Albert Ayler, el artista maldito del jazz
Cuando, a fines de 1970, Albert Ayler apareció flotando en el East River de Nueva York como si se hubiera ahogado la noche anterior, llevaba desaparecido veinte días. Tenía treinta y cuatro años y nadie lo conocía fuera del gueto de los vanguardistas, donde, luego de varias temporadas en Europa y seis álbumes grabados para el mismo sello de John Coltrane, su protector, se había hecho temer pero no respetar. Por eso, a pesar de tan extraña muerte y de una obra única por su contenido místico y expresión rabiosa, no hicieron de él un mártir o una leyenda.
Albert Ayler fue el más grande artista maldito del jazz, no en el sentido romántico que ha adquirido la categoría, sino en un extremo trágico, con todo el dolor que implica haber sido tomado a risa, expulsado a gritos en medio de un solo -que no eran tan largos ni incoherentes como se ha dicho-, acusado de analfabetismo musical y de ser un bárbaro del saxofón, algo así como la encarnación de todos los excesos atribuibles al free jazz.
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Lo cierto es que no era culpable de nada de eso; su música sonaba elemental, primitiva, fervorosa y descontrolada, al servicio de un discurso sin restricciones, pero no caótico, y aunque nunca hubo lugar para otra propuesta espiritual que la de Coltrane, las composiciones de Ayler -mezcla de marchas fúnebres y militares, clarinadas, himnos gospel y residuos del jazz antiguo, con títulos como "Espíritus", "Fantasmas", "Brujas y demonios" o "La verdad viene marchando"- tenían estructura clara, extensión más lógica, un desarrollo atropellado, pero coherente, y lograban transmitir una convicción religiosa realmente conmovedora.
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Lo que ofendió a fondo fue la técnica que había creado para buscar a Dios tocando el saxo tenor, lo que él llamaba "el grito silencioso" y era en realidad un alarido que metía miedo por su potencia, la falta de relación con cualquier gentileza musical y una intensidad como nunca se volvió a lograr en el jazz. Un sonido inolvidable hasta para quienes lo toleraban por unos pocos segundos y que obtenía soplando desde el fondo de la garganta las cañas más duras que se podían encontrar.
Albert Ayler y sus pocos álbumes, junto con todo el jazz free de los años sesenta, han permanecido intencionalmente olvidados, y si su nombre vuelve a cobrar actualidad periodística no es porque haya surgido algún interés por ese esplendoroso período, sino gracias a la edición de "Espíritu Santo", un cofre cuadrado que contiene un libro de doscientas páginas, reproducciones facsimilares de la revista Cricket y otros panfletos de época, una fotografía ajada del músico en la niñez, su caligrafía en papel con membrete del hotel Esplanaden, una nomeolvides seca y, bien en el fondo, como significando que no es lo principal de este excepcional tributo, diez discos compactos de los cuales sólo ocho contienen fragmentos de música.
La descripción podría corresponder a otra de esas incómodas extravagancias discográficas que terminan olvidadas en algún rincón, pero basta su apariencia de caja negra tallada, con información clave de la catástrofe Ayler -no la explicación de su muerte, pero sí muchos secretos de su vida- para volverla atractiva y, por el libro y las dos horas y media de conversaciones, imprescindible para cualquier interesado en la personalidad de este renegado genial.
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Los discos con música -toda inédita, a veces trunca y de sonido imperfecto- no agregan nada que supere las grandezas conocidas, pero completan conciertos publicados en forma parcial, permite escuchar formaciones que nunca grabaron y registra momentos cruciales, como fueron su fugaz participación en un cuarteto de Cecil Taylor y los seis minutos y medio que a fines de julio de 1967 tocó en el funeral de John Coltrane, que lo había dejado programado como último deseo. Un respaldo póstumo que no consagró a Albert Ayler como su sucesor, porque ésa era la idea.







