
Baile popular, con escarapela
Guerra rockeó, se rió con Bach y simbolizó el ser argentino
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Mientras Calamaro y Fito se animaban a los tangos y otros nombres célebres del rock local cantaban desde los parlantes "una que sepamos todos", las butacas del Gran Rex se agitaban en la previa de una función de perceptible expectativa; se movían al ritmo de los que recién llegaban, de los que inquietos se acomodaban y de los espectadores estelares que cruzaban -también con miradas- saludos cómplices. A sala llena y casi media hora después de lo previsto, el telón se corrió.
Como la espera -no ésta, sino la que Maximiliano Guerra alimentó en casi dos años de ausencia en los escenarios de Buenos Aires- había sido larga, el preámbulo de veintipico minutos a los bailes de Argentino se topó con una platea algo impaciente: primero, se repasó en pantalla gigante la carrera del notable bailarín, que a los 40 no se retira -con similar criterio de selección, una edición en video sobre su trayectoria cierra actualmente las funciones de Julio Bocca en el Ultimo tour -. Y luego de aquella suerte de collage de grandes interpretaciones (clásicas, modernas, arrabaleras) acompañadas por críticas en off y declaraciones del propio artista ("siempre propongo algo nuevo"), finalmente Guerra salió al escenario de punta en blanco para... ¡¿cantar una canción?! "Qué bueno estar acá/ de nuevo en casa/ Argentina/ con vos me siento en casa".
Después sí, la primera de las seis obras que componen este espectáculo ofreció al público lo que había ido a buscar: danza, a los pies de un as de los giros y los saltos, gran partenaire y emblema de un arte que, de la mano de sus máximos referentes, transita el camino hacia la popularidad.
Con el Ballet del Mercosur y la bailarina invitada Gabriela Alberti como Nikya, La Bayadera inauguró la primera parte de una propuesta que en su conjunto confirmó la intención de agradar al gran público, ofreciendo coreografías clásicas (la del histórico tándem Minkus-Petipa, revisitada por la maestra de la compañía, Gabriela Pucci), contemporáneas ( 4.1, breve pieza del brasileño Sergio Berto para cuatro bailarines varones), humorísticas ( Preludio de una noche estrellada, pas de deux con música de Bach, que entre porrazos, patadas y enredos tontos se ríe del ballet con simpleza muda).
Seru y Cerati tomaron la posta para amenizar el intervalo con más rock de acá, una bandera que Guerra había agitado para promocionar este espectáculo y que, efectivamente, atrajo mayor cantidad de jóvenes que la que suele verse en las funciones de ballet.
La segunda parte, íntegramente compuesta por obras de su autoría, contó con la decena de integrantes femeninas del Ballet del Mercosur, embarazadas, para Bianconero; movidas y movilizadas, frente a la imagen de una ecografía gigante y música de Massive Attack. Otra vez con Alberti, Guerra se lució en el pas de deux La última luna y reservó esa energía que lo impulsa, alto, para el cierre, con Argentino y la Bersuit.
El pelado Cordera le pone voz a aquello que el bailarín, coreógrafo y director siente: "Orgullo de ser argentino, con sus pros y sus cosas no tan lindas", había dicho a LA NACION. Un pacto, El viento trae una copla, El tiempo no para y La argentinidad al palo -tracks tomados en sus versiones en vivo- le dieron a Guerra lo que buscaba: bases folklóricas e intención rocker para cargar la escena de disparadores generacionales, símbolos patrios y apelaciones a la fibra íntima del público local. De un vestuario de pampa húmeda a la resignificación del pañuelo, de la chacarera a la Plaza de Mayo, del carnavalito contemporáneo al golpe al pecho con puño cerrado. Todo muy celeste y blanco.
Al palo , con Los Abuelos cantando "Costumbres argentinas", la gente lo saludó de pie, como a un ídolo popular.





