Chopin, el intelectual del romanticismo
Tal vez habría que completar el pensamiento de aquel compositor que se refirió a Chopin como "el piano hecho carne". Porque también es alma, es sentimiento y, por encima de todo, intelecto. Esto último es lo que pasó inadvertido durante tanto tiempo.
Es que traspuestas las reacciones contra el romanticismo, que comenzaron a fines del siglo XIX con el positivismo y se acentuaron en el XX, quedó como resabio una desvalorización muy llamativa por parte de algunos de los principales músicos de la última centuria. Cayó Wagner en la volteada, y también amenazaron desplomarse Chopin, Liszt y Verdi. La embestida contra el compositor polaco provino de figuras señeras, pero hubo luminosas excepciones, como la de Debussy. Cosa que no extraña, pues justamente él, que dio una impresionante apertura a todo el siglo XX, debía ser el elegido para llegar hasta el fondo de la genialidad chopiniana.
Hombre de doble herencia, André Gide dijo de él: "Si reconocemos en la inspiración de Chopin una impetuosa surgente polaca, también se nos impone un perfil de corte francés". La vida de Chopin ha suscitado todo tipo de leyendas, reñidas con su juiciosa y prudente personalidad. ¿Quién no conoce la imagen, a menudo desnaturalizada, del músico elegante, seductor y enamorado? ¿O los episodios de su amor alucinado por Maria Wodzinska, o las peripecias de sus tormentas y rupturas con George Sand? Sin embargo, Chopin pasó por encima de ellos con su natural señorío, sin mezclar las cosas. Sencillamente porque su música es resultado de una intelectualidad sin concesiones.
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Formado en Mozart, Beethoven y Bach, cuya influencia es evidente, es posible advertir que Chopin fue un genio de la estructuración musical en todos los sentidos, muy particularmente en el de la dialéctica armónica, donde alcanza el nivel más alto de especulación, dentro de una serie muy diversa de obras que van desde las miniestructuras de un preludio o una danza hasta las macro de una sonata o un concierto. Partiendo asimismo de la herencia beethoveniana en lo que se refiere a presurizaciones melódicas y armónicas o elaboraciones motívicas, llega Chopin a anticipar procedimientos que hoy nos llenan de renovado asombro, a la luz de lo que vino después. Además, se trata de elucubraciones que jamás traicionan la pura belleza sonora. Su propuesta era de un elemental candor: "La finalidad última es la simplicidad -declaró en cierta ocasión-. Después de haber agotado todas las dificultades, de haber tocado una inmensa cantidad de notas y de notas, es la simplicidad la que debe surgir con todo su encanto, como la última perfección del arte."
Este es el Chopin que todos amamos, y que en estos días buscamos encontrar en salas de nuestra ciudad y de La Plata, donde un elegido núcleo de intérpretes, convocados por la pianista Marta Noguera, protagoniza el Festival 2004 de la Fundación Chopiniana.





