Carlos García, algo más que tango
Lleva 22 años, junto a Garello, al frente de la agrupación que rinde culto al género
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Como anacoreta de la música, y aunque todo el mundo pueda verlo compartir con Raúl Garello la dirección de la Orquesta del Tango de Buenos Aires, los jueves al mediodía, en el Teatro Alvear, Carlos García prefiere escabullirse y escapar raudamente de toda fama y halago.
Enemigo de la ostentación y de asignarle importancia a su labor como pianista y director de orquesta, la meta de este maestro del tango y del folklore -dice- es la felicidad de la gente.
Precisamente el 4 de abril reanudará sus habituales conciertos, siempre en el horario de las 13, todos los jueves, la orquesta porteña, que este año festeja sus 22 de vida.
Carlitos García (así lo nombra Horacio Ferrer en "El libro del tango") ostenta una dilatada trayectoria en el mundo de la música, que esconde por pura modestia. Pero los que leen saben que tras estudiar piano, armonía, composición e instrumentación con el maestro Pedro Rubione, se dio a conocer -y cobró prestigio- en la orquesta de Roberto Firpo.
También se conoce que el intérprete, nacido el 21 de abril de 1914, fue acompañante de una de las glorias del tango, Mercedes Simone, y de otros cantantes de fama, como Antonio Tormo y Alberto Marino, además de prestar su polifacético talento al jazz y al folklore, sobre todo como pianista del representativo dúo autóctono Martínez-Ledesma.
"Escuchar a la gente..."
Nada de esto se empeña por destacar el maestro García. Ni siquiera que fue uno de los fundadores, en 1969, de El Viejo Almacén, de San Telmo.
-Lo que dice la gente es lo más importante. Hay que escucharla cuando comenta lo que más le gusta y cómo le parece nuestra orquesta de tango.
- Orquesta atípica, sobre todo hoy, porque no tiene bailarines...
-Seguimos tocando, solamente. En todo esto, más que saber, importa sentir. Se puede conocer mucho de tango, pero de nada vale si no se lo siente. El que sabe por qué motivo ama, no ama de verdad. Si uno se consagrara a sentir, el mundo cambiaría. Por eso nos consuela y anima que cada vez viene más público a nuestros recitales. Y viene sin ninguna publicidad, sólo por el comentario de boca en boca. Hace ya 22 años que nos presentamos con la Orquesta del Tango, los jueves, a las 13, en el Teatro Alvear. La afluencia de público es reconfortante. Cuando salimos siempre hay alguien que fue a pasar su rato con el tango y a darnos sugerencias sobre la inclusión de distintos temas. En materia de gustos, hay de todo. En un momento, por ejemplo, hicimos un homenaje a los años 20 interpretando "Mocosita", "Galleguita", "De puro guapo"... Recuperar la música sola -sin canto- es una belleza. El canto puede ser lindo o no. Lo que vale es lo que se siente. Nosotros damos lugar al cantante para que exprese sus sentimientos y le lleguen al pueblo. ¿Cómo eludir "Sur", de Troilo? Una joya; pero hay que hacerlo bien. En cuanto a los bailarines, no hacen falta para llegar al corazón de la gente. La danza es cosa seria. En los clubes nadie tira a la dama por el aire.
- Alguien afirma que un disco de Troilo for export es de lo mejor.
-Yo creo que cuanto más for export menos Troilo es. Lo más Troilo, lo más porteño, creo que fue con Fiorentino y con Rivero. Yo tengo la colección completa de su obra. Considero que su imaginación es un misterio.
- Pero usted se entendió primero con los clásicos, ¿no es así?
-Soy hincha de Rubinstein. Me encanta cuando toca los conciertos de Chopin para piano. Lo lindo de esta música, como por ejemplo la de Schumann, es escucharla de a dos o de a tres. Detectar que no hay una sola frase fea, descubrir los pasajes de enlace, gozar cuando se toca con el corazón. Lo que aprendí en profundidad en música, lo aplico al tango. El tango es profundo. Quizá por esto lo que hago tiene una proximidad con lo clásico, pero con influencias de De Caro, de De Angelis, Fresedo, Di Sarli, Pichuco, Salgán. A propósito, escuché a ese chico (el joven pianista clásico Horacio) Lavandera. No se puede creer. Es un milagro. Nunca se sabe dónde se genera la inspiración. Es un enigma.
Primero lo nuestro
Próximo a cumplir 88 años en abril, Carlos García acumula 75 de profesión. Las convicciones y la sabiduría que otorgan los años a los seres elegidos le permiten llegar a conclusiones que suelen estar lejos de los convencionalismos y la moda.
