
De Raco, un mago del piano
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Recital del pianista Antonio De Raco. Programa Frédéric Chopin con Berceuse, Balada Nº 1, op. 23; Scherzi Nº 1, op. 20 y Nº 2, op. 31, y Cantos polacos "Mis alegrías" y "Los deseos de la niña". Ciclo "Conciertos del mediodía" organizado por el Mozarteum Argentino, con auspicio de Zurich, Capsa-Capex, Yenny-El Ateneo y Diario LA NACION. Teatro Gran Rex.
Nuestra opinión: excelente
Un acontecimiento artístico de muy alta jerarquía tuvo lugar en el ciclo "Conciertos del mediodía", organizado por el Mozarteum Argentino, en oportunidad de ofrecer el pianista Antonio De Raco un recital dedicado íntegramente a obras de Frédéric Chopin. Frente a un público que cubrió la totalidad de las localidades disponibles, el artista argentino -que dentro de pocos días festejará su cumpleaños No 91-, dio un nuevo y sorprendente ejemplo de vitalidad, talento musical, refinamiento expresivo, claridad intelectual y dominio del teclado.
En el preciso instante en que el pianista comenzó a ser intermediario entre la obra plasmada en los pentagramas por Chopin y los oyentes, una corriente de emoción se generó en la sala. La delicadeza más amable surgió de la Berceuse, primera obra del programa, que es como una canción de cuna que exhala una atmósfera de ensueño. El sonido fue tenue y hermoso, pero esta vez con la curiosa y atrayente peculiaridad de infundir una sensación de nostalgia, acaso como acontece con los recuerdos de la niñez, la sonrisa de la madre, un lugar amado que ya no existe.
Luego, la Balada Nº 1 y, con ella, otra impresión, pero también poco frecuente: descubrir el intento del autor de entregar el relato de una historia en la que se alternan episodios ardientes con otros sensibles, el tono trágico intercalado con una melodía plañidera que por momentos se intensifica, pero que suma con maestría una belleza sonora de matices e intensidades cautivantes y en definitiva una visión encantadora de la composición. ¡Qué conmovedor fue el fugaz momento, inevitable por cierto, de recordar los nombres refulgentes de la historia del piano! Y, sin embargo, ahí se estaba escuchando algo más: toda la sabiduría que emana de la experiencia de una vida en plenitud; toda la pasión de una mente clara, indagadora y lúcida.
Y al fin surgió la lógica deducción de una aplicación de sólidos recursos técnicos provenientes -¡qué duda puede existir frente a la soltura muscular, la agilidad de los dedos, el touch cambiante según las intensidades deseadas!- de una escuela pianística que rechaza la mecánica infalible y la velocidad y en su lugar sólo apunta a ofrecer el mensaje musical despojado de efectos huecos y superficiales.
Desafío y sabiduría
Con los scherzi y los dos cantos polacos que se escucharon en forma alternada, De Raco puso en juego otras virtudes que lo distinguen, como su fuerza de voluntad para sortear los pasajes más endiablados sin perder la calma y la mesura, y la concentración para alcanzar un objetivo estético, como es, sin duda, el poder lograr la atmósfera musical de las obras; aquí, el alma y la sangre del autor y de sus ancestros, pero con el agregado de la pincelada que proviene de Franz Liszt.
Es que a los dos hermosos cantos polacos de Chopin se sumó la mano del genial creador húngaro, que transcribió para piano sólo un ramillete de seis canciones de las cuales De Raco ofreció "Mis alegrías" y "Los deseos de la niña"; acertó en el clima de la mazurca y en la línea melódica refinada y envolvente a la manera de un aria de Bellini. De los cuatro scherzi , De Raco entregó el op. 20 y el op. 31, ya de por sí un desafío técnico de ejecución y, sin embargo, como si el recital apenas hubiera comenzado, se escuchó la misma sabiduría y paz espiritual de la Berceuse, señal inequívoca que para el artista tocar el piano es y será una felicidad imperecedera.
Frente a tamaña demostración de arte surgió un júbilo de los más justos tributados en un recital que Antonio De Raco agradeció con su habitual modestia y, por fortuna, aconteció un fenómeno inusual; ante tanta entrega física e intelectual, a nadie se le ocurrió solicitar un agregado. Todo ya había sido dicho de modo magistral.




