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Anuario LA NACION 2018

Con su música, Nick Cave pone a raya al dolor

Hernán Ferreiros
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21 de diciembre de 2018  • 00:07

Nick Cave es uno de los contadísimos artistas que se iniciaron en la tormenta eléctrica del post punk y, cuatro décadas después, con más de 60 años, siguen sacando discos consistentes que los encuentran hoy convertidos en mejores compositores, cantantes e instrumentistas que cuando empezaron, una curva atípica entre las vidas disolutas del rock (los otros de esa lista son David Byrne, Elvis Costello y Paul Weller; no hay más).

El músico vino dos veces a la Argentina. La primera, en 1996, para presentar el disco Murder Ballads, que iniciaría su pródiga colaboración con el violinista Warren Ellis. La segunda tuvo lugar en octubre de este año. Fue parte de la gira de presentación de uno de los discos más atípicos de su carrera, Skeleton Tree, un álbum que se vio radicalmente transformando por la tragedia que golpeó la vida del músico mientras lo grababa a mediados de 2015: la muerte accidental de un hijo Arthur, de 15 años, quien cayó de un acantilado en la costa de Brighton, donde vivía.

Poco tiempo después de ese acontecimiento, se estrenó el documental One more time with feeling, que registra el final de la grabación del disco pero, sobre todo, el duelo de Cave y su familia. Sin nombrarlo casi nunca, todo en la película remite a la desaparición del hijo. "Escribo un cierto tipo de canción que tiene un elemento de ansiedad, de temor y de angustia en su naturaleza, entonces pueden presagiar algunos acontecimientos" dice Cave con la voz firme al comienzo de la frase y rota en el final. La película lo muestra en carne viva pero también capaz de enfrentar el dolor a través de su trabajo. Admite, sin embargo, que ya no es el mismo: "La mayoría de nosotros no quiere cambiar, solo quiere algunas modificaciones sobre el modelo original. Pero qué pasa cuando sucede algo tan catastrófico que simplemente cambiamos de un día al otro. Pasamos de ser una persona conocida a una desconocida y tenemos que renegociar nuestra posición en el mundo. Por ejemplo, ahora cuando entrás a un negocio a buscar cigarrillos, porque esta nueva versión de vos fuma, y el vendedor te dice "cómo estás", ya no sabes qué responder o cuando te encontrás con un amigo en la calle que te dice algo amable, de repente estás llorando en sus brazos por una eternidad y luego te das cuenta de que no es un amigo sino alguien que apenas conocés".

Hace pocos meses, el músico abrió una sección en su site en la que contesta preguntas de sus seguidores y, con la misma honestidad descarnada que exhibe en sus canciones, analiza cómo convive con su trauma: "¿Cómo recuperamos nuestras vidas y nuestro sentido de perplejidad ante el mundo? Para mí tuvo que ver con el trabajo y también con una sensación de comunidad. Me di cuenta de que no estaba solo en mi pena y que muchos de ustedes también sobrellevaban su propio dolor. Esto lo sentía en las actuaciones en vivo y percibía muy claramente que el sufrimiento es el tejido conectivo que nos une a todos". Por esto, quienes estuvieron en su show de este año, no solo presenciaron a un músico extraordinario en la cima de sus poderes, también fueron parte de una sesión colectiva de terapia en la que, una vez más, la música mantuvo a raya al dolor.

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