
Mucho más que imágenes suntuosas
Es tan inevitable referirse a la elegancia y la precisión formal cada vez que se habla del cine de James Ivory como apuntar que hay un tema constante que recorre casi toda su filmografía: la tensión entre dos culturas que se contraponen y se influyen mutuamente.
El director norteamericano -aunque muchos lo creen inglés, nació en Berkeley, California, en 1928-, lo ha puesto claramente en palabras: "Siempre me ha interesado la grandeza y la decadencia de las civilizaciones; me apasiona, sobre todo, examinar los diversos modos en que se manifiesta el esfuerzo de una cultura por penetrar en otra y dejar sus vestigios en ella".
Quienes han seguido su obra desde que hace más de 30 años se conoció aquí "De Shakespeare con amour" han podido comprobar desde cuántos ángulos diversos hizo evidente esa preocupación. Primero el escenario fue la India -donde vivió siete años y dio inicio a su colaboración con el productor y también director Ismail Merchant y la libretista Ruth Prawer Jhabvala-; entonces, el objeto era explorar cómo iba desvaneciéndose allí el estilo de vida británico. Más tarde, volvió a Europa para observar las relaciones entre distintas concepciones de vida y entre las culturas de habla inglesa a uno y otro lado del Atlántico, muchas veces buscando inspiración en las novelas de Henry James o E. M. Forster, y echando miradas al pasado con el fin de examinar los cambios que fueron produciéndose en el comportamiento individual y las reglas sociales a medida que iba languideciendo el imperio británico.
Se dice de Ivory que al tomar como punto de partida obras literarias no busca su ilustración sino su traducción, y hay más de un ejemplo del éxito que lo ha acompañado en ese empeño, de "Un amor en Florencia" y "La mansión Howard" (ambas sobre Forster) a "Los europeos" y "Amarás a un extraño" (sobre James), sin olvidar "Lo que queda del día", donde Anthony Hopkins sintetizaba en una mirada inolvidable la intensidad de un amor silenciado por el deber y arrinconado en la más secreta intimidad.
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Un extenso ciclo que el British Art Centre (ver nota aparte) está desarrollando los martes invita a repasar parte de lo mejor de la obra de Ivory, de "Los europeos" (1979) a "La hija del soldado nunca llora" (1998), quizá con el detenimiento necesario para comprobar que, por encima de sus pasos en falso -que los ha tenido y que este ciclo ha preferido pasar por alto con buen criterio- suele haber en sus films bastante más que esa suntuosidad visual y ese refinamiento estético que algunos le echan en cara como si fuera un mero artificio ornamental.





