
Rory Nugent ha dedicado años a seguir el rastro del Islam fundamentalista. En 1994, se encontró cara a cara con Osama bin Laden en Jartum, Sudán.
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Fue una comida sencilla en un lugar complicado. La fruta y el queso vinieron en una fuente de plata. Eramos tres a la mesa, en la sede de la Conferencia Arabe e Islámica Popular, en Jartum, Sudán. Entraban y salían secretarios que le pasaban mensajes al oído a su jefe, Hassan al Turabi, y a veces al otro invitado, Osama bin Laden. Turabi, como siempre, estaba pulcro, impecable, con el turbante acomodado a la perfección; Bin Laden parecía cómodo, e indiferente a la mancha de té que tenía en el pecho.
Sí, pásemelo, dice Turabi a un asistente, y se disculpa porque debe atender el teléfono. Mientras se dirige a su escritorio, agrega: Por favor, empiecen ustedes dos. Vuelvo en un minuto.
Los buenos modales nos indican que esperemos. Pero Bin Laden me da vuelta la cara y se pone a mirar una pared desnuda. Nos habíamos visto una sola vez, en una recepción llena de gente; en esa ocasión no conversamos mucho, y, obviamente, ahora no le interesa hablar de trivialidades.
Yo había llegado a Jartum unas semanas antes para hacer una investigación sobre los principales fabricantes mundiales de terror. Al pisar la ciudad, sentí respeto por su magia. Aquí confluyen los ríos Nilo Azul y Blanco, formando lo que los poetas árabes llaman el beso más largo de la historia. Además, este lugar es la puerta tradicional que conecta el Africa negra con el norte árabe, y sus mercados eran famosos por ofrecer bienes y servicios que borroneaban el límite entre lo exótico y lo prohibido.
Otro motivo, y más imperioso, para adoptar una actitud circunspecta era el siguiente: Jartum es tanto el timón como la sala de máquinas del islamismo fundamentalista. Los campamentos militares que los Estados Unidos habían armado en un principio para preparar a los soldados islámicos en contra de los designios rusos en Afganistán se usaban entonces para entrenar a los terroristas islámicos contra prácticamente el resto de la humanidad. Y como aquí se alojaba el cuerpo de oficiales, éste era el lugar donde se trazaban los mapas del futuro.
En esa época -noviembre de 1994-, Osama bin Laden era considerado un chico rico con cierta reputación de guerrero. Gracias a su dinero despertaba interés, y gracias a su inclinación por la logística inspiraba respeto. Antes, conversando con diversos comandantes durante la guerra afgana, noté que les resultaba gracioso que las habilidades organizativas de Bin Laden fuesen perfeccionadas por espías norteamericanos retirados, que trabajaban en la empresa constructora del padre de Bin Laden mientras armaban la infraestructura saudí.
-Coman. Empiecen, por favor. Ya casi termino -insiste Turabi, tapando el tubo del teléfono. Yo tomo un dátil; Bin Laden, lejos de moverse, sigue con la mirada fija en la pared. Turabi me sonríe, asiente con la cabeza y sigue hablando por teléfono.
En aquella época, la atracción era Turabi, no Bin Laden. Turabi era el poder reconocido de Sudán, un Geppetto que manejaba a los burócratas como marionetas. Hacía años que había abandonado la política: dejó su puesto de fiscal general de Sudán para alzarse como éminence grise del Islam. Dirigía la sucesión de acontecimientos por medio de discursos, escritos religiosos y, si era necesario, órdenes que daba por lo bajo a los políticos.
