Murió Cheikh Gueye, integrante de La Bomba de Tiempo y Pan

El senegalés Cheikh Gueye, que falleció hoy, deja su fuerte impronta en el universo de la percusión local.
El senegalés Cheikh Gueye, que falleció hoy, deja su fuerte impronta en el universo de la percusión local.
Humphrey Inzillo
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23 de marzo de 2020  • 12:20

"Mi swing", eso decía Cheikh Gueye cuando le preguntaban que era lo que sentía que él le aportaba a La Bomba de Tiempo. Lanzaba su sonrisa canchera y se reía.

Este músico senegalés de 52 años, que actualmente también integraba Pan, el grupo de Santiago Vazquez, falleció anoche de un paro cardíaco en el Hospital Penna, donde se encontraba internado desde el viernes pasado. Le habían detectado una patología el viernes pasado y estaba en observación, pero su corazón dijo basta.

"Cuesta reaccionar. Es increíble e imposible. Quién sabe cuántas aventuras habrá atravesando. Nuestro querido y admirado amigo era como un animal sagrado: venerado, misterioso y benefactor. Cada cual tendrá su Cheikh.", escribió Santiago Vazquez en la cuenta de instagram de Pan. "El que nos tocó a nosotros en Pan era cariñoso, desapegado de los objetos, y extremadamente fiel con sus amigos. Un músico, bailarín y director tremendo. Una estrella de quien no dejamos de aprender en cada concierto. Creo que era para toda la música argentina, una presencia significativa. Un mensajero nómade que nos trajo, tocando y bailando, la hermosura de su cultura Wolof, y que decidió quedarse acá a vivir con nosotros y para nosotros. Gracias Infinitas Cheikh. Ahora sigue tu viaje."

Querido y admirado por sus compañeros de La Bomba de Tiempo, Cheikh era el distinto, el mago, el desequilibrante de ese seleccionado de notables percusionistas. Sus compañeros se referían a él con devoción. Como Luciano Larocca, que explicaba: "¡Cheikh hace cualquier cosa con las manos y le sale buenísimo siempre!". O Diego Sánchez: "Para Cheikh, el arte de cuantización de la música occidental es superextraño. Pero hay veces que lo escuchás tocar una subdivisión y tenés que hacer un esfuerzo muy grosso para entenderlo".

Cheikh había empezado a tocar el tambor a los 7 años, bajo la tutela de su maestro en el arte de la cultura sabar, el ritmo característico de su lugar de origen. "Cada país tiene su música. El sabar es la música del Senegal. Nosotros tenemos una cultura que no llega desde otro lado. Los tambores comunican a la gente, a la noche, su sonido indica dónde son las reuniones nocturnas. La música es para disfrutar. Bajo nuestra óptica, la cultura y la religión son dos cosas diferentes. El tambor lo tocamos para la gente que quiere bailar y disfrutar, y también para los guerreros. No creemos en los toques religiosos... En nuestra tribu, en tiempos de guerra, los tambores están a la vanguardia y tienen la función de intimidar a las tribus enemigas", contó en el libro La Bomba de Tiempo, Ritual y ritmo, que escribimos con Gabriel Plaza.

A los 17 años, se había sumado a un grupo de percusión y danza sabar, y con ellos viajó varias veces por Europa. "Tenerife, Lanzarote, Palmas de Mallorca, Las Palmas...", enumera. Pero, después de tanto trajinar, y fanático del fútbol, decidió cruzar el charco con la ilusión de conocer a su ídolo, Diego Maradona. Primero pasó un par de semanas en Porto Alegre, luego se fue a vivir a Montevideo. En el Barrio Sur se hizo amigo del legendario tamborero Lobo Núñez y de sus hijos, Noé y Fernando, que le enseñaron los secretos del tambor chico. "Yo todavía no hablaba casi nada de español, así que nos comunicamos esencialmente a través de los tambores", explicaba. "Para mí fue un flash, porque en Senegal el tambor se toca en rondas, no se toca caminando. Tocar tantas horas caminando fue algo nuevo, nunca había visto algo así... ¡El candombe es lo mejor que hay!".

Después de esa masterclass extendida de cultura afro-uruguaya, Cheikh llegó finalmente a Buenos Aires. Y, curiosidades del destino, se fue a vivir a unas cuadras de la cancha de Argentinos, en el barrio porteño de La Paternal, ahí adonde Diego Maradona debutó con el famoso equipo de los Cebollitas. "La ciudad me recibió re-bien", celebra. "Yo aprendí en cada uno de los lugares en los que estuve, pero acá aprendí más que en ningún otro lado. Este es el único país en que se comparte todo, de todo. No existe otro país como Argentina".

Llegó en 2006 y empezó a dar clases en los parques ("Plaza Once, varios lados..."), hasta que un amigo lo llevó a tocar como invitado de La Bomba. Enseguida lo convocaron a ser parte del grupo. "Al principio me costaba aprender las señas, porque no tenían nada que ver con mi cultura. Pero cuando me invitaron dije: «OK, soy músico, tengo que aprender cosas nuevas». Con mucha paciencia, mirando y escuchando, fui entendiendo de a poco. Los que no entienden nada son mis amigos en Senegal. Cuando les cuento, o les mando fotos o videos, no lo pueden entender. «¿Qué es una seña?», me dicen. Yo algo les explico, pero no hay modo de que lo entiendan".

En tiempos de la cuarentena por el Coronavirus, y ante la imposibilidad del encuentro social (del velorio, del sepelio), los tambores volverán a ejercer su rol de comunicadores a la distancia, y sonarán fuerte en las casas de quienes conocimos su sonrisa constante, su ritmo ancestral, su swing inolvidable.

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