
Berman toca con su hijo
El pianista ruso actuará mañana en el Gran Rex, acompañado por el violinista Pavel Berman
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"Cuando toco con Pavel, no toco con un hijo sino con un colega."
Mañana, cuando el pianista ruso Lazar Berman se presente en la sala del Gran Rex (a las 21, junto a su hijo, el violinista Pavel Berman) se reeditará la estimulante experiencia vivida por el público argentino en todas sus visitas anteriores, desde que se lo conoció en un recital de la Asociación Wagneriana, hace ya 25 años. En aquella ocasión, Berman dejó bien en claro que no se trataba de un intérprete de rutina, porque su programa estaba integrado por obras del ciclo "Años de peregrinaje", de Liszt; seis Preludios de Shostakovich y "Cuadros de una exposición", de Mussorgsky, tres creadores que plantean exigencias extremas a un pianista y lo someten a una prueba de alto riesgo, sin red.
Así fue en posteriores visitas y también en los programas formulados para sus actuaciones, en los que se hacía evidente su severidad como músico y su falta de concesiones como intérprete. Se trata de una mentalidad forjada en férreas disciplinas adoptadas desde la infancia porque, ya a los seis años, Lazar Berman hizo su presentación en el escenario del Bolshoi, en un festival de jóvenes solistas escogidos para una producción discográfica con obras de Mozart.
Los años duros
Berman, que nació en Leningrado el 26 de febrero de 1930, ingresó en 1939 a la Escuela Central de Música de Moscú; y nueve años más tarde fue tomado de manera personal por Goldenweiser, un maestro legendario de ese instituto que lo tuvo bajo su control hasta 1953, en que pasó a manos de otra distinguida personalidad pedagógica de la ex Unión Soviética como fue Sofronitzki. Bajo esos cuidados, la vida concertística de Lazar Berman empezó a expandirse, primero dentro de los países pertenecientes al Pacto de Varsovia, hasta que en 1971 logró que se programaran actuaciones suyas en Italia, donde tocó el Concierto N° 1, de Tchaikovsky, con orquesta dirigida por Herbert von Karajan.
Esa era la tierra donde vivía su pianista más admirado, Arturo Benedetti-Michelangeli, y por eso Berman eligió Roma como su nuevo hogar. Allí lo llamó La Nación , días pasados, para conversar sobre su nueva visita a la Argentina, esta vez, con su hijo, el violinista Pavel Berman.
-Usted recorrió las últimas dos o tres generaciones de pianistas y fue testigo de varios cambios. ¿Cómo se toca ahora?
-El concepto de la interpretación cambia permanentemente, porque la música y los músicos no son organismos congelados, sino sensibles a los cambios en la vida. Hubo un momento en que se tocaba de manera agresiva, para obtener sonoridades nuevas. Ahora, las nuevas escuelas interpretativas apuestan a una ejecución menos fuerte del instrumento. Hay vehículos más sensibles para reproducir el sonido. El CD no es lo mismo que el disco LP.
-En los tiempos en que usted se formaba y posteriormente actuaba en la ex Unión Soviética, había allí una gran cantidad de pianistas de los que se sabía muy poco en los países occidentales, aunque no se ignoraba que eran muy talentosos, como Maria Grinberg, Igor Zhukov, Gregory Ginsburg, Eduard Syomin y otros. ¿Dónde están ellos ahora? Entre nosotros sólo se conoció a Vladimir Ashkenazy, a Tatiana Nikolayeva y algo menos a Lev Oborin. ¿Los demás, desaparecieron?
-Fue una generación muy rica en talentos. Pero con el ocaso del stalinismo, hubo un desbande, muchos se fueron del país y otros se quedaron para volver a empezar sus vidas. Lamentablemente, les perdí el rastro. Es una pena, porque todos fuimos productos de una gran escuela pianística, la que fundaron los hermanos Rubinstein con los primeros conservatorios. Muchos de esos grandes artistas se dedicaron a la pedagogía y sus marcas están ahora en la joven generación de intérpretes rusos, algunos muy brillantes y excepcionales. Ellos los heredaron.
-El público y los comentaristas occidentales lo consideran uno de los más grandes especialistas en Liszt. ¿Usted acepta ese encasillamiento?
-Yo toco casi toda la literatura pianística y, sobre todo, los rusos. Toco mucho Scriabin, Prokofiev, Shostakovich, Rachmaninoff. Casi siempre toco Liszt. Es posible que mi Liszt tenga algunas características distintas del resto. Lo cierto es que se trata de un compositor al que conozco profundamente. Desde los tiempos en que estudiaba con mi madre, Liszt era un referente fundamental en nuestra juventud. Nos apasionaba la gran libertad que hay en su música y la forma en que estimula a los pianistas para expresarse al margen de las reglas fijas. Nos encantaba la filosofía de vida de Liszt. Todo eso tal vez se traduce cuando lo toco. No me molesta que me encasillen como un especialista. Me parece un gran honor.
-¿Cómo es compartir recitales y grabaciones de discos con un hijo?
-Pavel es un violinista que se formó en la tradición de Heifetz y Menuhim. Como yo, también él empezó a los cuatro o cinco años, en una casa donde la música mandaba. Luego se perfeccionó en Italia. Cuando tocamos música de cámara juntos, ninguno de los dos sacrifica nada de sus personalidades solísticas. Al contrario, las ampliamos. Pavel es un músico muy interesante a través de quien yo descubrí aspectos musicales y estilísticos nuevos. Cuando estoy en un escenario con él no estoy con un hijo, sino con un colega, y compartimos el mismo amor a una gran tradición.
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