
Con la marca de Djavan
"Vaidade" es la última producción del cantautor brasileño
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Lirismo, swing, melodías elaboradas que suenan sencillas, letras que son como un chisporroteo de imágenes casi sin adjetivos ni verbos, una división rítmica que parece ir a contramano de la canción, la intuición necesaria para que palabras y notas se encuentren naturalmente en el canto y una voz flexible que recorre sin esfuerzo todas las sinuosidades de la línea musical.
Demasiadas palabras, seguramente, para definir lo que quienes han oído la música de Djavan (desde "Álibi", hit de Bethânia, y "Açaí", que popularizó Gal Costa, hasta "Seduzir", "Oceano", "Samurai" o "Luanda") reconocen en unos pocos compases: la marca que lo convirtió en el creador más importante surgido en el postropicalismo brasileño.
Una marca que ha conservado, más allá de las búsquedas que suelen llevarlo a ensayar nuevos caminos. Como el que emprendió con "Vaidade", el CD que Random acaba de editar. Con él, Djavan inauguró su sello propio, Luanda. Fue como lanzarse al vacío –dice el artista alagoano de invariable estampa juvenil– ya que, a diferencia de otros colegas que acaban de "independizarse", su empresa se ocupa de todos los aspectos del CD, incluidos el marketing y la distribución.
El trabajo fue arduo, pero Djavan está satisfecho, quizá porque pudo demorarse en la supervisión de cada detalle tal como se lo exige su afán perfeccionista. El compuso los doce títulos, se encargó de la producción y los arreglos; también canta y toca la guitarra en todos los temas secundado por un grupo que integran sus hijos João y Max Viana. Fueron siete meses de trabajo en el estudio, al que llegó con sólo una obra terminada, el juguetón samba "Celeuma", que había compuesto para Mart’nalia, la hija de Martinho da Vila, y otras cinco melodías, entre ellas una que había creado para acunar a Sofía, la hija que tuvo hace tres años de su segunda esposa.
"Se acontecer", que abre el programa y es uno de los temas que mayor eco tuvo en Brasil, también era apenas un esbozo. Djavan trabajó sobre él hasta dar forma a la ondulante melodía sobre la que colocó una delicada declaración de amor. Habrá quien perciba ahí algún parentesco con Gil, influencia que ya era manifiesta en la primera producción del autor de "Sina".
Oídos bien abiertos
En realidad, Djavan ha estado abierto siempre a todas las influencias. Como decía veinte años atrás The New York Times, "su arma secreta, la misma que utilizaron los Beatles, reside en la intuitiva metabolización de las fuentes más ricas que halló en su patrimonio musical: las texturas de Milton, la claridad expresiva de Chico, el ánimo juguetón de Gil".
Había más, claro. "Tuve una formación muy diversificada –ha dicho–; desde chico me interesé por el folklore nordestino, el jazz, Luiz Gonzaga, la música clásica, la canción francesa e italiana." Más tarde se entusiasmó con Jackson do Pandeiro, Caymmi, Jobim y la bossa nova, a los que con el tiempo sumaría los creadores de su generación, el rhythm and blues, el funk, el pop.
El canto lo heredó de la madre, y quizá por esa vía le llegó la sutil manera de fraccionar el ritmo que muchos años después creyó oír en Angola. A los 11, ya cantaba en público en Maceió, la ciudad donde nació el 27 de enero de 1949. Allí también formó su primer grupo, Luz, Som, Dimension (LSD) con el que cultivó el repertorio de los Beatles hasta que en 1973 pasó a actuar como crooner en una boite de Río.
El primer éxito fue en 1975: un festival de la TV Globo le dio el segundo premio a su "Fato consumado". El primer disco, poco después: "A voz, o violão e a arte de Djavan", que incluía "Flor de lis". Los críticos celebraron la novedad de ese samba quebrado con desdoblamientos rítmicos.
Sus canciones fueron famosas antes que su nombre: Bethânia con "Álibi" y Nana Caymmi con "Dupla traição" fueron decisivas, pero su éxito personal con "Meu bem querer" lo instaló definitivamente en la elite de la MPB.
Vendrían después su contrato con la Sony, los discos en Los Angeles, su aproximación al pop, las letras fragmentadas por el picoteo de la percusión (relampagueos de imágenes que él adjudica a su "contemplación nordestina"), las baladas espaciosas como "Oceano" (que grabó con Paco de Lucía), el funk valseado de "Lilás" o "Samurai" (con la armónica de Steve Wonder), sus frecuentes regresos a la raíz africana. Y con todo eso, gracias a una inspiración que le asegura alcance popular sin resignar elegancia, una dilatada carrera internacional.
Sin grandes hallazgos a la altura de los que consolidaron su fama, pero también sin altibajos, "Vaidade" trae su marca registrada en el ritmo estimulante del samba ("Mundo vasto", "Celeuma"), en el blues ("Estatua de sal"), en los aires funky ("Flor do medo") y en "Bailarina", la canción que mejor expone su talento para la fusión de música y palabras.
Entre los arreglos que incorporan cuerdas y subrayan el acento romántico del programa (el amor, al fin, es el tema central de toda su producción), hay que destacar dos: la obra que da título al álbum y la tierna canción de cuna que le sirve de cierre.
Acompaña esta nota los fragmentos en audio de las canciones "Se acontecer", "Flor do medo" y "Vaidade".





