Canciones de humo por Abonizio
Otro álbum del rosarino, autor de temas como "El témpano" y "Mirta de regreso"
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El momento de mayor honestidad de Adrián Abonizio es cuando se encuentra ante el papel en blanco. "En lo otro se disimula, se aguanta, se hace lo que se puede", confiesa. El músico rosarino vuelve a renovar ese compromiso de honestidad brutal en "Todo es humo". Un nuevo álbum que en más de un sentido lo reconcilia con un mercado discográfico que lo tenía olvidado.
Adrián Abonizio se reencuentra con su primer amor, ese viejo oficio de hacer "bonitas melodías", como reza una de las viñetas del sobre interno. Autor fundamental de lo que se llamó "la trova rosarina", son pocos los que asocian su rostro con canciones inolvidables, como "El témpano", "Dios y el diablo en el taller", "Mirta de regreso" o "Historia del mate cocido".
Fanático hincha de Rosario Central, "hasta la médula", el intérprete y músico hace tiempo viene demostrando su oficio para escribir buenas historias, y encontró su mejor interlocutor en Juan Carlos Baglietto, al que en el último tiempo se sumaron Gabriela Torres y Amelita Baltar, entre otros.
Esta vez, esta suerte de Sabina criollo (el madrileño también cantó al rosarino) es el encargado de ponerles voz a sus propios temas, aportando otra de las agradables sorpresas que depara el nuevo álbum.
La importante producción acompaña la apuesta artística del cantautor, que busca recuperar terreno dentro de la canción urbana después de años de silencio discográfico: el sábado 7 de este mes presentará el disco, en Rosario.
La acumulación de temas es un problema para Abonizio. Además, no graba seguido. Ahora que pudo entrar en un estudio y encarar una producción como Dios manda, las canciones mandaron y el músico rosarino se pudo despachar con una alta dosis de melodías melancólicas, que ofrecen una detallada síntesis de su presente artístico, compuestas y arregladas por él, con varios "números ganadores" que podrían entrar en las radios.
En las quince canciones (seguramente tiene muchas más escondidas en sus libretas), el autor recorre historias autobiográficas, su obsesión existencialista, amores urbanos, cuentos de perdedores, románticos malandras y sus paisajes cotidianos.
Tanto desde las canciones como desde el cuidadoso arte gráfico (con tarjetas postales, imágenes psicodélicas, fotografías eróticas, estampitas religiosas y las letras por separado), el disco es una suerte de caja china para ir descubriendo de a poco: ofrece una sorpresa en cada pasada y en cada uno de sus pliegues.
Perlas musicales
Dentro de la cajita, donde está oculto el disco, el oyente se encontrará con despojadas perlas musicales y letras que pintan un submundo animal y atractivamente desolador, con algún costado tanguero y baladas nostálgicas.
Abonizio usa su lápiz para diseccionar esas calles con cielo de adoquines y neón. A veces resulta más agudo, inocente, burlón, ascético o imaginativo, pero siempre apuntando a un corazón malherido y melancólico: "Te bautizaron por algún error/agua bendita cielo en alquiler/se desayuna una mujer bebiendo un tinto en un andén/sangre de mil Cristos en tetrabrik ... ", canta en "Vivir".
Hay temas que suenan autorreferenciales, como "El verbo corazón": "Basta ya de la religión de las palabras/de canciones como estatuas/conmovidas por las flores de su honor/yo no soy mejor que nadie ... "; o "Club de almas", un guiño a su nostalgia de exiliado: "Rosario se durmió de hambre y sueño/le dieron de comer sólo recuerdos/difícil es volver sin haberse ido".
Pero Abonizio encuentra el punto justo cuando explota esa capacidad para ponerse en la piel de otros, como en "La villa de los milagros": "Soy el rey de los elegidos/de la virgen soy marido por el voto popular/es mi novia la más linda de la villa/la robé de una capilla en la fiesta de guardar ... " La atmósfera musical del disco transcurre con una letanía acústica (ideal para tardes de lluvia) y con los colores de una instrumentación delicada, con el aporte de bronces o colchones de teclados, que de golpe despiertan con algún rythm & blues, como "Y ahora", donde canta con ironía: "Yo sé que te marcó la luz de las esquinas/y el olor del taller/y el dolor de esa vecina/que una noche se olvidó de respirar ..."
Nunca pierde la capacidad para contar una buena historia, aunque la combinación entre letra y música pasa por diferentes estados. Quizá la honestidad le tienda alguna trampa y la necesidad de poner todo (entre tanta obra e ideas acumuladas) conspire con alguna buena letra, como "Por esta vez". Pero en la totalidad es, por lejos, uno de los mejores discos del rosarino.
Es muy posible que algunas canciones que no están -y que tal vez hayan sido desplazadas por algún clásico, como "Dios y el diablo en el taller", que sigue siendo una inclusión legítima- las haya perdido en una partida de truco o regalado a un amigo que necesitaba enamorar a una mujer. En ese caso, está perdonado. Mucho más sabiendo que más canciones seguirán golpeando a su puerta y que siempre habrá gente esperando que ese momento llegue.



