Carl Orff y "la otra historia"
En relación con nuestro tema del jueves pasado, referido a los músicos que sufrieron persecuciones y muerte durante los años del Tercer Reich, mencionamos "la otra historia", la de aquellos que sin ser judíos ni opositores pudieron seguir trabajando: la vida continuó pese a todo, tanto la física como la del espíritu, del arte, de la cultura en general.
En esos años brutales de Hitler, produjeron varios compositores, entre ellos Carl Orff, una de cuyas obras, la más famosa, es Carmina Burana , que la Orquesta Estable, el Coro y el Coro de Niños del Teatro Colón harán escuchar pasado mañana, a las 20.30, y el domingo, a las 18.30, en el Auditorio de Belgrano, para los abonados de Festivales Musicales de Buenos Aires.
El compositor bávaro, fallecido en 1982, es justamente uno de los más discutidos, por haberse convertido en el máximo exponente de la llamada Escuela de Francfort, junto a Egk (que nunca se plegó a la ideología nazi), Sutermeister y otros, llamados a suministrar, frente a la música repudiada por el régimen, una alternativa nacional-socialista. Para ello recurría Orff a actitudes estáticas, estatuarias, vigorizadas por elementos primitivos fundados en la maciza repetición de bloques corales, con lo cual, según sus oponentes, evitaba el autor una participación intelectual por parte del oyente.
Otros autores rechazan tal interpretación. En opinión del musicólogo italiano Massimo Mila, el grupo de Francfort se presenta como un ala de izquierda avanzada de la música alemana, persuadidos sus miembros de que la renovación de la música nacional no debía traducirse a través de una chata imitación del tardo romanticismo. "Plenos de fe en las virtudes regeneradoras del canto popular -escribe Mila-, tanto Orff como Egk representaban un movimiento de fronda en la ortodoxia de la tradición artística impuesta por el régimen."
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Ya al margen de toda secuela política, hay una postura estrictamente estético-musical que ha llevado a Orff por una inconfundible definición estilística. Ante la complejidad por la que se internaba el lenguaje sonoro a comienzos del XX, elige un lenguaje sencillo y accesible para el público, divorciado cada vez más, según él, del proceso creador contemporáneo. Esa fue su meta, y sin duda Carmina Burana fue un pasaporte infalible.
La obra, basada en un cancionero (carmina) medieval encontrado en el monasterio de los benedictinos de Buren, en Baviera, contiene poesías anónimas que pertenecen a los estudiantes vagabundos o "goliardos", una sociedad heterogénea formada por escolares, clérigos, poetas, cantantes y músicos gozadores del juego, el vino y el amor, peleadores e ingeniosos. Esas poesías, mezcla de bajo latín, alemán medieval y otras lenguas vulgares, son generalmente humorísticas, a veces desenfrenadas, mezcladas con canciones de taberna que describen libremente las alegrías físicas del amor, al lado de otras de encantadora delicadeza lírica y ejemplar elegancia.
Aquí, el ritmo extrae su pujanza de los sencillos esquemas de la danza campesina, mientras la melodía tiene el sabor arcaico del canto medieval. La propuesta de Carl Orff es la de un teatro donde la acción dramática es sustituida por una celebración escénica, donde el actor alcanza la plenitud del homo ludens . Con el paso de los años, Carmina Burana se ha convertido en un clásico de su tiempo.





