
Bandoneones siglo veintiuno
Son la posta generacional que el tango necesitaba para no morir, según maestros como Leopoldo Federico
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La historia del género tango no hubiera sido la misma sin el bandoneón. Por eso, cuando en los ochenta la raza de bandoneonistas había llegado prácticamente a su fin y una nueva camada no había asomado en el horizonte, la preocupación había alertado a dos grandes del instrumento como Leopoldo Federico y José Libertella. "Una vez que no estemos más, ¿quién sigue con esta historia?", se habrían preguntado.
El tiempo se encargó de responder la pregunta que pasó a formar parte del jugoso anecdotario tanguero. "Pasaron veinte años hasta que aparecimos unos pocos pibes tocando el fueye . Era verdad que no sabían qué iba a pasar con el tango. Mi viejo, al igual que Federico, me decía lo mismo, que se acababan los bandoneonistas. Hubo un vacío enorme entre la generación de los últimos bandoneonistas, como Julio Pane y Néstor Marconi, y los nuevos, como Alejandro Zárate, Walter Castro, Marcelo Nissinman y yo", argumenta Carlos Corrales, tercera generación de bandoneonistas en su familia. El músico, de 30 años, es uno de los primeros bandoneones de la actualidad y uno de los más respetados entre sus jóvenes colegas. No por nada en la sesión de fotos con LA NACION todos le ceden la ubicación del centro.
Corrales toca en la Orquesta de Tango de la Ciudad, en la Orquesta Juan de Dios Filiberto, en su trío junto al contrabajista Horacio Cabarcos y el pianista Andrés Linetzky, y en toda agrupación que necesita un fueye experimentado y virtuoso. Es un "tapado" del ambiente, pero uno de los primeros fueyes de la actualidad. Por suerte, no es el único.
A la lista de primeros bandoneonistas se deben sumar los nombres de Alejandro Zárate (34), Walter Castro (35), Horacio Romo (28), Camilo Ferrero (31), Luciano Sciarreta (22) y Federico Pereiro (22). Además de músicos como Marcelo Nissinman, radicado en el exterior, Pablo Mainetti, que gira por el mundo y tiene su propio quinteto, Mariano Signa y Luciano Jugman, entre un semillero que crece día tras día.
El bache generacional
"Es una maravilla que sólo la puede crear esta ciudad, que es la otra gran maestra; si no, no se puede explicar -sostiene Julio Pane, maestro de varios músicos de esta camada-. El ultimo bandoneonista en aparecer en los años 60 fui yo y pensaba, como Federico, que el tango se terminaba ahí. Todos estos pibes nacieron con un bache generacional importantísimo. Ya no había orquestas y encima la aparición del Club del Clan parecía que iba a terminar con los intérpretes de tango. Sin embargo, todo eso se pudo solucionar porque han nacido en esta ciudad. El medio no estaba para que aparecieran bandoneonistas y, sin embargo, se confirmó una vieja teoría mía: aunque haya cemento, las margaritas crecen."
Estos jóvenes intérpretes tienen varias cosas en su favor: el bajo promedio de edad, la técnica depurada y que no se encierran en un solo estilo. "Todos tienen una excelente técnica y muchos son primeros bandoneones. A diferencia de anteriores generaciones los veo mucho más abiertos a otros géneros, como la clásica o el jazz, y no cultivan un solo estilo, sino que son mucho más amplios, pero se preocupan por conocer el tango en su totalidad", subraya Néstor Marconi, que enseña en Sadaic y ve pasar por su clase a varias promesas. "Lo bueno de estos chicos de entre 20 y 30 años es que son la continuidad para que el género se siga desarrollando", agrega.
Están influidos por Astor Piazzolla, Aníbal Troilo, Pedro Maffia o Pedro Laurenz, pero reconocen a Leopoldo Federico como la síntesis sonora del instrumento: el músico capaz de tocar todos los estilos muy bien. Aunque la principal formación fue a través del estudio con maestros como Marcos Madrigal, Julio Pane, Néstor Marconi y Rodolfo Mederos. Ellos, como otros "docentes", se transformaron en el mejor reemplazo de las orquestas, debido a su desaparición, donde los músicos de otra generación aprendían los secretos del bandoneón.
