Después de siete años, Charly García volvió al Luna Park con una fiesta y algunas sorpresas

El músico regresó al emblemático estadio junto a Nito Mestre y Pedro Aznar
El músico regresó al emblemático estadio junto a Nito Mestre y Pedro Aznar Crédito: Rodrigo Alonso
Gabriel Plaza
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8 de agosto de 2019  • 02:05

Uno de los vagones de la Línea B está lleno de chicas y chicos que están yendo a ver a Charly García. Llevan brazaletes con el símbolo de Say No More y remeras con su rostro. Una señora está mirando a la nada por la ventana. Es una pasajera en tránsito por la vida. Las canciones de Charly están por todas partes, impregnadas en el inconsciente colectivo de la gente y en los paisajes urbanos.

La escalera mecánica expulsa a la gente hacia el frío helado que llega del Río de la Plata. El extemplo de boxeo será un recuerdo algún día, como la despedida de Sui Generis en 1975, que llevó el rock a la masividad. Unos chicos pegan carteles en la esquina. Otros venden cervezas escondidas en su mochila. El viento frío golpea la cara. Dentro del Luna Park, por el contrario, el calor y los cánticos colectivos son la antesala de la fiesta de Charly García: "Boróm bombón, boróm bombón, esta es la banda de Say No More".

Ya no se trata de ir a ver sólo un concierto de García. Se trata de acompañar, casi desde el aguante, al hombre que no transó, al músico que no quiere ser como los demás, al genio cuya vida es arte y sin el arte no es nada. Las miles de personas que colman el estadio llegan como en una peregrinación a la Meca. Ya no piden nada a cambio. Están en un plan de agradecimiento al artista que acompañó sus vidas con canciones. Por eso, parecen satisfechos con la hora y media de concierto, cuando se despide por última vez del escenario. Parece un milagro ver a Charly García, escuchar su música, un audio tan perfectamente pop, que ni siquiera necesita de palabras ni de su voz resquebrajada.

Nito y Charly en el Luna Park

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Las seis mil entradas que se agotaron en una semana son un síntoma del fenómeno de un músico que, a pesar de su frágil estado de salud, prevalece con vigencia. Es una cofradía implícita establecida entre el artista y varias generaciones de personas, desde los que se iniciaron en aquellas primeras aventuras con Sui Generis a los más jóvenes que se fascinaron con su estampa de héroe rebelde del rocanrol, casi indestructible. Una suerte de ídolo maradoniano, que abrazó adhesiones por su manera de vivir a lo bonzo.

Hoy el hombre que estuvo cerca de la revolución, que demolió hoteles está como un guerrero en reposo, transformado en maestro zen, economizando energías, cantando frases cortas como un artista conceptual del minimalismo, sintetizando y maximizando los arreglos de la canción pop, perfeccionándola hasta el detalle como lo hicieron Los Beatles, distorsionando la guitarra, agrietando la voz cuando lo necesita y agitando rocanroles como si fueran banderas de cancha.

Charly es de su tiempo, aunque escribió su historia grande en el pasado. Su música tiene una memoria que vibra en el presente, incluso a pesar de su deterioro físico. Se sostiene en la fuerza de una obra que contrasta con su fragilidad. No es casual que abra el concierto de la noche con "Instituciones", que vuelve a sonar en su versión eléctrica y distorsionada como en aquella despedida de Sui Generis. Charly García y Nito Mestre están en el mismo lugar y no pueden evitar la mirada cómplice. Obviamente ya no son adolescentes y están golpeados. Charly puntea la guitarra eléctrica que tiene sobre la falda. Nito Mestre evoca el falsete de la juventud con esfuerzo. La versión es tan poderosa como distorsionada y la letra se enclava en el presente por su propio peso, su propia historia.

El día que apagaron la luz

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La calibración pop llega en "De mí", con Rosario Ortega ocupando el centro de la escena y Charly García comandando la banda desde los teclados. El sonido del grupo empieza a cobrar forma y ajustarse a medida que corren los temas. Las piezas audiovisuales completan el cuadro general del espectáculo. Charly, apela a las canciones más frescas de su nuevo repertorio como "La máquina de ser feliz", "La rivalidad" y "Llueve" del disco Random, su último álbum de estudio. Dos obras maestras coinciden sobre el escenario: "Yendo de la cama al living" y el segundo gol de Maradona a los ingleses, reproducido en las pantallas en cámara lenta como una pieza de ballet contemporáneo. La banda ahora está realmente conectada. La mano derecha del Zorrito Quintero replica el ataque ochentoso de los teclados. Todos los arreglos suenan. García juega con breves solos sobre el piano. La combinación de esos detalles le dan una alquimia especial a esa canción tantas veces transitada.