Según se dice, Turabi había gestado e impulsado la islamización de Sudán. Su truco mayor consistió en reemplazar la ley civil por la sharia, que toma el delito como un pecado, como una afrenta al Corán, y que se aplica con una pasión que no existe en Occidente. Los policías del escuadrón moral recorren las calles controlando que no haya piernas ni cinturas a la vista, música rock ni otros significantes de la cultura pop occidental que también están proscritos. El que sea sorprendido con una botella de cerveza, por ejemplo, debe pasar seis meses en prisión; la segunda contravención amerita otros seis meses a la sombra más veinte azotes con un látigo de cola de camello. Gracias a Turabi, Sudán había vuelto a nacer en términos religiosos; ahora, Alá y Mahoma, su profeta, daban un marco a la población y la guiaban. Por fin, después de esperar mil años, según Turabi, los 700 millones de musulmanes sunitas del mundo podían inspirarse en el fundamentalismo en acción.
Turabi retorna a la mesa, y nos zambullimos en la comida. Habla del armado de maquetas y de cuántas piezas hay que pegar para terminar la obra. Le juro, dice, que éste es solo el principio de la marcha del Islam. Pronto, muchos países se van a unir. Y va a resonar la voz de Dios.
Sudán, agrega, es apenas la plataforma de partida para la expansión mundial del islamismo fundamentalista. Es cierto, lo apoya Bin Laden. Turabi toma velocidad y asegura que la renovación de la fe pronto abarcará una gran zona geográfica. Vamos a ser más grandes que la Unión Europea... Vamos a ser más poderosos que los Estados Unidos... El poder que pertenecía a Rusia va a ser nuestro, sí, nuestro. Pruebe el queso. Está riquísimo.
¿Es queso francés?, pregunto, recordando que Turabi refinó su gusto por la ropa y comida mientras estudiaba para su doctorado en París.
Ojalá, contesta Turabi con nostalgia.
Bin Laden recalca que las manos musulmanas sacan provecho de todo, y tajea un dátil con un cuchillo de pelar.
Turabi se encoge de hombros pero no corrige a su invitado. Es importante, me había explicado, que Jartum acepte a toda clase de personas dispuestas a luchar por el Islam. Es la única manera de garantizar que todos los encargados de renovar la fe tengan un lugar en el mundo donde compartir información y coordinar estrategias. Turabi ofrece lo que sea necesario para encontrar un plan de ataque que destierre el modernismo y los demás productos del Iluminismo. Entonces me recordó que el islamismo fundamentalista es, en esencia, una respuesta a las fuerzas culturales que atropellan la capacidad de practicar la fe musulmana. Todo aquello que denigre el papel primordial del Corán, o incluso que compita por atraer el interés de los musulmanes, es moralmente corrupto por definición. Y el Paraíso es para los que mueren luchando contra el Demonio en cualquiera de sus manifestaciones.
Turabi, elocuente al máximo, ensambla el fundamentalismo dentro de toda una teología de la liberación. Los gobiernos monárquicos y los laicos que ya se encuentran en la órbita árabe, señala, deben ser derribados para liberar a la gente de esa enorme carga. A continuación indica cuáles son esos países y predice su inminente destrucción.
Sí. Sí. Correcto. Así será, festeja Bin Laden, para luego callarse y seguir asintiendo con la cabeza a medida que Turabi habla. De repente gira, se fija en mí y me recorre con la vista de arriba abajo como si estuviera evaluando el cadáver de un cordero. No sabría decir si esboza una sonrisa o un gesto de desprecio; su barba sin recortar le tapa las comisuras de los labios. Me clava la mirada mientras Turabi me reta porque me volvieron a arrestar. Tres deslices y afuera, me advierte.
Pocos días antes me habían metido en la cárcel por segunda vez, tras detenerme dentro de la Universidad Internacional Africana; la casa de estudios elegida por los musulmanes radicales que quieren hacer carrera en el terrorismo. Funcionaba como universidad de posgrado donde se podían cursar estudios avanzados de teología y armado de bombas. Los alumnos recibían entrenamiento en el aula así como en el campo, y el repiqueteo de las armas automáticas me tentó a meterme con la cámara.
Nada de entrar ahí; no se permite el ingreso de occidentales, me sermonea Bin Laden, redondeando la idea de Turabi. No sale de su asombro ante el hecho de que un occidental pelado y pálido haya podido cruzar el umbral de la universidad sin que nadie se lo impidiera. Le dice a Turabi que hay que reforzar la seguridad y después pone cuarta: alza la voz y habla tan rápido que ya no lo entiendo.
