
Barenboim dirigió la fiesta en el Obelisco
Condujo a la Filarmónica de Buenos Aires, que interpretó un repertorio de tangos ante más de 10.000 personas
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No había que ser muy sagaz ni avispado para comprender que algunas de las condiciones que rodeaban la presentación de Daniel Barenboim en el Obelisco, para dirigir un concierto de tangos sinfónicos, distaban mucho de ser las ideales. Pero, esencialmente, podían ser reducidas a dos: el momento de la convocatoria, sobre el filo de la cena de fin de año, y la poca difusión previa que se le dispensó al hecho.
Con respecto al horario, queda en claro que este evento fue pensado para su transmisión en vivo a Europa como concierto de Año Nuevo y que el horario fue determinado por esta circunstancia; las cuestiones de prensa tuvieron que ver con el poco tiempo que la agenda de Barenboim pudo otorgar para venir con alguna antelación mayor. Pero, además, y esto fue estrictamente circunstancial, hubo que agregarle ese calor agobiante, intenso y también desalentador. Sin embargo, ante más de 10.000 personas que de pie se apiñaron con entusiasmo y paciencia, Barenboim se las ingenió, a puro carisma y mucho talento, para construir una verdadera fiesta, atractiva y emocionante. Más allá de las condiciones climáticas, sólo cabe conjeturar cuántos miles y miles más habrían podido haber llegado hasta el centro porteño de haber tenido lugar este concierto un día antes o un día después.
Media hora más tarde de lo que estaba anunciado para el comienzo, Barenboim entró al escenario y una verdadera ovación, clara muestra de admiración y agradecimiento, le dio la bienvenida. Se paró frente al piano de cola que, salvo dos ocasiones puntuales, ofició sólo de atril para sus partituras y, batuta en mano, condujo un arreglo de tangos de Gardel, comenzando con "Mi Buenos Aires querido" y terminando con "Cuesta abajo". Y desde esta selección hasta "A fuego lento", de Salgán, ofrecido más de dos horas más tarde, el espectáculo se basó en la alternancia de las interpretaciones de la Filarmónica de Buenos Aires, mayoritarias, con las de la Orquesta de Leopoldo Federico, tal vez el mejor ensamble tanguero de la actualidad. En todo caso, ésta fue una opción muy saludable para evitar una posible sobredosis de ultraelaborado sinfonismo tanguero. Y es menester aclarar que las ejecuciones de Federico y compañía, más populares y con otros aromas y sabores, ciertamente, no fueron menos trabajadas ni carecieron de alta sofisticación.
Espontaneidad y calidez
Barenboim es un maestro en el arte de la comunicación. Con una espontaneidad que no parece fingida ni actuada, tomó el micrófono en innumerables ocasiones y con su castellano de acento indefinido estableció un contacto fluido y sumamente cálido con la multitud. Habló de Gardel, de su casa natal en la calle Arenales, de su respeto por Horacio Salgán; elogió, merecidamente, a Leopoldo Federico, y demostró una capacidad especial para generar un acontecimiento en el cual artistas y espectadores se reúnen en una sola entidad performática, usual y de norma en los conciertos de música popular y totalmente infrecuente en el ámbito académico.
En lo musical, el sonido amplificado, con las limitaciones forzosas que el hecho impone, fue más que razonable. Sin embargo, obviamente, en el montaje de estos grandes conciertos, las posibles deficiencias acústicas son secundarias ante la posibilidad de alcanzar otro tipo de vivencias colectivas. Con todo, la calidad sonora fue suficiente como para poder disfrutar de la muy buena ejecución de la Filarmónica y de los muy inteligentes arreglos de José Carli. Las adaptaciones de Carli sobre tangos de Gardel, De Caro, Piazzolla y Salgán, entre otros más, revelaron mucha pericia como para poder otorgarles a las piezas contrapuntos, armonías nuevas, colores y una gran variedad instrumental, y, al mismo tiempo, no perder nunca la claridad de la línea de los bajos, un tipo peculiar de marcación métrica y ciertas figuras rítmicas propias del tango argentino, tres elementos imprescindibles para denotar un perfil rioplatense en serio riesgo, habida cuenta de la irremplazable ausencia del bandoneón.
Barenboim estuvo lejos de marcar pulsos y conducir a la orquesta por las rutinas del armado y el ajuste. Se compartan o no sus lecturas o fraseos, Daniel le imprimió a la Filarmónica un sonido diferente y una interpretación propia. Dos músicos, todavía en estado de fascinación, comentaban a la salida del concierto que en sólo algunos minutos del primer ensayo Barenboim, estimulante y pedagógico, les cambió tipos de toque, ordenó aspectos de afinación y de balances y les enseñó modos de "decir" las frases de Gardel diferentes de las de Piazzolla, por ejemplo, a tal punto que, ya en el primer ensayo, la orquesta sonaba diferente y mejor.
Del concierto se pueden recordar momentos particularmente logradísimos. "La cumparsita", tocada dos veces, antes y después del discurso de Año Nuevo que, en alemán y, luego, en francés, Barenboim pronunció para los espectadores europeos, las presencias de Mora Godoy y Junior Cervilla, bailando "Milonguero viejo", y la de Carlos Gari, cantando "Naranjo en flor", en ambos casos, con el acompañamiento de la orquesta de Federico, un arreglo fantástico para vientos y percusión de "El firulete", milonga de Mariano Mores, que tuvo una realización impecable, afinadísima y exacta, la interpretación de una selección de tangos tradicionales y muy camperos a cargo de la orquesta de Federico, la cadencia de apertura de "Adiós, nonino" -en la cual Barenboim, en el piano, demostró su inmensa riqueza técnica y toda su expresividad-, la presencia de Salgán sobre el escenario por invitación de Barenboim, la entrega de un regalo que Pablo Saraví, en nombre la orquesta, le otorgó al director, la presencia de Federico como bandoneón solista para hacer "Tanti anni prima", de Piazzolla, junto a la orquesta y, no es poca cosa, la felicidad de la gente que toleró estoicamente un calor opresivo y la falta de transporte público para volver a los hogares a festejar la llegada de 2007.
En este sentido, entre las aspiraciones para el nuevo año, tal vez alguien haya soñado con que Barenboim retorne en algún momento para dirigir a la Filarmónica con otro repertorio y -¿por qué no?-, alguna ópera en el Teatro Colón. Pero para eso habrá que esperar que termine 2007 y expresar el deseo para después de mayo de 2008.

