Andrés Calamaro protagonizó una noche memorable en el Movistar Arena
Este martes, el exintegrante de Los Abuelos de la Nada y Los Rodríguez inició su serie de cuatro conciertos en Villa Crespo
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Andrés Calamaro. Músicos: Andrés Calamaro (voz, guitarra, teclados), Javier Kanevsky (guitarra), Mariano Domínguez (bajo), Andrés Litwin (batería), Germán Wiedemer (teclados), Brian Figueroa (guitarra), Pablo Fortuna (saxo tenor) y Andrés Ollari (trompeta). Lugar: Movistar Arena. Nuestra opinión: excelente.
Pocos artistas se han vuelto tan habitués del Movistar Arena como Andrés Calamaro. El músico fue de los primeros en pisar el escenario del microestadio de Villa Crespo en 2019 y convirtió su paso por el lugar en una sana costumbre anual de reencuentro con su público. Sin álbumes nuevos en su discografía desde 2018 (la única excepción fue Dios los cría, un disco de colaboraciones, lanzado en 2021), Calamaro se encargó de que cada ciclo de conciertos fuese una celebración de su repertorio, un cancionero imbatible que tuvo en esta última entrega su versión más abarcatiba. En poco más de dos horas, Calamaro y su banda hicieron un repaso por varios rincones de su obra solista, y también se tomaron su tiempo para rendir justo homenaje a Los Rodríguez y Los Abuelos de la Nada.
De rigurosa ropa negra al igual que sus músicos, en la noche del martes Calamaro se limitó a respetar a rajatabla el título de su gira actual, que lleva por nombre Como cantor. Ya fuera empuñando su guitarra o sentado detrás de su teclado, el autor de “Cuando te conocí” redujo al mínimo sus intervenciones frente al micrófono para cualquier otra cosa que no fuera cantar. Lo que ofreció a cambio fue una selección que pegó fuerte de entrada con “Todavía una canción de amor” y “A los ojos”, de Los Rodríguez, con la propia “Mi gin tonic” como bisagra entre ambas. Secundado por una banda más que ajustada, Calamaro se permitió sumarle un tinte soulero a “Carnaval de Brasil” gracias al aporte de una sección de vientos justo antes de pasar a las teclas para rescatar “Pasemos a otro tema”, un acto de justicia para su disco Nadie sale vivo de aquí, de 1989.

Pasada “Loco”, “Crímenes perfectos” tuvo una muestra del peculiar sentido del humor de Calamaro: mientras sonaba una de sus baladas más conmovedoras, lo que se veía en la enorme pantalla de fondo eran imágenes de los helicópteros de la famosa escena de la Cabalgata de las Valquirias de Apocalypse Now. Y de ahí al único invitado de la noche: Santiago Motorizado se sumó para compartir el protagonismo en “Cuando no estás” antes de un medley en el que convivieron “Señal que te he perdido”, “Te quiero igual” y una viñeta de “No Woman, No Cry”, de Bob Marley & the Wailers. Y como prueba de la fastuosidad de su acervo, antes de promediar la primera hora de show, Calamaro se despachó con “Costumbres argentinas” con la tranquilidad de tener hits de sobra para el resto de la jornada. Las imágenes de Diego Maradona en el Mundial de México 86 hicieron el resto del trabajo.
Hacia la mitad de la noche, Calamaro pareció dispuesto a respetar lo máximo posible la premisa de la gira y dejó los instrumentos de lado, primero al frente de “Bohemio” y su aire de tabaco y madrugada, y después con una versión de “Garúa” (“una lluvia finita”, diría en tono didáctico para la platea), el tango de Troilo y Cadícamo en una clave más cercana a la del latin jazz.
El formato del show también permitió volver a poner en rotación a temas que llevaban una década o más sin ser parte del vivo, como lo dejó en claro una versión de “Tres Marías” (que no sonaba desde 2013) a la que rescató la efectividad todoterreno de “Mil horas”, que también regresó después de varias temporadas en el banco de suplentes.
Entre tanto despliegue de éxitos, el deep cut de Los Rodríguez, “Una forma de vida”, pareció poner a prueba a quienes manejaban un conocimiento poco más que tangencial de su repertorio, pero la escena duró poco. Ahí nomás, Calamaro y su banda desplegaron una versión de “Mi enfermedad” acompañada de imágenes de tauromaquia (al fin y al cabo, las corridas de toros son la debilidad de Andrés), en lo que fue el comienzo de una última estocada con las guitarras al frente, que siguió con “El salmón”, el proto punk de “Palabras más, palabras menos” y “Alta suciedad”, que sonó tan contundente como el tiranosaurio rex que se paseaba por la pantalla trasera.
Lejos de escatimar la intensidad para el cierre, Calamaro pareció empecinado en duplicar la carga en cada peldaño de la entrega final. Del coreo masivo de “Sin documentos” (una rumba hecha a escala de una guitarra eléctrica) a la súplica a corazón abierto de “Paloma” y la despedida en plan fogón masivo de “Flaca”.

Tras unos minutos, “Output-Input” se sostuvo gracias a la enjundia generada por las guitarras de Julián Kanevsky y Brian Figueroa, con citas al pasar de Deep Purple y Led Zeppelin. Y como Calamaro es también una fuerza impredecible, en vez de dedicar el final de “Estadio Azteca” para incluir la cita del Martín Fierro de la que se desprende el nombre de su actual espectáculo (“Gracias le doy a la Virgen, gracias le doy al Señor, porque entre tanto rigor y habiendo perdido tanto, no perdí mi amor al canto ni mi voz como cantor”), el músico optó por agradecerle a Chiqui Tapia “por traernos la copa”.
De vuelta con guitarra eléctrica en mano, para el cierre Calamaro comandó una versión contundente de “Los chicos”, ese himno compuesto para los amigos que se fueron antes de tiempo, con un cambio en su acompañamiento visual. Lo que en el último tiempo era un repaso por los retratos de sus colegas y acérrimos (en su último Movistar, un seleccionado que incluía entre otros a Maradona, Gustavo Cerati y Ricardo Iorio compartía un asado imaginario inspirado en La última cena, de Marcos López) ahora tuvo imágenes recreadas con IA de los soldados de Malvinas y las Madres de Plaza de Mayo, para terminar en un retrato sonriente de Hebe de Bonafini. Terminado el tema, Calamaro se retiró con el mismo gesto silencioso con el que había entrado al tablado dos horas antes, con la certeza de que no tiene sentido querer pelearle el protagonismo a un repertorio como el suyo.
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