Llega la Fanta Naranja, y ahora se habla de Egipto. Turabi se lamenta por el estado en que se encuentra la revolución en ese país y vuelve al tema de derribar todo gobierno instalado por los Estados Unidos. Los Estados Unidos son un país muy arrogante, dice. El gobierno de ustedes cree que puede comprar lo que le dé la gana... Poco después, señala -y con razón- que, si hubiera elecciones libres en Egipto, llegarían al poder los aliados fundamentalistas de Turabi. Los Estados Unidos obstaculizan la verdad. ¿Se da cuenta de lo que le digo?
Una vez que termina, me pregunta qué pienso. Se olvidó de una cosa, sugiero: los grupos armados que quieren renovar la fe y luchan contra el régimen del presidente egipcio Hosni Mubarak son famosos por su ineptitud. Ni hicieron progresar la causa de la revolución ni adhirieron a las enseñanzas del Corán. De hecho, parece que siguieran las órdenes de unos papanatas que se empeñan en matar turistas, si bien el Corán prohibe poner fin a la vida de personas inocentes.
Bin Laden irradia furia, lo cual me hace pensar que el intercambio de opiniones que caracteriza al diálogo le es ajeno por completo. Las cosas son como dice él, o no son, así que calláte.
Turabi no se da cuenta de la reacción de Bin Laden, o no le presta atención. Me dice que se están realizando tareas de reparación, que los revolucionarios están comenzando a poner en práctica una nueva manera de hacer las cosas. Con el dedo en alto, me aconseja que no vaya a Asuán. Que es responsabilidad del extranjero no acercarse a los frentes de combate, y que el sur de Egipto es zona de enfrentamientos permanentes.
Bin Laden hace su aporte, hablando a paso redoblado mientras Turabi me hace de intérprete. Planificar, planificar, planificar, dice Bin Laden. El antiguo modo tribal de luchar ya murió. Mientras Bin Laden no deja de acelerar el motor, Turabi hace silencio y me alcanza la fuente de fruta y queso. Cuando por fin Bin Laden finaliza su cantilena, chasquea la lengua mientras me mira de reojo y posa la vista en nuestro anfitrión. A cambio, Turabi le dedica una mirada cansada, la de un profesor que inspecciona a un alumno entusiasmado pero no muy inteligente, y le da una servilleta de papel recomendándole que se limpie los restos de queso y pan que le cuelgan de la barba.
El combustible que abastecerá la inminente revolución islámica se está cargando al mismo tiempo que conversamos, me comunica Turabi. Por datos que mencionamos antes, sé que se refiere a armas sofisticadas; por ejemplo, misiles Stinger, que fueron en esencia los que sacaron a los rusos de Afganistán. Lo que falta, agrega, es la chispa que desencadene los acontecimientos. Qué es esa chispa no lo sabe a ciencia cierta, pero sí está seguro de lo que va a provocar: una fuerza imparable. No tiene duda de que, una vez que la cosa se ponga en marcha, el islamismo fundamentalista va a revivir esos trescientos años, entre el 650 y el 950, cuando los ejércitos musulmanes establecieron un imperio que se extendió desde los Pirineos hasta el Himalaya.
Pierdo la cuenta de la cantidad de veces que Bin Laden asiente con la cabeza.
Entra un secretario y le dice algo a Turabi que requiere su atención de inmediato. Terminó el almuerzo, amigos. A trabajar.
Nos acompaña a mí y a Bin Laden hasta la puerta, y los dos juntos cruzamos el patio, atravesamos la sala de espera y nos dirigimos a la calle. A él lo espera un Mercedes. ¿Necesito que me alcance a algún lado?, pregunta. Digo que no y regreso para mi cita siguiente con Turabi.