"Nadie puede conocer la verdadera música si no conoce la música del campo -afirma, apodíctico-. Pedro Rubione, mi maestro, me hizo analizar a Bela Bartok, que se inspiró en la música de las aldeas húngaras. Pero también me convenció de que son suficientes tónica, subdominante y dominante para crear belleza. ¿Para qué elegir otra cosa? Todo parte del amor. Basándonos en el tango, uno escribe y sale lo que siente. Cada uno obedece a su época; es una fuerza ineludible. Además me siento más cómodo en una gran orquesta que en un grupo de cámara."
- ¿Fue el piano su primer instrumento?
-Sí. Mi padre descubrió mi vocación cuando yo tenía cinco años. Yo tecleaba en la mesa porque en casa no había piano. A los seis fui al conservatorio, pero estudiaba en un teclado dibujado. Después entre mi viejo y mis amigos me regalaron un piano Breyer. Empecé con el Hanon. Todo me costó. Me empezaron gustando Scarlatti, Mozart, Chopin, Schumann. Pero en 1926 terminé la primaria y empecé a trabajar en un cine de Mataderos. Allí, a la fuerza, mezclaba lo popular: tangos, rancheras, pasodobles, valses. A partir de los quince años yo tocaba en cines toda esa música, incluyendo jazz y música brasileña, y empezaba mis estudios de armonía, contrapunto e instrumentación con el maestro Rubione. Me convencí de que hay que conocer para profundizar. Es difícil hacer jazz fuera de América del Norte, como hacer tango fuera de Buenos Aires. Cada uno hace bien lo que mamó. Yo (que estuve con Firpo durante seis años, hasta 1938) sé que en tango lo que pongo es tango. Entender, por ejemplo, que una orquesta típica se las arregla sola con el ritmo, sin necesidad de una batería, que sirve sólo para dar efecto. A mí también me gustaba el folklore. Tenía referencias. Así pude tocar, después que se les fue Juan Polito, con el dúo Martínez-Ledesma. Logré meterme en la chacarera trunca -que es difícil- y partimos en una gira de nueve meses por Perú, Ecuador, Colombia tocando también guarachas, rumbas, bambuco y folklore del Pacífico.
- Le fue fácil crecer...
-El crecimiento depende de con quiénes se comparte la música. No obstante, se aprende de todos. A mí me gusta el tango desde De Caro. Todos tienen algo que me gusta. En cuanto al piano, tiene que cubrir espacios; allí surgen las ideas, los aportes. "La pulpera de Santa Lucía", por ejemplo, no es una musiquita. Es algo sencillo y hermoso. "Romance de barrio" es una obra de arte. Y están los tangos de Bardi. Todos explican el tango. Con lo que está escrito cubrimos mil años, aunque no se invente un tango más.
- ¿Hay un acuerdo entre usted y Raúl Garello en cuestión de repertorio y de arreglos?
-Hace veinte años que compartimos con Garello la dirección de la Orquesta de Tango, que fue creada en 1980 para cultivar el tango en general. Pensamos distinto. Y lo hablamos. Entre nosotros existe respeto. Elegimos los temas. Eso es bueno. Hacemos lo que nos gusta. Pero en general coincidimos. Garello interpreta los tangos que él arregla y yo dirijo mis orquestaciones. Claro que a veces incorporamos arreglos de Spitalnik, Balcarce o Pansera. Somos treinta músicos entre bandoneones, violines, violas, chelos, flautas, oboes, contrabajos y guitarra, que nos llevamos muy bien.
- No hay conflicto entre el pianista y el bandoneonista...
-La historia del tango nos enseña. Cuando se trata de pianistas, siempre aparecen los mismos nombres. Pero nadie nombra a Di Sarli. Era un fenómeno. Es el más tanguero, dentro de una sencillez tremenda. Su toque era una invitación al baile. Además ofrecía los matices forte-piano y hacía cantar bien la melodía. La tanguedad no se puede explicar. Troilo nos dejó desde el bandoneón un montón de enseñanzas. Al Gordo no solamente le gustaba cantar, sino que elegía pensando en el tango y con la convicción de que el acompañamiento no debe perturbar el canto. A veces buscamos el pelo en el tango, pero no advertimos las fealdades de la música que nos llegan de afuera. Siempre creímos que todo lo que venía de Europa era hermoso. Hoy comprobamos que no se hace una nueva música buena. Como si no hubiera más creadores en el mundo. Mucha gente ha perdido la necesidad de disfrutar de la belleza. Hay un descenso en las apetencias populares. Yo digo que el que no tiene algo adentro no puede hacer buena música. Eso lo tienen que asimilar los jóvenes. Para superar lo ya hecho tienen que estudiar, trabajar, madurar, descubrir las formas, ensayar... porque en música no todo está dicho. Y el tango perdura porque no miente.



