
Bersuit: rock made in Argentina
Con los shows de hoy y pasado mañana la banda cierra un exitoso ciclo de seis conciertos en el Luna Park
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Tres situaciones que dan cuenta de hasta qué punto llegó el fenómeno de la banda Bersuit Vergarabat:
Una. Gustavo "El pelado" Cordera dialoga con LA NACIÓN en el Bar Británico, frente al parque Lezama. Pasa un taxista por la esquina de Defensa y Brasil, toca bocina y lo saluda justo antes de que una madre con su hijo de 8 años se acerque a la mesa y dispare: "Mi nene te ama y sabe todas tus canciones, ¿no es cierto Juli? Cantale la canción que venías cantando recién". Juli: "Tooomo para no enamorarme, me enamoooro para no tomaaar", canta, ríe y le regala unos chocolates al cantante de la Bersuit.
Dos. Gustavo Cordera y Juan Subirá (tecladista del grupo) cruzan la esquina para hacer las fotos para esta nota. La fotógrafa de LA NACIÓN hace una, dos, tres tomas. En eso se le acercan dos muchachos desde atrás y otro de frente con intenciones non sanctae. Cordera se da cuenta de que le quieren robar el equipo, se acerca y abraza a la fotógrafa. Los muchachos reconocen a Cordera, sonríen y siguen de largo.
Tres. Con el show de esta noche y el de pasado mañana Bersuit completará un exitoso ciclo de seis conciertos en el Luna Park, a los que asistieron aproximadamente 42 mil personas, en su mayoría jóvenes de entre 14 y 20 años.
Ese combo desprolijo de músicos cuarentones se hizo popular y está en boca de todos. De los chicos, de los padres, de los adolescentes, de los taxistas y hasta de los marginales, lo que prueba que se ha convertido en un nuevo fenómeno del rock argentino.
Encontrar las razones por las cuales Bersuit conquistó a la juventud de este país tras quince años de desmesura, locura, mucha fiesta, alegrías, bajones, peleas, cinco discos en estudio y un registro en vivo (que lleva vendidas 50 mil copias) no es sencillo.
"No sé bien qué pasó –se sincera Cordera–. Lo único que noto, cuando hablo con los chicos que nos vienen a ver, es que sienten que no hay tanta distancia entre ellos y nosotros. Sienten que somos la misma cosa".
De la cabeza
Diez días atrás, la Bersuit inauguró el ciclo de shows (con entradas agotadas) en el Luna Park. Muchos chicos en pijamas (los músicos visten pijamas en sus conciertos desde los inicios del grupo), bastantes rapados a la Cordera y a la Subirá, algunos niños con sus padres y un montón de adolescentes con ganas de fiesta.
Y durante tres horas, Bersuit les da a los chicos lo que los chicos quieren. Esa mezcla de candombe, rock, murga, cumbia, milonga y folklore (Jaime Torres los acompañó en el cierre con su charango), matizada con denuncias sociales y políticas, personajes tan extraños como entrañables, y sentimiento latinoamericano.
El efecto chica-histérica-gritona se ha multiplicado entre el público de Bersuit y canciones como "Mi caramelo" disparan imágenes casi surrealistas para el grupo. "Es muy rara la situación –dice Cordera–. A mí hasta me resulta gracioso escuchar gritos de histeria."
Subirá: –Sí, es un poco grotesco. Pero en algún punto hay que asumirlo. Hay canciones que evidentemente pegaron muy fuerte en determinado sector del público.
Cordera: –Y encuentros con madres y niños ahora nos ocurren constantemente. Eso me genera una presión muy grande. Porque de alguna manera te sujeta a intercambiar con la gente todo ese aspecto que uno tiene, quizá más tierno. Y por ahí tener que esconder un poco más los aspectos perversos, que no quiero descartar. Porque si escondo ese pedazo dentro de mí, un día voy a tener que asesinar a alguien para decir: "Vieron que no era tan buena persona".
Cordera sostiene que le resulta hasta ridículo cuando se detiene a pensar en "un tipo grande, con canas, con la cara visiblemente reventada por la vida, cantando un tema como «Mi caramelo» y que las niñas me señalen y canten que quieren morir conmigo. A veces tengo que bajar la cabeza, porque no puedo evitar una profunda vergüenza. No puedo sostenerles la mirada".
En busca de la razón perdida, la charla devuelve rastros, algunas pequeñas pistas que sirven para intentar comprender el fenómeno Bersuit. Cordera insiste en que "rompimos un poco con el estigma rockero y le quitamos solemnidad al arte y al artista. Porque creemos que todos los seres humanos tienen algo importante para decir, artísticamente hablando. Y que el rock tiene un sentimiento de negocio que le hace creer a la gente que los artistas son una cosa y los seres humanos otra. En Bersuit no hay un líder, todos participamos y componemos y eso también les llega a los chicos".
Las metáforas futboleras se cruzan constantemente ("nuestro éxito es el equivalente a que Lanús salga campeón") y, no por casualidad, Subirá parece acercarse a una definición: "Quizá nos vaya bien por nuestra argentinidad. Entre nosotros hablamos mucho de este tema, porque pensamos que en los últimos tiempos nuestras letras tenían mucho que ver con la argentinidad. Y no sólo las que ya se hicieron, sino también las que están por venir. Es muy interesante analizarnos desde este punto de vista. Frases como «prócer el que mata, santo el que no goza» tienen una carga muy fuerte de sentimiento argentino. Creo que si de algo puede jactarse Bersuit, es de ser muy argentino... con todo lo bueno y todo lo malo que eso significa".
Cordera: –Porque está bien hacerse cargo de nuestra argentinidad. Como dijo Javier Martínez: "Nos morimos de risa en los velorios y tenemos cara de c... en las fiestas". Y sí, así somos los argentinos.
–Una amiga me dijo que lo de ustedes era el triunfo de la vulgaridad...
Cordera: –Y en algún punto tiene razón (carcajadas). Porque debe ver a un tipo que se baja los pantalones, que se babea... Pienso que son muchos los que deben sentir que triunfó la vulgaridad. Pero Bersuit es tan extraño y tan esquizofrénico que es eso y también es muchas cosas más. Por eso le pediría a tu amiga que escuche también algunas canciones para completar su análisis. Pero Bersuit es vulgar y va a seguir siéndolo, porque yo, Gustavo Cordera, soy una persona vulgar... Y me encanta serlo.




