
Miúcha: toda la música sin salir de casa
La hermana de chico Buarque será la voz cantante del homenaje al poeta que se ralizará mañana, a las 21, en el Coliseo
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En la sonrisa grandota y pícara que le frunce la cara hasta que los ojos se le vuelven una rayita, uno puede adivinar la misma vitalidad contagiosa de aquella chiquilina inquieta que se ganó, precisamente por eso, por menuda y movediza, el sobrenombre de Miúcha. Está bien. Con esa dulce espontaneidad que demuestra al hablar y esa simpatía naturalmente seductora, le quedaría solemne el nombre que lleva en el documento: Heloísa. En cuanto al apellido, Buarque de Hollanda, cargado de tanto prestigio intelectual dentro del Brasil y fuera de él, hace rato que dejó de usarlo para la vida pública. Es Miúcha a secas: alguien de la familia.
Está aquí para asumir la voz cantante en el tributo musical que Buenos Aires ha preparado para evocar a Vinicius de Moraes al cumplirse veinte años de su muerte. Pocas voces tan autorizadas: preguntarle a Miúcha cuál es el recuerdo más antiguo que tiene de Vinicius es como preguntarle a cualquiera cuándo conoció a su papá o a su mamá. "Estaba allí desde siempre", dice.
Y empieza a recordar. Conviene no interrumpirla, porque el relato está tan cargado de vivacidad que las imágenes se hacen casi visibles. Sobre todo una: la de los siete chicos _Miúcha y los otros seis, entre ellos, claro, Chico_ sentaditos juiciosamente en la escalera mientras escuchan las canciones que improvisan, allá abajo, los amigos de papá (Sérgio Buarque de Hollanda, antropólogo e historiador de brillo académico pero también bohemio y enamorado de la música popular). Animador central de esas noches es, obviamente, Vinicius, gran amigo de Sérgio e iniciador, como dice Miúcha, de una amistad entre los Buarque y los Moraes que ya lleva tres generaciones: ella es íntima de Georgiana de Moraes; y su hija, Bebel Gilberto, de Mariana, la nieta del "poetinha vagabundo".
"Para nosotros era un privilegio -evoca-. Esperábamos que viniera Vinicius, porque entonces sí nos dejaban quedarnos levantados hasta tarde. Sin hablar, sin interrumpir, pero despiertos. Y las reuniones siempre se convertían en fiesta. Vinicius solía traer a casa amigos músicos. Me acuerdo de que así conocimos a Dorival Caymmi, y a muchos otros. Y así aprendimos las viejas canciones de Ismael Silva, Noel Rosa, Ary Barroso o Ataúlfo Alves. Y por suerte las visitas de Vinicius no se interrumpieron ni con las mudanzas. (Los Buarque vivían primero en Río, donde nacieron los cuatro hijos mayores _Miúcha, Sergito, Alvaro y Chico_; en 1946 se mudaron a San Pablo; más tarde, la familia entera pasó en Roma dos años, justo cuando Vinicius, todavía diplomático, se desempeñaba en la embajada en París.) -Mamá tenía mucho miedo de que quisiéramos convertirnos en cantantes. Sólo autorizaba el arte solitario: se podía ser pintor, escritor, pero subir a un escenario estaba prohibidísimo.
-¿Tuviste que esperar a ser mayor para tu debut profesional?
-No. Ahí aparece otra vez Vinicius. Una vez, cuando vivíamos en San Pablo, invitó a papá a una boite muy famosa en esa época, Cave, donde estaba cantando. Como mamá estaba en Río, papá pensó que si iba solo con Vinicius ella iba a enojarse mucho más que si me llevaba a mí, que tenía 16 años. Yo a esa altura me sabía todas las canciones de Vinicius. La cuestión es que pusieron un play back, apagaron la luz, canté y fue lo máximo. Podés imaginar lo que pasó después con papá: mamá casi lo mata. Yo, desde ese día, soñé con ser cantante.
-No eras la única en la familia.
-No, claro, si hasta tuvimos un conjunto vocal en casa, con mis tres hermanas y Chico. En San Pablo teníamos una casa muy grande con jardín y allí había una pequeña construcción donde cantábamos. Nos creíamos en el Carnegie Hall. Lo peor fue que una vez un vecino que nos había oído le comentó a mamá: "¿Es usted la que les enseña a los chicos a cantar, como la familia Trapp?" Creo que estuvo a punto de ponernos una mordaza a cada uno. La música era apreciada y cultivada en casa como una diversión o un entretenimiento. Pero música hecha profesionalmente estaba prohibida. Así fue que todos empezamos a escondidas, Chico también. Parece increíble tanta resistencia, pero no olvides que para la clase media a la que pertenecía mamá, la música popular era una cosa bastante marginal. Pero las puertas de casa estaban abiertas para todos. Imaginate: entre los alumnos de papá, más nosotros siete y los amigos de cada uno, era una fiesta constante.
-Sin embargo, no había radio.
-Es verdad. Fue la babá (niñera), que nos crío y que casi formaba parte de la familia, la primera que tuvo una. A su cuarto íbamos nosotros a aprender todas las músicas de carnaval. Era una especie de campeonato a ver quién aprendía más. Y ahí fuimos descubriendo las armonizaciones, ensayando una tercera voz, una quinta, una sexta. Todo en casa. Y con el respaldo de Vinicius, que tenía, sobre todo, esa capacidad de unir a las personas, de generar la alegría.