Como siempre, cuando vuelvo, la sala de espera está atestada de gente. Uno de los presentes es Abu Nidal, y también hay representantes de Al-Jihad, el Hamas, el Hezbollah, los Comandos Mano Roja y organizaciones más pequeñas. Todos revelan con franqueza su relación con tal o cual movimiento fundamentalista, pero ninguno habla de su trabajo, sino que se charla sobre el clima (un calor insoportable) y sobre el fútbol local (unos equipitos aburridos).
De entonces en adelante, me crucé unas cuantas veces más con Osama bin Laden. Nos damos la mano y nada más. No me pareció particularmente interesante. El dinero le había dado cosas por las que otros necesitan esforzarse, y lo que contaban los demás era mucho más significativo. Además, a medida que transcurrían las seis semanas que pasé en Jartum, fui entendiendo que Bin Laden era un pequeño engranaje de una máquina colosal que crecía día tras día.
De Jartum me fui hacia el Sur, al corazón mismo del territorio rebelde, donde los ejércitos trababan combate contra Turabi y contra el gobierno de Sudán. El año anterior, yo había pasado tres meses con un ejército, y todo seguía igual. El sur de Sudán todavía era un infierno, un lugar en el que el horror se había hecho rutina. Desde los años 50, cuando Sudán se independizó de Inglaterra, la guerra civil que enfrenta a los cristianos negros y a los animistas tradi- cionales contra los islamistas sigue su curso, recrudeciéndose en algunos momentos y aplacándose en otros. Y no terminará hasta que el gobierno de Jartum acepte a los negros y a los no musulmanes como pares. Lamentablemente, todas las personas con las que hablo piensan que tal cosa no sucederá mientras vivan, a menos que intervengan las Naciones Unidas y que surja un nuevo país.
En los últimos tiempos, Turabi perdió poder. El presidente marioneta que durante tanto tiempo había manejado se le volvió en contra, y ahora vive en arresto domiciliario. Turabi se educó en Occidente. Decía que le encantaba Shakespeare, y yo siempre le creí. Le gustaba debatir y siempre estaba dispuesto a dialogar. Pero sus seguidores veían las cosas o blancas o negras y al hablar enseguida me aburrían… si es que, claro, se dignaban a advertir mi presencia.
Turabi era el líder de un escalafón integrado por un solo hombre. Directamente debajo de él había cientos de guerreros devotos, de los cuales unos pocos, como Bin Laden, tenían suficiente dinero como para financiar sus propios grupos dentro de la organización madre. En mi opinión, son más los problemas que surgen a partir del fanatismo que estos hombres enarbolan como estandarte. No piensan más allá de la misión que los ocupa: la destrucción de la cultura occidental. Vienen impulsando el terrorismo hasta un punto que supera todo lo que hayamos vivido. Durante el transcurso de treinta años, los disturbios de Irlanda del Norte, por traumáticos que hayan sido, arrojaron un saldo de unos 3.600 muertos. Los fundamentalistas islámicos casi duplicaron esa cifra en una sola mañana.
Considero importante que los Estados Unidos no emprendan otro programa que pueda resultar un bumerán. Supongo que los líderes fundamentalistas disfrutarían al máximo si pudieran arrancar una página de la Biblia y restregárnosla en la cara. Me refiero en especial al Evangelio de San Mateo, que describe a un salvador asesinado por los pecados de otros. Es posible que se aisle a Bin Laden a partir de las acciones de sus principales colaboradores. Algunos subordinados gozan de presupuestos altísimos y de libre soberanía, como es el caso de Al Zawarhiri, antiguo integrante Al Qaeda, o el agente libanés Imad Mugniyeh, que tiene conexiones con Irak y con el Hezbollah. Si atrapamos a Bin Laden, el proceso de los Estados Unidos en su contra debe ser redondo: tan bueno que sirva para condenarlo y enterrarlo en el olvido. Después de todo, la historia también nos juzgará a nosotros. Y sería un grave error hacer despegar la estrella de Bin Laden para que guíe a otros a seguir un camino como el suyo.