Charly, habla poco. Más bien arenga a sus músicos. Como cuando le dice al Zorrito: "Escuchá esto", como si estuviera probando un nuevo arreglo de una canción en el escenario. Balbucea algún chiste, como cuando simula hablar en un mal castellano. Agradece varias veces. Da las buenas noches, como si estuviera a punto de irse a la cama, antes de arrancar con otro rocanrol furioso como para despertar a todos. Se da caprichos como cantar en inglés "In the city that never sleeps" del disco Kill Gill, donde reza: "Como podés pensar que estoy loco cuando te puedo dar un sol en la mañana".

Charly García con Nito Mestre
Charly García con Nito Mestre Fuente: RollingStone - Crédito: Rodrigo Alonso

De golpe grita: "Alumno" y empieza a tocar los primeros acordes de "Cerca de la revolución". La gente se para. Es un momento de ebullición. Ese riff de guitarra está en el inconsciente colectivo, al igual que la frase que corona el estribillo: "Pero si insisto, yo sé muy bien que conseguiré". Después cambia el chip del público y baja los decibeles para crear una atmósfera melancólica. Entonces el hacedor de canciones parece un simple pianista de antaño acompañando las imágenes de una película de King Kong en blanco y negro. La imagen del gorila gigante, que da nombre a otra canción de Kill Gill, funciona como metáfora cuando se encadena con el personaje fachista de "Otro"; del mismo disco. Nada está librado al azar en un concierto de Charly.

En "Lluvia" se desplaza elegante por el sonido del hammond y canta frases cortas, como en un efecto goteo. Hay un minimalismo preciosista entre lo que su voz puede y esa pintura de un solo trazo que refleja su música. Ese mismo efecto consigue con "Rezo por vos", que suena como un himno y una plegaria cuando la gente la canta junto a Charly. La seguidilla de "Demoliendo hoteles" y "Pecado mortal (Nos siguen pegando abajo)" despierta la euforia y marca el climax del concierto.

Es el primer descanso. Se cierra el telón. Pasan unos pocos minutos hasta que Charly dice: "No veo nada". Entonces sucede otra de las grandes sorpresas de la noche: Pedro Aznar aparece con el bajo y Charly García arremete con una adrenalínica interpretación de "No llores por mí Argentina". En una sola noche, Charly convoca el espíritu de sus bandas eternas: Sui Generis y Serú Girán. Los solos de Charly y Aznar regalan un momento inolvidable para sus aficionados. La energía es tan fuerte que al final Charly se para por primera y única vez en todo el show para abrazar a su amigo y excompañero de Serú.

"No llores por mí, Argentina" - Charly con Pedro Aznar

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"Escuchá esto Zorri", dice y empieza con "El día que apagaron la luz", la canción incluida en el disco Sinfonía para adolescentes que marcó el retorno de Sui Generis en 2000. Nito, sube por segunda vez al escenario para sumarse a los coros junto a Rosario Ortega. La canción combina el universo Sui Generis con las imágenes de A Hard Day's Night de Los Beatles en las pantallas. La simbiosis de esos mundos simplemente funciona.

La voz intermitente de Charly parece una señal en clave morse al universo que escupe verdades: "Cuando la gente dice que estoy bien no pueden ver debajo de mi piel", canta sobre el run run que se genera a su alrededor en cada regreso, en cada show, en cada vuelta a los escenarios en su presente. "Asesíname" es la excusa para confundir su propia obra. Rosario rectifica la letra y el tema se encamina. Los fraseos largos exigen a Charly.

Sus canciones suenan como estampas en la pared de la ciudad y frases en el inconsciente colectivo que repercuten con todo su peso emocional en la memoria cuando suena una joya de Clic Modernos. "No ves que el mundo gira al revés, Mientras miras esos ojos de video tape". La canción hace mashup con el video de Space Oddity de David Bowie, también con los movimientos performáticos de Laurie Anderson y con la estampa oscura y rockera de Lou Reed: su imagen recibe el aplauso del público.

"Una más chicos", dispara antes de despedirse. "Total interferencia", aparece como una gema fantasmal de los ochenta. El pulso seco de la batería y los teclados que flotan crean una extraña sensación. Su música provoca un estado entre el cielo y la tierra. La banda se va en fade out. El telón se vuelve a cerrar. Son las 10.25. A telón cerrado y con las luces prendidas el grupo sigue tocando. Es un final muy teatral y magnético, casi desconcertante.

"Muchas gracias. Viva la música".

Es la voz en off de Charly, desde otro lado, hablando desde otra dimensión sobre la tierra.

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