"Cualquier pibe técnicamente te puede dar vuelta porque tienen mucho estudio encima -sostiene el músico Alejandro Zárate, referente de esta generación-. Quizá todavía falta que pase el tiempo para que más gente adquiera el oficio de tocar a primera vista o una parrilla. En ese sentido, la Orquesta Escuela es un semillero interesante, porque ya no quedan orquestas donde aprender los estilos del género”. El bandoneonista debutó a los 15 años con Armando Pontier en el Viejo Almacén. Pasó por la orquesta de Varela, el Sexteto Tango y hoy integra el grupo La Esquina, con el que toca en la Esquina Carlos Gardel.
Zárate fue uno de los primeros de esta generación de recambio que apareció tocando el instrumento. Por esa época, a mediados de los años 80, el panorama de jóvenes bandoneonistas era un desierto. “Era muy contrastante alguien de mi edad en una fila de cuatro bandoneones con un promedio de sesenta años. Cuando me fui a probar con Pontier lo que le llamó la atención es que tenía el pelo largo. Por esa época ya andaban Carlitos Corrales, Nissinman y Walter Castro, pero después empezaron a salir muchos más. Quizá la imagen y la música de Piazzolla tuvieron que ver con eso.”
Los que tienen un trecho más largo recorrido, aquellos que comenzaron a tocar en la adolescencia, empezaron a formar sus propios grupos. Como Walter Castro, un “veterano” entre los jóvenes, que no deja de girar por el exterior junto al pianista Pablo Ziegler o acompañar a cantantes como Adriana Varela o Julia Zenko. Muy distinto del caso de Horacio Romo, que en poco tiempo se transformó en una figura precoz y pasó a integrar varias agrupaciones, como el Quinteto Suárez Paz. Con 28 años, fue invitado a tocar con la Filarmónica de Londres el concierto para bandoneón de Astor Piazzolla.
“No me considero un virtuoso ni es algo que me interese. Me gusta tocar la obra de Piazzolla, que para mí es un referente. Pero aprendí que para llegar a él primero hay que pasar por todos los estilos: Troilo, Pugliese Salgán, Di Sarli, porque también se formó con ellos. Otros referentes de hoy son Leopoldo Federico, Pane y Marconi. Y de mi generación destaco a Corrales, Zárate, Mainetti, Nissinman, que son arregladores. Pero también hay muchos chicos que son muy buenos, como Camilo Ferrero o Luciano Sciarreta.”
El bandoneonista, que también es asistente de dirección en la Orquesta Escuela, está cumpliendo con su destino. “Antes de que naciera mi viejo había dicho que si era varón iba a tocar el bandoneón. Tuve la suerte de que me fue bien. Con el tiempo me gustaría tener mi propia formación y hacer tango tradicional, de la época, sin salir de las fuentes.”
Hay instrumentistas que siguen la escuela tradicional del tango y otros que buscan reflejar esta nueva etapa. Para Carlos Corrales la respuesta es fácil: “Tenés que mirar para atrás y empaparte de los Maffia, Laurenz, el Gordo y mezclarlos con tus nuevas influencias, pero siempre con una raíz, porque si no sos un híbrido. Esto es tango y el tango se vive, se sufre y tenés que sentirlo. Podés hacerlo más moderno o tradicional, pero lo importante es expresar lo que uno lleva adentro”.
Los siete fueyes
Carlos Corrales: pasó por la orquesta de José Basso. Tocó con Grela, Salgán, Federico y ahora tiene su propio trío.
Alejandro Zárate: a los 15 años entró en la orquesta de Pontier. Tocó con De Angelis y el Sexteto Tango.
Horacio Romo: es primer fueye del quinteto Suárez Paz. Fue invitado a tocar con la Filarmónica de Londres.
Walter Castro: gira por el mundo junto al pianista Pablo Ziegler.
Camilo Ferrero: es primer bandoneón de El Arranque.
Luciano Sciarreta: integra la Orquesta Escuela que dirige Emilio Balcarce.
Federico Pereiro: toca en el grupo de La Esquina Carlos Gardel.




