literaria.
-En la miniserie Historia de un clan (Telefé), interpretás al segundo de los secuestrados, Eduardo Aulet. ¿Cómo te acercaste al tema?
-No vi la película ni quise leer el libro ni nada de la historia de este pobre pibe. La historia está basada en hechos que todos conocen pero lo interesante es la propia versión, sin faltar el respeto a nadie. Luis (Ortega, el director) les habla mucho a los actores y en esas situaciones podés dejar que eso te entre en la cabeza o no. Te entregás, confías o no. Y en Luis confías. No se queda en la anécdota sino que se mete en un lugar riesgoso, en detalles, y ahí busca la belleza.
-Fue muy comentada la escena con Tristán, en el lugar del secuestro, con el globo y los sanguchitos de cumpleaños.
-No tenía recuerdo de esa escena, no me acordaba de que tenía que hacerla. Creo que Luis lo pensó para que saliera así, tan estremecedor. Es muy onírica. Las cadenas, por ejemplo, no quise que me las ataran flojitas, quería sentir ese sofocamiento, creo que esa situación te potencia. Luis no especula con nada, se corre un poco de todo porque busca, prueba. A veces pasa en la televisión, como fue con Los simuladores o Tratame bien, en 2009, donde hice de hijo de Julio Chávez. Underground me hace acordar a la Pol-ka de los comienzos.
-Hablando de Pol-ka, ¿cómo fue la experiencia en Noche&Día, como el hijo del personaje de Oscar Martínez?
-No lo pasé nada bien. Se desvirtuó. Sabía que Oscar se iba antes pero no tan pronto. Entendí lo que estaba pasando y traté de acomodarme pero no son procesos cómodos. Creo que se tiene que mantener la circularidad entre actor y director, el ida y vuelta, que te escuchen. Lo impredecible es la reacción del público y, por eso, prefiero los unitarios o las series que no dependen del rating.
Tres son las series en las que participó y esperan su estreno: La última hora, de Gastón Portal; Encerrados, de Benjamín Ávila (Infancia clandestina), y Viajes, también de Lichtmann. Y tres son las películas que también lo tienen en el elenco: Resurrección, con Patricio Contreras, de Gonzalo Calzada, sobre la epidemia de fiebre amarilla a fines de siglo XIX; Upa 2!, donde hace de sí mismo; y Toda la noche, de Tamae Garateguy y Jimena Monteoliva.
En cuanto al teatro, después del éxito de El principio de Arquímedes -dirigida por Corina Fiorillo-, donde interpretó a un profesor de natación que elige tomar distancia de un colega sospechoso de abuso infantil, trabajó en Gigoló, pero poco tiempo debido a que la obra se suspendió por el accidente de Andrea Bonelli. Si bien la obra va a reponerse cuando mejore la salud de la protagonista, no va a volver porque está comprometido en otro proyecto para el verano: ¡Jettatore!, de Gregorio de Laferrère, con dirección de Mariana Chaud, en el teatro Caminito. Y está escribiendo Pis, pequeña historia amor animalesco, su segunda obra después de Relato íntimo de un hombre nuevo, que presentó en la Bienal de Arte Joven 2014 y donde dirigió a Lisandro Rodríguez. "Sí, quiero dirigir", dice.






