
"Mi madre no es un modelo de actriz"
Chiara Mastroianni: la hija de Catherine Deneuve y el gran actor quiere filmar con Almodóvar y espera "un gran papel".
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MAR DEL PLATA.- Dicen que los mejores platos son aquellos que mantienen el sabor de cada uno de sus ingredientes. En Chiara Mastroianni, esa receta funciona a la perfección: la simpática seducción de su padre, Marcello Mastroianni, no opaca la bella elegancia de su madre, Catherine Deneuve. Ni viceversa.
La conjunción de ambos se mezcla de manera exacta en esta actriz de veinticinco años que llegó al Festival Internacional de Cine de Mar del Plata para pasar menos de veinticuatro horas en estas playas. Y después de un intenso día de conferencias de prensa y cine, Chiara y su madre partieron ayer raudamente hacia a París, lejos de los flashes de los fotógrafos que tanto inquietaron a su madre.
De Deneuve, Chiara parece haber aprendido esa discreción educada que le permite sortear las preguntas más íntimas con respuestas breves y concisas. De Mastroianni, en cambio, lleva el encanto que la hace tan cercana al público como el gran actor italiano.
Pero ni la mezcla ni el parentesco con esos dos mitos la transforman en un plato empalagoso. Y mucho menos en alguien que se lleva al mundo por delante por simple portación de apellido. Al contrario. Con humildad y quizás un poco de inseguridad, Chiara sabe que "la belleza es algo que pasa". Y que "ser hija de ellos me ayudó al principio de mi carrera, porque mucha gente siente mucha curiosidad por esto. Pero ésa es una curiosidad mal ubicada y termina siendo algo banal, porque en este negocio hay muchos actores y muchos papeles para los que no hace falta llevar un apellido importante", respondió brevemente durante la conferencia de prensa.
En todo caso, si eligió ponerse al frente de las cámaras, fue por algo muy personal. "No fueron mis padres los que me impulsaron. De hecho, mi madre soñaba con que yo tuviera un trabajo un poco más serio y más estable. Fue una amiga la que me dijo: si tenés tantos deseos, por qué no te lanzas, después verás si eso marcha o si no te gusta. Pero, al menos, ve hasta el fondo de tus deseos."
El consejo funcionó. Aunque no soportó el ritmo de las clases de teatro, Chiara seguió adelante hasta lograr su primer papel. "Empecé así, de la nada. Hice un curso de teatro durante un tiempo muy corto, no más de un mes, pero no me gustó. Entonces, paré. Finalmente, las cosas se ordenaron porque después de eso tuve mi primer papel. Pero la verdad es que tengo problemas con todo lo que tiene relación con las escuelas: detesté el colegio, la Universidad, el hecho de tener un profesor que juzga. Yo no soporto la dominación. Así que soy autodidacta, si se puede decir eso".
En la vida, aparentemente, lleva las mismas riendas. Contraria a los parámetros que dicta la sociedad, ella decidió, hace muy pocos meses, hacerse cargo sola de su bebe. "Vivo en una sociedad donde la gente se casa cada vez menos y no tengo ejemplos de buenos matrimonios a la vista. No estoy tentada por el matrimonio. Quizás eso llegue algún día, pero no por el momento".
Como su madre, Chiara prefiere evitar las preguntas más íntimas. Y aunque no establece las reglas del juego, como Deneuve, sabe poner distancia para que nadie se acerque demasiado a su mundo privado.
Igual que mamá
De hecho, esquiva con seriedad las preguntas sobre la relación con su madre, o sobre el documental "Io mi ricordo, si, mi ricordo", que realizó Ana María Tatti, la segunda esposa de su padre, y que se vio ayer en la sección Tributos del Festival. "Para resumir, pienso igual que mi madre", dijo apenas Chiara para dejar en claro que ella tampoco pensaba ver ese largo reportaje a Mastroianni, filmado mientras componía su último personaje cinematográfico, "Viaje al principio del mundo", de Manoel de Oliviera.
