En el Coliseo, el proyecto liderado por John Zorn tuvo su ceremonia bestial y transformadora
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La experiencia de ver y escuchar en vivo a Moonchild no es fácil de asimilar. Tiene algo de rito, de ceremonia transformadora. Su propuesta es convulsiva, en el mejor sentido. No podía ser de otra manera para John Zorn: su sello es el movimiento (o, mejor dicho, el sacudón). Moonchild no es precisamente su banda, sino uno de sus proyectos, para el que compone y al que dirige. Nació en 2006, a partir de la base de un trío estable: Mike Patton (voz), Trevor Dunn (bajo) y Joey Baron (batería). Y luego, según la obra, se sumaron colaboradores (el mismo Zorn, a veces, toca el saxo). En el caso de Templars: In Sacred Blood (2012), el disco que vinieron a presentar al Teatro Coliseo, convocaron a John Medeski. La elección del tecladista no fue caprichosa: el sonido de su órgano, el Hammond B3, resulta determinante para darle un halo bíblico al sexto álbum de la saga, inspirado en los templares.
Moonchild, entonces, llega por primera vez a Buenos Aires como cuarteto. El set sigue a rajatabla el orden de Templars: In Sacred Blood. No es una lista de temas: es una sinfonía de ocho movimientos. El bajo de Dunn compone la trama de "Templi Secretum", mientras Patton se prepara para hacer su entrada: se mueve como un luchador, como una fiera salvaje que mide a su rival antes de embestirlo. Es el anticipo de su primer grito, del primer gran estallido de la noche: furia de titanes. Los temas transitan de la calma al ruido, detonan y se contienen, con una expresividad instrumental que impresiona, tanto que da escalofríos. Hay algo tenebroso también: Patton saca provecho de su registro más bajo y murmura palabras en latín. Incluso despacha un canto gregoriano, más grave que nuca, al comienzo de "Murder of the Magicians". Baron da cuenta de su pulso jazzístico, pero sólo para llevar al resto hacia el hardcore progresivo.
En la misma senda siguen "Prophetic Souls" y "Libera Me", sostenidos por el ritmo circular y sincopado del bajista y el baterista. Dunn, que marca los cortes, se anima a la distorsión. Y el desvarío toca su techo en "Recordatio". Del aullido al susurro, sobre un riff que no es machaque, sino puro martillazo. Todo levanta vuelo con los toques de Medeski, que ametralla notas a través de un parlante giratorio y golpea las teclas con tenacidad punk. La sensación experimental, de continuo movimiento, contrasta con la idea de la partitura. Pero todo está escrito. Todo salió de la cabeza de Zorn: un compositor que trabaja pensando en sus músicos. Para los bises, justamente, el neoyorquino entra en escena para presentar al grupo y ponerse en el papel de director de orquesta. Así, bajo sus coordenadas y su lenguaje corporal, Moonchild le da vida a dos improvisaciones bestiales. Un cierre perfecto, en plena efervescencia: la consumación del rito.
Por Santiago Delucchi
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