Cuarenta años sin el Varón del Tango
El gusto de Julio Sosa por surcar las avenidas de Buenos Aires sentado al volante de autos veloces no se correspondía con su torpeza para conducirlos. Chocó todos los vehículos que tuvo, y con el último, una cupé DKW Fissore que en los tiempos del presidente Frondizi se había empezado a fabricar en Sauce Viejo, Santa Fe, perdió la vida y dejó al tango sin futuro al estrellarse una madrugada contra el semáforo de Figueroa Alcorta y Castilla, hecho del que se cumplirán el viernes cuatro décadas.
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Aunque su apariencia fue siempre la de un hombre sin edad, hosco y solitario, le faltaba bastante para cumplir treinta y nueve años la noche de la tragedia, un accidente digno de cualquier disoluto del rock and roll, pero inapropiado para el último de los ídolos masivos de la música porteña, un triunfador desafiante que había sabido actualizar antiguas letras al sentimiento de un país desilusionado y se las cantaba como si le estuviera reprochando no reaccionar.
Lo paradójico es que este prepotente acusador de la indiferencia argentina ante minigolpes militares y mandatarios sin vocación de poder era uruguayo del campo, ni siquiera de Montevideo, adonde llegó en 1948 como cantor en tránsito, porque poco tiempo después cruzaba el río para convertirse en la gran atracción de la orquesta Francini-Pontier, en la que interrumpió una sucesión de cantores exquisitos -Alberto Podestá. Roberto Rufino, Raúl Berón- para imponerse con un estilo realista y títulos que cantaba como si estuviera contando historias recopiladas a riesgo de su vida: "El ciruja", "Dicen que dicen", "Un alma buena" y una truculencia digna de Almodóvar llamada "Por seguidora y por fiel".
No pudo resistir la oferta de Francisco Rotundo, imbatible pagando cantores, y se fue con él por dos años sin cambiar de temática -"Levantá la frente", "Mala suerte" y "Pa´ mí es igual" se agregaron en esa etapa-, pero en 1955 volvió con Armando Pontier en su primera orquesta sin socio, un gran suceso desde el primer día más que nada por la presencia de Sosa, que a lo largo de cinco años continuó rescatando tangos bravíos para terminar siendo más importante que el conductor, su otro vocalista, Oscar Ferrari, y cualquier figura de los discos Columbia con excepción de Los Cinco Latinos.
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El inevitable lanzamiento como solista ocurrió de manera clamorosa en 1961, con Leopoldo Federico como director musical y el oportuno apodo "El varón del tango", que también sirvió como título de su primer álbum, una colección con aciertos como "Rencor", "As de cartón" y "Contramarca" que, sin embargo, se hizo famosa gracias a "Por qué canto así", el poema de Celedonio Flores recitado de manera desafiante con "La cumparsita" de fondo.
La afinación de Julio Sosa era errática y sus desplantes teatrales disimulaban una expresión en general monótona, malhumorada y, a veces, distorsionada de los tangos, pero fue un genio para elegir repertorio -más de la mitad tomado de Gardel-, volverlo novedoso cambiando unas pocas palabras, usar el lunfardo de manera provocativa y manejar en el borde de la desesperación una agresividad a la que nadie se había atrevido antes.
Fueron esas bravuconadas con versos de Discépolo o Cadícamo cantadas de traje y corbata las que lo convirtieron en el ídolo sombrío de multitudes que ya no gustaban del tango, pero sí de las emociones extremas, una estrella de la radio y la televisión capaz de vender millones de discos sin demasiado apoyo publicitario en los tiempos de horribles hits prefabricados para lo que llamaban Nueva Ola.
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Tuvo funerales gardelianos, con capilla ardiente en el Luna Park, Hugo del Carril y otros prominentes cantores transportando el ataúd y una multitud como nunca más volvió a salir a la calle por un artista popular acompañando el cortejo. El culto se mantuvo bastante tiempo, con sus clásicos sonando habitualmente y una cantidad de imitadores fingiendo fiereza, pero se ha ido perdiendo paralelamente al interés por el tango, al punto de no existir una edición integral de su exitosa discografía.