Y sobre Deneuve, con quien compartió su debut cinematográfico en el film de André Techiné "Mi estación preferida", apenas delineó un retrato borroso. "Mi madre no es un modelo de actriz para mí. Ella es un ejemplo de profesionalismo. Pero no puedo decir eso como actriz. Para mí, mi madre entra en una parte muy personal de mi vida. Es ella la que me crió, la que me cuidó, la que me educó. Cuando pienso en ella, no pienso en ella como actriz. Pienso en una mujer sólida, que es un gran ejemplo, pero como mujer".
Sin embargo, admite que trabajar juntas no fue la mejor experiencia de su carrera. "Como ella siempre quiso que yo fuera otra cosa, abogada o arqueóloga, eso me tuvo muy preocupada al principio. De todas maneras, no tuvimos muchas escenas juntas y finalmente, cuando empezamos a rodar, nos relajamos las dos".
Queda claro que, para ella, llevar a Mastroianni y Deneuve en la sangre no es pasaporte seguro hacia el cielo de las estrellas. Y tampoco una pose que tenga que defender. Sin prejuicios, asegura que le gusta "tanto el cine de autor como el de ficción", que le gusta "tanto la saga de "Alien" como "The Full Monty""; que le encantaría también "filmar con Pedro Almodóvar", y que todavía espera ese "gran papel de estrella que algún día va a llegar".
Y, como para sacarse de encima el peso de la familia, admite que ni siquiera vio las primeras películas de sus padres. "Yo tengo el privilegio de haber vivido con ellos las cosas cotidianas de la vida y no necesito ir a la pantalla para descubrirlos", opinó.
Definiciones
- Robert Altman: "El rodaje de Pret porter sólo fue complicado porque había muchos actores, pero creo que fue más complicado para los técnicos que para nosotros. Para mí fue muy divertido. Había muchos comediantes que admiro mucho. Me dio mucha confianza en mí misma, que es algo que me falta enormemente".
- Teatro: "No tengo miedo del público. Si no hago teatro es porque tengo miedo de olvidar el texto. Además, para hacer teatro hay que tener una experiencia inmensa. El cine, en cambio, puede utilizar la inexperiencia de la gente".
- Cábala: "Acabo de terminar un film. Y ahora, a principio de año, tengo algunos proyectos, pero, como soy un poco supersticiosa, prefiero no hablar".
- París: "No me gusta trabajar en París porque es como ir a la oficina. Prefiero trabajar en el extranjero, donde puedo conocer otra gente, otras culturas".
- Estrellato: "Todavía espero el gran papel. La verdad es que no creo mucho en eso que dicen algunos actores: "A mí sólo me importa trabajar". Yo espero un rol importante. Pero es una cuestión de paciencia".
- Modelaje: "Nunca fui modelo. Es verdad que desfilé una vez para Jean-Paul Gautier. Y él, se sabe, toma gente de la calle para sus desfiles: los gordos, los flacos... Yo no soy modelo, lo hice porque Gautier es un amigo y porque desfilar para el es más una forma de espectáculo que de moda. Es una ofensa para las modelos decir que yo soy modelo".
Esa música que salva
MAR DEL PLATA.- "Las voces del silencio", que se estrena mañana en Buenos Aires, es la historia de Lara, una niña criada por padres sordos en una pequeña ciudad de Alemania del Sur. Pero, sobre todo, es la historia de la relación entre ese padre que la necesita y no la deja ir, y la necesidad de Lara de encontrar las voces de su mundo. Un mundo que descubre cuando conoce a su tía Clarissa (Sibylle Canonica), una exitosa clarinetista de jazz.
La música será el punto de inflexión para esa niña, ya adolescente, que quiere dejar el silencioso mundo familiar. Y será también, a su manera, el lugar donde los dos mundos, el de sus padres y el de ella, encuentren una unión.