Miúcha y los otros
Volvemos a Vinicius. Quizá porque la vida la privilegió poniéndola cerca de tantas personalidades descollantes, por pura humildad o porque piensa que la música no está hecha para hablar de ella, sino para oírla y sentirla, a cada rato Miúcha se olvida de sí misma y habla de los otros. Del poeta que tanto la marcó como persona y como artista, del hermanito célebre al que siempre estuvo muy ligada; de Joâo Gilberto, que fue su marido y sigue siendo su ídolo; de Bebel, la hija que tuvo con el creador de la bossa nova y que ahora se está afirmando como cantante y compositora; de Tom Jobim, con quien compartió discos y shows.
-¿Cuál Vinicius recordás mejor?
-Guardo tantos recuerdos de él. Quizá los que tengo más presentes están vinculados con el show que hicimos en 1977 y 1978 junto con Tom y Toquinho. Estuvo dos años en cartel y marcó el reencuentro de Tom y Vinicius en escena.
-También fue Vinicius quien te enseñó a tocar la guitarra.
-Sí, unos pocos acordes. Los que yo le enseñé después a Chico, algo muy elemental. Vinicius tampoco sabía mucho de guitarra, aunque fue muy buen compositor, un aspecto que pocos recuerdan. En el show vamos a hacer algunas de sus piezas, como la "Valsa de Eurídice".
-En 1977 ya estabas separada de Joâo.
-Sí. Precisamente en 1975, el mismo año en que hicimos el disco con Stan Getz y Joâgrabé por primera vez con Tom, en "Urubú". Después hubo otras colaboraciones. Tom iba a participar en un par de temas de un disco mío, después decidió intervenir en otros dos, y otros dos más, hasta se quedó para el disco entero. Chico también participó (hizo un tema para mí, "Maninha", hermanita) y grabó otras canciones. Tom no quería incluir obras propias; quería que reviviéramos músicas antiguas, de Ary Barroso, de Custódio Mesquita, canciones que yo sabía porque las había aprendido de chica con Vinicius. Después volvimos a grabar juntos en 1979, con acompañantes increíbles como Ron Carter y Oscar Castro Neves y con arreglos de Claus Ogerman, que era el traductor sonoro de Tom. Eramos muy amigos y vivíamos muy cerca, a pasos del bar Veloso (donde Vinicius y Tom crearon "Garota de Ipanema", que es el actual nombre del local). Con Tom compartíamos siempre el ánimo juguetón. Le encantaban las bromas: siempre contaba que en algún hotel de Nueva York lo recibían con un "Good morning, Mr. Bim". Porque allá, decía, su nombre era Jo Bim.
-Vinicius, Jobim, sólo falta Joâo Gilberto. ¿Cómo fue la experiencia con él?
-No fue. Sigue. Me da un trabajo endemoniado. Ahora vive en la esquina de casa, en Leblon. Es una persona con la que es imposible convivir. Pero era mi ídolo. Nunca imaginé que iba a llegar tan cerca. Vinicius era de casa, pero conocer a Tom y a Joâo me parecía un imposible. Cuando me fui a Europa a estudiar artes, anduve de ciudad en ciudad detrás de Joâo, pero no lo pude ver. Finalmente regresé a París. Yo cantaba de vez en cuando en un bar donde se presentaba Violeta Parra -La Candelaria-. Una noche alguien llevó a Joâo a ver a Violeta y Violeta le habló de mí: "Hay una chica brasileña que canta bossa nova", le dijo. El se acercó a conversar conmigo y yo ni me di cuenta de quién era. Su cara no era muy conocida: apenas estaba el retrato de la tapa del disco, en negativo. Pero aquella voz... Me quedé azorada cuando lo reconocí. Después, salimos todos juntos en el auto de unos amigos argentinos; éramos seis o siete; yo me senté atrás, junto a una puerta; había otras dos personas en el medio y Joâo estaba sentado junto a la otra puerta. Antes de subir al auto, me cuchicheó al oído: "En el primer semáforo rojo que encontremos, abrí la puerta y salí corriendo; yo haré lo mismo". Me dio un poco de miedo: pensé en lo ridículo de la situación si el auto se detenía y yo salía corriendo sola. Pero me animé, y ahí empezó el romance. Es loco, pero quizá gracias a esa locura es lo que es.
Miúcha confiesa que nunca vio tamaña capacidad de trabajo como la que exhibe Joâo.
-Es capaz de estar dieciocho horas seguidas estudiando una canción. Solía despertarme en medio de la noche: "A ver a ver, ¿este acorde o éste?" Y a mí ni me daba la cabeza para responderle. Cuando terminaba, cuando agotaba todas las posibilidades armónicas y rítmicas de una canción, perdía el interés. Lo que le gusta no es presentar una canción, es trabajar en ella, estudiarla, inventar caminos nuevos, descubrir relaciones. Y a mí también me gusta ejercitar la música. Y estudiar. Por eso he hecho un curso de ilustración botánica y sigo estudiando guitarra y flauta, de a poco.
-Primero Vinicius, los músicos que venían de visita, tus hermanos; después, Joâo. Siempre estuviste aprendiendo música sin salir de casa.
Mira complacida,chispitas en los ojos que se entrecierran,y suelta la sonrisa generosa: "¿Te das cuenta qué maravilla?"
Nadie se ríe así si no es, de verdad, feliz.




