
Miklós Jancsó: adiós al patriarca del cine húngaro
"El más noble placer estético está en el descubrimiento de la verdad", decía Miklós Jancsó, el más grande de los directores húngaros de cine de la posguerra, fallecido ayer, a los 92 años, en Budapest, tras una larga enfermedad, según informó su ex mujer, la también cineasta Márta Mészáros. El artista, una figura descollante del séptimo arte realizado el siglo pasado en el este de Europa, había sido objeto de un homenaje en el último Festival de Mar del Plata, donde se desarrolló una muestra retrospectiva de su obra, en la que figuran títulos tan inolvidables como Los desesperados (1965), Los rojos y los blancos (1967) o Salmo rojo (1972).
Galardonado en Cannes (fue considerado el mejor director en 1972 por Salmo rojo ) y en Venecia, donde en 1990 se le otorgó un León de Oro en reconocimiento a su trayectoria, Jancsó ganó muchos otros premios en festivales, aunque sus trabajos posteriores a las décadas del 60 y 70 no lograron tan unánime aprobación y fueron a veces juzgados más como experimentos de puro formalismo abstracto que como nuevas expresiones de su relevante compromiso social y su mirada humanista.
Nacido en 1921 en Vac, al norte de la capital, estudió primero leyes en Rumania y más tarde dirección de cine en Budapest, y llegó a ganar renombre como realizador de varios cortos. Desde su primer largometraje - Las campanas se han ido a Roma (1958)- mostró su particular interés por la historia, especialmente en cuanto en ella encontraba escenarios de conflicto político y revuelta social. En los sesenta ya había desarrollado un lenguaje personal en el que las situaciones históricas eran utilizadas para definir específicas oposiciones políticas, sin ceñirse a los episodios en concreto (como las guerras civiles de la Rusia de 1918 en Los rojos y los blancos ) sino planteándolos en términos más abstractos, para promover la reflexión sobre el tema más amplio de la naturaleza del poder y su relación con la brutalidad humana.
Su original estilo visual, hecho de largos y complejos planos secuencia, elaborados movimientos de cámara y desplazamientos coreografiados de sobrecogedora belleza plástica ha dejado su honda huella en los realizadores de cine de su país, como lo reconoce el hoy muy aplaudido Bela Tarr, heredero directo de su visión personal del ser humano vapuleado por las fuerzas de la historia y el poder corrupto y, ante todo, de la narración caracterizada por el uso el virtuoso de sus planos secuencia.