La película, distribuida en Buenos Aires por Buena Vista Internacional, le llevó a Caroline Link, su directora, cuatro años de investigación. Pero el esfuerzo tuvo su recompensa, ya que con éste, su tercer film, Link logró la nominación alemana al Oscar 97, además de los premios al mejor largometraje, a la mejor actriz y a la mejor banda musical en el Festival de Berlín, y a la mejor película, en el Festival de Tokio.
Una buena estrella para ver sin rímel
MAR DEL PLATA.- Valga la sugerencia para cuando se estrene comercialmente, en la Argentina, "La buena estrella": es un film para ver sin rímel.
Anteanoche, a la salida de la proyección de la película española de Ricardo Franco que integra la sección oficial competitiva del Festival Internacional de Cine, los ojos de la platea desprevenida daban cuenta de que mejor habría sido saberlo de antemano. Protagonizada por Antonio Resines, Maribel Verdú y Jordi Mollá, apunta directamente a la emoción y, evidentemente, lo consigue. En las charlas de pasillo había, como suele suceder, opiniones múltiples respecto de "La buena estrella" en tanto realización cinematográfica. Sin embargo, en un punto todas coincidían: la historia de esos tres seres dispuestos a quererse más allá de toda convención social y por encima de las miserias de cada uno es un tiro directo a la sensibilidad de la platea.
Rafael (Antonio Resines) es un carnicero que ha perdido sus testículos en un accidente de trabajo, durante su juventud. Desde entonces, vive una existencia solitaria. De madrugada, Daniel (Jordi Mollá), un delicuente consuetudinario, golpea a Marina (Verdú), en la vereda. Ambos están unidos por un pasado de orfanatos y desprecios. Rafael socorre a la muchacha y la lleva a su casa. Ella está esperando un hijo de Daniel y se opone a que nazca. Cuando se entera de que Daniel ha ido a parar una vez más a la cárcel, el carnicero decide que la niña llevará su apellido. Marina, Rafael y la niña arman una familia que en apariencia es igual a cualquier otra. Tres años más tarde, Daniel golpea a la puerta de la pareja: ha escapado de la prisión.
El amor incondicional
El modo de vida de los personajes desde ese momento en adelante fue tema de polémica extracinematográfica entre los participantes de la muestra. No era para menos: Franco plantea a través de sus criaturas el paradigma del amor incondicional, el que acepta al otro con su pasado imperfecto, su presente complicado y su futuro incierto. El trío encuentra un singular modo de quererse: sin anular los deseos del otro y sin aspirar a una posesión total y excluyente. Y no se trata aquí del típico triángulo amoroso envuelto en disimulos ni del libertinaje del sexo de las orgías. Ellos apuestan más alto: al de los amores que hacen de la verdad un valor absoluto y de la solidaridad una celebración constante. "Si a todos nos duele, ¿por qué no nos ayudamos?", decía uno de los personajes de "Secretos y mentiras", de Mike Leigh. Exactamente eso es lo que hacen los miembros de esta familia construida sobre los escombros de los dolores pasados.
"Los tres, Rafael, Marina y Daniel, se aferran los unos a los otros como a un clavo ardiendo", escribió Ricardo Franco respecto de sus personajes. "Se quieren _dice_, cómo no, pero sobre todo se necesitan, y se acaban aceptando tal y como son, buenos y equivocados depredadores de sí mismos, testigos de su propia tragedia sin magnificarla. Pues, ¿cómo pueden saber lo que pasa en el corazón del otro, abandonados como están por una buena estrella que brilla siempre demasiado lejos, sobre otras cabezas?"
