
Desde la India, los secretos del tabla
Habla Sanjay Bhadoriya, el único maestro indio del instrumento que enseñó en la Argentina
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"Si no hay ritmo, la melodía no puede caminar. Pero el ritmo está siempre presente, por más que uno no lo escuche."
Las palabras de retumbar cadencioso de Sanjay Bhadoriya -el único maestro de tabla de origen indio residente en nuestro país- pueblan la habitación casi vacía y resuenan análogas al sonido de aquel instrumento típico de la música clásica del norte de la India, que lo acompaña desde su infancia en el percutir de las horas lerdas.
El tabla -término que se refiere a un par de pequeños tambores-, junto con la cítara, es el pilar fundamental de la música clásica hindú, cuyos antiquísimos ritmos y texturas, de extrema complejidad, han influido en la obra de eximios compositores occidentales, como Olivier Messiaen, acaso el más destacado de la segunda mitad del siglo XX.
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"Tá, naga, tere, den, den, dhá", canta Sanjay, cruzado de piernas sobre un breve almohadón. E inmediatamente reproduce la secuencia del fraseo con los dedos y las palmas de las manos, que percuten en los parches del tabla. El de la izquierda (bayan), de casco metálico, imita los sonidos graves de la voz de pecho y el derecho (dayan), de madera, los agudos, que se transmiten desde las cuerdas vocales hacia la cabeza.
"Pero el alma es el bayan", confiesa este hombre del color de la tierra.
"Tá", dice él; "Tá", repite su tabla.
Sanjay explica que, como los demás instrumentos, el suyo también intenta reproducir al más perfecto de todos: la voz humana. "Aunque igualar la belleza del canto es imposible; este instrumento -dice señalando su garganta- está hecho por alguien que no es humano."
"Y una vez que está el tiempo rítmico, se lo llena con la melodía; la armonía, en nuestra música, se hace sola", explica Sanjay, que, hace diez años, tras la propuesta de un empresario, decidió alejarse de su Nueva Delhi natal e instalarse, liviano, en las nostálgicas tierras del tango y la chacarera pícara.
"Pero el contrato no funcionó y al poco tiempo decidí regresar a mi patria -cuenta-. Sin embargo, en ese primer breve período, además de haberme vinculado con varias personas que querían aprender una expresión musical por aquí muy poco difundida, conocí a Mira, mi actual mujer. Y entonces, vuelta otra vez a la Argentina."
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Sanjay, que obtuvo la licenciatura en Bellas Artes en la Universidad de Nueva Delhi y fue profesor de tabla en la Indian School of Music, de Manchester, Inglaterra, opta por dar clases sin partituras, tal como él aprendió -y sigue haciéndolo- durante más de veinte años.
Y retoma el diálogo mantenido con LA NACION, poco antes de su regreso a Nueva Delhi: "En la India no puede considerarse músico al que no tiene maestro. Además, como no existe una forma exacta de escribir lo que interpretamos, al alumno no le queda otra opción que memorizar toda la música que se le enseña".
"Es cierto, existen métodos de escritura -aclara-, pero entre nosotros (los músicos) sabemos que representar en el papel lo que tocamos no es posible, porque no vemos la música linealmente (como estaría representada en un pentagrama), sino de manera circular."
El taanpura de cuatro cuerdas descansa enmudecido contra la pared, como deseando que le saquen de una vez, de su caja, ese ronroneo sordo, constante y de fondo (drone), característico de la música india.
Mira convida un chai (té dulce con jengibre, leche y especias), escoltada por su hija, Shivani, de ojos verdes intensos, curiosos. Sanjay enciende un cigarrito importado de la India y pita con ligereza. "¿Podés creer?, ahora que me voy empezaron a venderlos acá", bromea en un español más que respetable.
Recientemente, los tres partieron hacia Nueva Delhi, por tiempo "indefinido", según Sanjay, que se volvió después de diez años de haber compartido los secretos del tabla y de su música nativa, no sólo con sus alumnos, sino también con varios músicos argentinos. Como con los integrantes del trío Soda Stereo, que lo invitaron a grabar el tema "Sweet sahumerio", en el disco Dynamo.
"Me sorprendí al escucharlo y verlo tocar; era llamativo cómo se conectaba con su instrumento: él y su tabla parecían uno -dice Charly Alberti, ex baterista de la banda-. Evidentemente, en su cultura entienden la música con un profundo misticismo."
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Sanjay comienza a repiquetear los parches, los fricciona y golpea sin repetirse, diciendo sin decir que entre el punto de partida y de retorno del raga -una estructura melódica cíclica- los ejecutante de tabla improvisan la infinidad de ritmos, o talas, posibles.
Con sus frases sincopadas, jugando, dice sin decir que improvisar es una forma de expandirse, de unificar el ser interior con el Todo, en el aquí y el ahora.
La cinta del grabador llega a su fin; no alcanza a registrar la sesión de Sanjay. Pero el momento presente, eterno, rescata los sonidos de la inexorable desaparición de las cosas. El día está viviéndonos. Hay ritmo, y la melodía camina.