Del veneno a la aventura
A la sección competitiva llegó también, desde Alemania, "Gesches gift" ("El veneno de Gesche"), opera prima de la realizadora Walburg von Waldenfels. El film protagonizado por la actriz Geno Lechner traza el retrato de una envenenadora del siglo XIX. La película está basada en un hecho real: una mujer de apariencia normal, esposa, madre y buena vecina, que durante quince años envenenó con arsénico a sus padres, a su hermano, a sus dos maridos, a sus hijos y a varios amigos. Al ser detenida, optó por dejar los hechos en el territorio del misterio: nunca negó haber cometido los crímenes, pero tampoco justificó en modo alguno su conducta ni aceptó develar los móviles de su impulso tanático.
El film belga "Everything must go" ("Todo debe irse") narra las aventuras de Tony (Stany Crets), un muchacho de 24 años que, cansado de vivir en una familia acomodada y horrorizado ante la chance de tener que convertirse en abogado para seguir la tradición familar, se sube a una vieja camioneta y deambula por las rutas intentando ganarse la vida como vendedor de objetos múltiples. Le bastará encontrar a otro aventurero nómada para llegar a una singular conclusión: el mundo anda mal por culpa de los bancos. Corolario: ¿por qué privarse del intento de asaltar un banco?
Emmanuelle Laborit, el sonido del silencio
Estreno: la protagonista de "Las voces del silencio", que se estrena mañana en Buenos Aires, destaca la prédica del film contra la discriminación.
MAR DEL PLATA.- Afuera del hotel sopla el viento que llega desde el mar, pasan autos, alguien grita. Pero para Emmanuelle Laborit, la protagonista de "Las voces del silencio", el film de la alemana Caroline Link que se presentó en el festival dentro de la sección "La mujer y el cine" y que se estrenará mañana en la cartelera porteña, ése es un mundo ajeno.
Para ella, ese paisaje es tan silencioso como una foto. No hay ruidos, no hay voces, no hay gritos. Sólo silencio. Seguramente por eso, la actriz francesa no duda en calificarse como "una extranjera": la lógica de los que pueden oír los sonidos del mundo la excluye por completo. Y seguramente por eso también, ella se autoproclama "militante del silencio".
La frase, a secas, suena por lo menos extraña. Pero cuando ella empieza a moverse; cuando empieza a comunicarse con todo el cuerpo para hacerse entender; cuando mueve sus manos, sus brazos y hasta sus labios para militar por su causa, la frase cobra todo su sentido.
Ella es una militante con mayúsculas, sin duda. No hay respuesta en la que no aluda a la discriminación de los sordos; en la que no denuncie la prohibición del lenguaje de las señas que hubo en Francia hasta hace pocos años; en la que no reclame que se acepte "la diferencia".
Sus razones tiene. En París, donde vive desde que nació, hace veinticinco años, pocas veces puede ir al cine. La falta de subtítulos la deja al margen de la mayoría de los films. Por eso, es casi una experta en cine extranjero. Y hasta que apareció el minitel (un teléfono especial que permite comunicarse a partir de la escritura), dependió de su hermana para hablar.
Ahora, en cambio, sus señas de militancia tienen voz. El reconocimiento que logró con su papel en la obra de teatro "Los niños del silencio" (por el que ganó el premio Moliére como mejor actriz de Francia, en 1993), con su autobiografía novelada "Le Cri de la Muette" ("El grito de la muda"), que se convirtió en un best seller francés en el otoño de 1994, y con su papel en este film, hizo que su silencio se escuchara en voz alta.
El cine y el teatro no quedan fuera de su lucha. "Las voces del silencio", que narra la historia de Lara, una niña criada por padres sordos, es también una manera de expresar el mundo de lo inaudible. Y aunque el film de Link ponga acento en la situación de esa niña, único contacto con el mundo de la palabra para los padres, la cámara pone en primer plano también las necesidades y carencias de los que no oyen. De hecho, en el film, el padre que interpreta Howie Seago se niega a desprenderse de la pequeña y hasta rechaza su vocación por la música porque lo ve como una traición.
Puede hablar, pero prefiere no hacerlo, para poder comunicarse "de una manera más profunda". Y realmente lo logra. Cautelosa, reflexiva, Laborit se explaya interminablemente en ese lenguaje ajeno del silencio absoluto.
_En la película, el padre juega con la niña a preguntarle "qué clase de sonido hace el sol cuando amanece". ¿Usted se hace las mismas preguntas?
_No, jamás. Jamás me pregunté cuál es el sonido del mar o de las olas. Para mí el mar es eso que veo: el sol pegando sobre el agua, las olas fuertes, el mar que viene o que se va. En la película es distinto, y lo entiendo. Creo que Caroline Link, la directora, deseaba mostrar que los padres le hacían esas preguntas a la hija para que ella les contara algo, para que permaneciera el mayor tiempo posible con ellos.
_Hacia el final del film, el padre descubre también que los dos mundos, el de ellos y el de su hija, se pueden reconciliar aunque no oiga la música que interpreta la niña. ¿Cree que es posible esta reconciliación?
_Por supuesto. Es muy importante que eso ocurra. En mi familia yo era la única sorda, pero ellos aceptaron que yo fuera así. Claro que en el mundo esa reconciliación es mucho más difícil. Pero no podemos pedirles sólo a los sordos que hagan ese esfuerzo. La reconciliación es posible con la simple aceptación de la diferencia. Sé que la comunidad de sordos es muy pequeña con relación a los que escuchan y no puedo pedirles a todos que aprendan este lenguaje. Sólo pido, simplemente, que me acepten como sorda, con mi lengua. Esa es la única manera de que haya un cierto equilibrio.
_La niña actúa como nexo entre los dos mundos. ¿Cómo vive usted esa dependencia?
_"Las voces del silencio" es la historia del amor que los padres sienten por la niña. Ellos la absorben un poco demasiado. Y es verdad que dependen de ella. Es verdad que los sordos somos un poco dependientes: los intérpretes no son gratuitos y tampoco aparecen de la nada cuando queremos comunicar algo. Lo que ocurre en el film es que los padres utilizan a la niña para que les traduzca todo el mundo.
_¿Alguna vez sintió esa dependencia como una limitación para su carrera?
_No. Mucha gente piensa que sólo puedo hacer personajes de sorda. Y entiendo que para ellos eso sea un misterio. Pero, para mí, yo no hago el rol de personas sordas: hago el papel del personaje que me toca. Mi personaje en "Las voces del silencio" es una madre y eso no tiene nada que ver con lo que soy, porque yo no soy una madre en la vida real. Y en el último film en el que participé, hablé. Pero, claro, yo tengo una voz particular: tengo la voz de una mujer sorda y sé que no es fácil de entender.
Fuera de la vida profesional, utilizo mi voz porque me parece importante, en las relaciones personales, que los dos hagamos un esfuerzo. Pero eso sólo lo hago en mi vida personal, porque es algo del corazón y es importante que haya un esfuerzo mutuo.
_¿Qué la hizo decidirse por la actuación?
_Yo no decidí nada; fue el azar. Cuando mis padres se dieron cuenta de que era sorda, tuvieron un shock. Al principio, un médico aconsejó a mis padres que yo no aprenda el lenguaje de los signos, sino que hable francés, como todo el mundo. Así, sólo logré una buena relación con mi madre, que me entendía realmente. Con mi padre, en cambio, como no estaba en casa porque llegaba muy tarde del trabajo, no lograba entenderme ni comunicarme.
Finalmente, cuando cumplí siete años, mis padres decidieron llevarme al Centro Sociocultural de Sordos, donde se realizan actividades culturales y donde aprendí el lenguaje de las señas. Por primera vez, en ese lugar, descubrí que había adultos sordos. Y ahí también descubrí el teatro. Pero en ese entonces sólo lo hacía por placer. Hace sólo cinco años que comencé a hacer teatro de manera profesional en el teatro International Visuel, de París. Y gracias a "Los niños del silencio", de Jean Dalric, comencé mi vida profesional .




